14/04/2020

“Un juego de caballeros” (The english game): los obreros salen a la cancha

La serie de Netflix ofrece una incisiva –aunque conciliadora- mirada a la profesionalización del fútbol y a la relación de cada clase social con esa metamorfosis.

Flaco favor le hizo Netflix a The english game al traducir su título como “Un juego de caballeros”. El título original (“el juego inglés”) es mucho más fiel al tema de la serie que es la construcción -conflictiva, caótica y compleja- de “lo inglés” y no tanto el fútbol y el modo de practicarlo a finales del siglo XIX. Esa construcción es una cuestión recurrente en la obra de su autor principal, Julian Fellowes, tanto en cine y en televisión (Gosford Park, Downtown Abbey) como en su literatura (Snobs). Ahora toma al fútbol como un lugar más donde mirarla.

Valga la aclaración, entonces, para futboleros rabiosos que podrían sentirse decepcionados por el lugar que el deporte tiene en la serie, ya que comparte el protagonismo con las historias personales de los protagonistas y la cuestión económica, social y cultural de la época. Pero hay más: para aquellos que adoran el fútbol actual, sus narrativas televisivas o su hiper-espectacularidad no parece el producto indicado. En cambio, para los amantes de las series y películas de época, Un juego de caballeros puede resultar muy atractiva y para aquellos que gustan de leer las relaciones sociales es más que sugerente.


Salen los valores a la cancha: amateurismo versus profesionalismo


Desde el comienzo queda claro que los problemas de la serie van a girar en torno a los valores de la práctica del fútbol. Es más, lo que está en juego es establecer quién tiene derecho a jugar. Hasta entonces, 1879 (año en que la serie ubica su desarrollo), el fútbol daba sus primeros pasos y lo hacía como un juego reservado a las clases altas. Su organización, sus equipos y hasta sus practicantes provenían de la aristocracia o de la alta burguesía. En la serie (basada en hechos reales) es Arthur Kinniard (interpretado por Edward Holcroft), hijo de un Lord, jugador del Old Etonians y el mejor del momento, el encargado de defender en el campo de juego esa propiedad de la práctica del fútbol y sus valores enancados en el amateurismo. Ello frente a una irrupción y a un hecho clave que se da en 1879. La irrupción es la del profesionalismo (en las sombras, negado y no asumido aún) y el hecho es que llegue por primera vez un “equipo de la clase obrera” a los cuartos de final de la FA Cup (Copa de la Federación). 


“Solo los caballeros han levantado la copa. Hombres de buenas escuelas, con buena ropa, buenas vidas. Imaginate que sean hombres como nosotros los que la levanten”. Esto le dice James Walsh (Craig Paterson), dueño de un molino de hilandería y del club Darwen, a Fergus Suter (Kevin Guthrie), un jugador de fútbol traído desde Escocia –junto a su compañero Jimmy Love (James Harkness)- para reforzar al Darwen en su objetivo de ganar la copa.


Tanto Love como Suter son reconocidos como los primeros jugadores profesionales del fútbol inglés. Al margen de las licencias que se toma la serie para construir sus historias, lo que queda claro y manifiesto es la construcción de Suter como antagonista de Kinniard y también como corporización de los valores de una profesionalización incipiente. 


Los valores en contienda se expresan en estilos de juego propios de cada clase pero también se enmarcan en la diferencia entre lo tradicional y lo nuevo. Así, la clásica virilidad aristocrática aparece representada -con mucho plano medio y primer plano general- en un modo de jugar físico donde lo individual pesa más que lo colectivo y allí Kinniard se destaca claramente como el mejor. Del otro lado, el juego no puede ser físico. Pero además lo colectivo pesa más que lo individual. El nuevo fútbol encuentra un modo de legitimar lo colectivo por sobre lo individual y lo hace reivindicando al pase (un guiño acertado de la serie a la historia del fútbol, dado que los escoceses lo inventaron) y en eso Suter es el mejor. 


Un viaje al futuro


Lo que deja ver la serie en el rodar de la pelota es una transformación que excede al mundo del fútbol. Los valores -aristocráticos- del amateurismo (honor, deportividad, fair play, lealtad entre iguales) empiezan a ser socavados desde adentro por la irrupción del profesionalismo y por la presencia de jugadores de otras clases sociales, esto es cierto. Pero, fundamentalmente, el daño se lo hace la llegada de otros valores que empiezan a imponerse desde afuera: la competencia, la meritocracia como consecuencia del triunfo, el sacrificio recompensado, etc. Esto es, valores claramente burgueses que empiezan a ganar el partido de las ideas por el peso de la burguesía y su lugar como clase dominante. 


Por más que la aristocracia se aferre a su pasado glorioso y a su presente legal- a puro título y privilegios jurídicos- ya está condenada al basurero de la historia como clase dirigente y esto aparece muy bien descripto en la serie. Una clase decadente que encuentra en los compañeros de Kinniard, que además son la mayoría en la dirección de la Asociación del Fútbol, el mejor ejemplo. Ellos perviven al frente del fútbol por haberlo reglamentado. “Reglas son reglas”, dicen todo el tiempo para mostrarse ajenos a los cambios que vienen por ellos. 


Esos cambios son los que percibe Kinniard en su viaje al norte fabril y capitalista con la misión de informar a su padre y al banco de su propiedad sobre la aprobación de un préstamo a todos los industriales de la región del Lancashire. Kinniard viaja a la nueva Inglaterra: la de las fábricas, las de los conflictos entre el capital y el trabajo, la del fútbol y su masificación ligada íntimamente a estas cuestiones. 


Ese viaje a la Inglaterra del futuro es lo que hace que Kinniard logre franquear los límites de su clase, celebrar materialmente el emprendedorismo individual haciéndose socio de un trabajador de Darwen en la confección de camisetas de fútbol, etc. Para llegar hasta la comprensión de las necesidades de los trabajadores y sus reclamos, aún violentos, por sus condiciones de vida. “Es gente que busca seguridad. Quieren una vida mejor. Nadie puede criticarlos por eso”. 


La serie alcanza sus mayores logros en la representación de las clases sociales por separado. La aristocracia decadente y sus espacios, las costumbres y sus prácticas son muy verosímiles en sus cenas generosas, sus palacios, los majestuosos colegios donde se forman los cuadros de las clases dirigentes (Eton College, etc.) y sus clubes derivados, como los de sus ex alumnos (Old Etonians, por ejemplo). Sus modales refinados y sus diálogos tan mesurados como intrascendetes nos muestran que estamos frente a una imagen lograda. 


Lo mismo puede decirse de la clase obrera. Las fábricas, las tabernas, sus casas pobres y sus prácticas políticas como la agitación y la huelga. Sin embargo, es en la resolución de esos conflictos donde aflora la perspectiva política de la serie. Hay un permanente llamado a la conciliación de clases como modo de dirimirlos. Son los nuevos burgueses los que muestran el camino: los dueños de las fábricas del algodón como Walsh, de trato paternal, que además de la fábrica maneja el club (“mi fábrica, mi equipo”) y elige quiénes juegan. A Walsh lo supera Cartwright (Ben Batt) quien tiene un molino diez veces más grande y que se lleva a Suter y a Love a su club, el Blackburn, para ganar la tan preciada copa. “Yo cuido a los míos”, dice Cartwright, estableciendo una relación armoniosa entre el capital y el trabajo que lo llevará al éxito y que muestra como un sello la perspectiva de la serie. Perspectiva compartida, ahora sí, tanto por el protagonista como por su antagonista.


¿Primer campeón de la clase obrera?


El Blackburn Olympic es el primer campeón de la FA Cup por fuera de los equipos amateurs. Lo logró en 1883 y es sin dudas uno de los hechos reales que motivaron la serie. Su historia en el fútbol fue corta: el club se fundó en 1878 y desapareció en 1889. El motivo es que no pudo competir con los equipos de mayor poderío económico siendo punta de lanza de la profesionalización. Se llama capitalismo. Lo interesante es que su corta vida ha sido reconocida por historiadores del deporte, periodistas y especialistas con el mote de “primer campeón de la clase obrera”. A lo mismo apunta la serie con su Blackburn inventado. Se trata más bien del primer campeón de la relación social capital-trabajo, del profesionalismo reconocido. 


Lo más interesante de la serie es que focaliza en un hecho trascendental y lo hace para hablar de otra cosa. La discusión entre quiénes pueden jugar y el modo de hacerlo se zanjó. Y lo hizo estableciendo que una minoría podrá practicar el fútbol y cobrar por hacerlo. A la vez se estableció que una enorme mayoría podrá vincularse a él como hincha, aficionado o como consumidor de una enorme cantidad de productos derivados del fútbol, algunos muy sugerentes y que invitan a la reflexión, como Un juego de caballeros.

 

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