18/03/2021

Una aguja punzante en un pajar latifundista

A propósito de “Mal de Plata”, mediometraje documental sobre el artista Federico Manuel Peralta Ramos.

Hay ciertas historias personales que vienen a condensar la historia de un país. Pero hay otras biografías, aún más apasionantes, que hacen mucho más que concentrar esa trama: la ponen en cuestión.

Siguiendo esta cadena de vidas y narraciones, vamos de la historia de Argentina a la de una de sus más resonantes familias patricias, la de los Peralta Ramos; de esta a la de su miembro más particular, el artista Federico Manuel; y de ahí al reciente documental que recorre su figura, Mal de Plata, del realizador Juan Carlos Capurro. Estrenado a fines de 2020, fue incorporado al acervo del Museo Nacional de Bellas Artes; puede vérselo libremente en la página de este o en Youtube.

Edificado a base de archivo televisivo y radiofónico, en los que laten las conmociones de la lucha de clases y el arte de la segunda mitad del siglo XX; de testimonios de amistades y compinches en el hacer creador; de fotos que nos traen el corpulento y expresivo semblante del artista, Mal de Plata construye la vida y obra de Federico Manuel Peralta Ramos a la manera de un caleidoscopio que recuperase todos sus colores.

Son las de un artista multifacético que atravesó la escritura, el canto, la pintura, la escultura, la performance, la actuación y el humor televisivo, y que buscó -a tono con el espíritu histórico de la vanguardia, y en particular la de los ’60 de la que fue un miembro activo- borrar en su propia acción las fronteras entre vida y obra. El documental recoge expresiones de un espíritu no solo rupturista sino también de particular interés por su cruce entre lo universal y lo local, como los versos de esas canciones tituladas “Soy un pedazo de atmósfera” y “Tengo un algo adentro que se llama el coso” o de aquel poema “Lejos”, en los que se percibe un encuentro entre el surrealismo y cierto hilo tanguero.

Federico fue conocido por muchos por sus convulsivas participaciones desde 1973 y por muchos años en el programa de Tato Bores, y fue en ese contexto que Tato le dijo: “¿Sabés qué pasa? Hay una generación que no te entiende, que no te conoce”. La hechura de este documental viene a responder a este desafío para las nuevas generaciones. Pero lo hace fuera de toda nostalgia, con un espíritu mucho más productivo: el de buscar qué tiene para decir esa vida y obra a nuestro presente, que para Capurro es claramente mucho.

Descendiente del estanciero y comerciante Patricio Peralta Ramos, mentado fundador de Mar del Plata, Federico vino a interpelar al linaje cuando estableció y coronó con un cartel-cuadro la fundación mítica de “Mal de Plata” -una ciudad que decía que se extendía a todo el país, debido a la pobreza imperante. Su elección como título del mediometraje resulta así cargada de significado, en cuanto la obra trae aún hoy un resumen lapidario del recorrido nacional: la miseria popular tenía su contraparte en los grandes negociados de estos terratenientes de antaño, consagrados en la historia oficial con el elogioso mote de fundadores, y de sus herederos (una significación quizá mayor a la que le diera el propio artista, que hablaba con orgullo de su taratabuelo y su obra). Tirando del ovillo, resulta valioso mirar otro contraste familiar: Federico parió Mal de Plata en 1981, en plena dictadura, mientras otro Peralta Ramos dirigía el procesista diario La Razón y encabezaba la escandalosa adquisición de Papel Prensa, en base a negociados espurios, torturas y amenazas (y sobre la que el kirchnerismo hizo en sus tiempos de pelea con la “corpo” mucho ruido y pocas nueces).

En estas y muchas otras acciones, Federico Manuel Peralta Ramos se erigía como la “oveja negra” o el “psicodivergente” de la familia, tal como se describe a sí mismo en una entrevista con el periodista Tom Lupo recogida en el documental. Pero ese mismo espíritu aparece en su relación con las instituciones artísticas de la burguesía, que fueran enemigo predilecto de las vanguardias de principios de siglo XX -como cuando gastó su beca de la prestigiosa Fundación Guggenheim en una cena entre amigos y otros menesteres, y luego de responder a las protestas de esta la obligó a recular y modificar su reglamento.

Sucesos como este o el de la venta exitosa de un buzón se dan cita junto a lemas surrealistas sobre fondo negro e imágenes del Cordobazo y de Jimi Hendrix denunciando en su música la guerra de Vietnam, plasmando la perseverancia de Capurro en la búsqueda de un arte que interpele a su tiempo, y su fe (como el de todo el colectivo Estrella de Oriente que integra) en ese clamor de Trotsky y Breton en pos de la más plena libertad en el arte. Para el cineasta, Peralta Ramos fue “producto de una época de la Argentina; una época de profundos cambios económicos y sociales” y su obra “es una respuesta artística, poética e indirecta a los cambios vividos por el país entre los años ’60 y ’90”. Y así va el documental, del cuadro en que Peralta Ramos se refería al “Misterio de economía” de Onganía y Alsogaray, a su irónica disertación en el programa de Tato Bores, ya en tiempos de Menem, sobre Argentina como un país “en pleno crecimiento”, ya que crecía la desocupación, la deuda externa y la pobreza.

Fotogramas de un país que sigue siendo el nuestro, y que continúa retando a artistas y trabajadores a darlo vuelta.

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