18/04/2018

“Chau paneras”: la estafa light de un gobierno malnutridor

Como parte de un supuesto proyecto de alimentación saludable, el Gobierno de la Ciudad suma un nuevo recorte a los ya deficientes comedores escolares.

Presentado por el gobierno porteño con argumentos sanitaristas, el plan “Chau paneras” para los menúes de comedores de primarias y secundarias no tardó en revelarse como un nuevo golpe a la ya demolida alimentación de los niños y jóvenes –dentro y fuera de la escuela.


Las imágenes que pusieron en circulación los docentes y padres muestran que el pan –cuya eliminación en el almuerzo apuntaría a reducir el consumo de carbohidratos de baja calidad– no fue reemplazado (como prometía el gobierno) por otros alimentos de mejor calidad. El resultado inmediato, por lo tanto, es una caída del aporte calórico de los almuerzos. 

La ministra de Educación porteña Soledad Acuña destila cinismo cuando justifica las nuevas medidas en los elevados índices de obesidad, e incluso en el hecho de que los niños hacen frente a la demora en los comedores comiendo pan, ya que el macrismo y sus socios opositores son directamente responsables tanto del cuadro de malnutrición general como del vaciamiento de los comedores (por lo demás, solo un hombre de la dureza facial de Rodríguez Larreta es capaz de decir que “estamos cuidando la salud de los chicos” cuando el sándwich de la vianda pasa de ser de pan blanco, fiambre de cerdo y queso a estar elaborado con pan negro y dos de queso).


Malnutridores


Los gobiernos ajustadores han llevado al crecimiento de la malnutrición entre los niños, ligada al aumento de la indigencia pero extendida a amplias capas de trabajadores: la caída de la capacidad adquisitiva de los salarios –techos paritarios y tarifazos mediante– conduce a las familias a reemplazar con alimentos más baratos –como harina y fideos– el consumo de carne, leche, frutas y verduras. En 2017, “trece productos de la Canasta Básica de Alimentos (CAB) que forman parte sustancial de la dieta familiar de los sectores de menores ingresos tuvieron subas por encima del 28% [el aumento anual de la Asignación Universal por Hijo]. Entre ellos la papa (+70%), tomate (44%), yogurt (43%), leche fluida y queso de rallar (33,33%), mandarinas (+46%) y naranjas 33,33%)” (Isepci, 12/12/17). 


Así las cosas, en 2017 se elevó drásticamente la malnutrición entre los jóvenes de menores ingresos. En los barrios pobres del conurbano esta asciende a un 48%, y se ha medido en un 49% para los menores que viven villas porteñas. En su gran mayoría se trata de casos de sobrepeso y obesidad, que si se presenta en épocas tempranas del desarrollo, señalaron nutricionistas a Prensa Obrera, “es casi una condena a la obesidad y a la diabetes en la adultez, que son una verdadera epidemia en Latinoamérica”.


Comederos


Junto a los retrasos en la entrega de los alimentos, derivados de la falta de personal, las mesas de los comedores se encuentran abarrotados, las comidas escolares de los niños –en muchos casos, la única– se caracterizan por la baja calidad de los alimentos, y frecuentemente por su escasez. Todo maestro sabe que los 230 gramos de carne que debe tener el plato son mitad grasa y suelen oler mal, así como que abundan los alimentos procesados, contraindicados por los nutricionistas –por caso, Rodríguez Larreta eliminó los medallones de pollo, pero mantuvo los de pescado–, y que el menú diario carece de alternativas. Sucede que las empresas contratadas por el Estado para elaborar las viandas incrementan sus ganancias a costa de la calidad de los insumos, que incluso van degradando con los meses, como una manera de ‘hacer frente’ a la inflación a expensas de los chicos.


A su turno, Rodríguez Larreta sostiene que “el plan de alimentación en las escuelas es parte del proceso de aprendizaje”, pero no dispuso ningún recurso adicional para la educación nutricional de los jóvenes –“el problema no es quitarle el pan a los chicos, sino enseñarles a comer”, sintetizó la especialista antes mencionada.


Programa



La generación de una cultura alimentaria y el combate a la malnutrición requieren en primer lugar el aumento de los ingresos de las familias, para lo cual deben garantizarse salarios equivalentes al costo de la canasta familiar y el trabajo genuino para los desocupados y precarizados.

Junto a ello, planteamos el inmediato aumento presupuestario para el área; la devolución de los comedores a las escuelas y el cese de los contratos con el conjunto de los concesionarios gastronómicos; la contratación de mayor personal para los comedores y que se garantice una infraestructura idónea para sus fines.