03/04/2020

Un homenaje a Juan Giménez, un gigante del dibujo muerto por coronavirus

Era autor de una gran obra como historietista en el país y en la Europa en que vivía desde la dictadura. Falleció a sus 76 años en Mendoza, su tierra natal.
Frente de Artistas

Giménez junto a una ilustración suya para La casta de los metabarones. Fotomontaje de NB.

Durante mi adolescencia en los ‘90 alucinaba con las imágenes del mendocino Juan Giménez. La primera historieta que conseguí de él fue Ciudad, con guion de Ricardo Barreiro. Observar cada una de sus viñetas era asomarse a un mundo nuevo: sus personajes, sus naves, sus robots y ciudades de ciencia ficción resultaban fantásticas dimensiones paralelas a las cuales escapar durante los duros años del menemato.


Juan falleció este jueves por coronavirus, a sus 76 años y luego de una impresionante trayectoria artística.


“Mi amor por el dibujo se inició a través del cine”, contó alguna vez. “Consumía muchas películas y quería luego llevarme esas imágenes a casa, la única forma era dibujándolas en un papel y así surgió mi amor por este oficio”. Decía, con su sencillez característica, que “me hacía mis propias películas, hacia storyboard, pero no lo sabía”.


Durante la represión de la dictadura militar se va del país y sigue los pasos de toda una generación de artistas argentinos que emigraron a Europa en esa década, como José Muñoz, Carlos Sampayo, Oscar Zárate y Horacio Altuna. La mayoría, hijos de familias obreras que trabajaron de múltiples oficios para ganarse el pan, hasta poder lograr vivir de sus capacidades creativas al conquistar el reconocimiento artístico del público y de un mundo editorial que hoy se encuentra en bancarrota. El propio Juan contaba en 2014, al recibir un homenaje en su tierra natal, que “Dibujo me la llevé a marzo, fui a escuelas técnicas, soy técnico fresador, tornero. Todo me sirvió para progresar en la ilustración, y esta ha sido mi lucha en estos 50 años y de muchas horas” (El Ciudadano, 2/11/14). Reflejaba así la experiencia de proletarización de toda una generación de creadores, que transformaron luego ese sacrificio fabril en disciplina diaria de sus labores artísticas.



Una vez instalado en el “viejo continente”, Giménez será permanentemente premiado: por los lectores españoles de Comix Internacional en 1983, ‘84, ‘85 y ‘90; y con los galardones a mejor dibujante en el Salón del Comic y la Ilustración de Barcelona en el ‘84. En 1985 se une al guionista Carlos Trillo, con el que realiza Basura (para la revista Zona 84


(Nota al margen de mi experiencia personal: fue en ese año ‘97, luego de juntar dinero con mi primer trabajo y haber terminado el secundario, que me fui con mi adolescencia a cuestas, mi carpeta de dibujos y una mochila cargada de inocencia a seguir los pasos de esa generación maravillosa. Me dirigí en tren a Sitges, el balneario catalán preferido por varios artistas y en el que justamente residía Giménez, pero no logré encontrarlo. Allí fui recibido con cariño y mucha hospitalidad por el ilustrador Ciruelo y sus fantásticos dragones, quién me habló también de Juan).


En Europa, Giménez trabajó haciendo dupla con el artista chileno Alejandro Jodorowsky, quien escribió los guiones de varios trabajos que realizaron juntos. Entre ellos, La casta de los metabarones, que Jodorowsky venía de realizar con el dibujante francés Moebius. Una saga que sigue impresionando a las nuevas generaciones, como he podido comprobar al compartirla en los talleres de historietas que armé en Buenos Aires en los últimos años.


Giménez estaba en Mendoza cuando se lo llevó el Covid-19. “Es un anhelo recurrente con Silvia (su compañera), tenemos un piso aquí para que cada regreso a Mendoza sea más prolongado, con esa excusa tenemos pensado regresar para siempre, la idea, al menos, la tenemos”, había dicho en una entrevista (El Sol, 4/11/14).


Con su muerte el coronavirus se transformó en mi experiencia en algo más que una estadística, algo más que un número: se transformó en un agujero negro que se tragó la vida de Juan Giménez y con él una galaxia entera, dejándonos una tristeza infinita. Nos quedó su hermosa obra y el testimonio de su perseverancia: “hay que dibujar todos los días, a cualquier hora, y si es necesario en cualquier pared”, había declarado. Parafraseando la tenacidad de Juan, en tiempos en que los pagos de deuda agudizan el colapso sanitario, y el hambre avanza por los barrios con más velocidad que el virus: hay que luchar todos los días, a cualquier hora, y si es necesario en cualquier muro.

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