01/05/2020

Hay que evaluar la crisis del sistema educativo y los efectos del aislamiento en niños y jóvenes

La educación en cuarentena.
Por Gabriel Lubo maestro de nivel primario del programa Maestro + Maestro CABA y miembro del consejo directivo de Ademys

Cumplidos más de 40 días de la suspensión de clases en las escuelas de todos los niveles, queda claro para buena parte de la comunidad educativa que la llamada “continuidad pedagógica” no es tal. Con muchísimo esfuerzo de docentes, estudiantes y familias se ha logrado intentar sostener un vínculo pedagógico, sorteando innumerables problemas desde acceso a los medios tecnológicos hasta las posibilidades cognitivas de llevar adelante diversas tareas con contenido escolar, con la sobrecarga de responsabilidades para docentes y familias. Lo que se sostiene -en el mejor de los casos- es un acompañamiento por parte de la docencia y las escuelas a los estudiantes y sus familias en un momento particularmente complejo para todos.


¿Es posible evaluar los aprendizajes en este período?


El gobierno de la Ciudad de Buenos Aires pareciera encaminarse en ese sentido, de cumplir con las evaluaciones previstas en la agenda educativa. La resolución ministerial de mediados de abril (RC420200413212234) autoriza a los establecimientos educativos a conformar mesas de examen y/o instancias de evaluación de forma remota, en los establecimientos de nivel medio y terciario. Si bien se refiere a exámenes previstos para la promoción de año o finalización de estudios, introduce la posibilidad de la evaluación “remota” y la acreditación de contenidos y trayectos de cursada.


Por su parte, el cuadernillo de contenidos a priorizar durante la emergencia Covid-19 para los Niveles Inicial, Primario y Secundario, del período marzo-abril del Ministerio de Educación porteño, sostiene en su Introducción que estos contenidos mínimos resultan “una referencia para la evaluación del período, para valorar y registrar los aprendizajes alcanzados en esta instancia excepcional, y sus calificaciones parciales serán consideradas cuando se retomen las clases en su formato presencial”.


Se entiende la evaluación como una instancia en la que se hace una pausa en el trabajo con los contenidos de aprendizaje para recabar información del grado de acceso de los estudiantes a los contenidos trabajados. La evaluación nos da una aproximación del grupo de alumnos en su conjunto y de cada niño en particular respecto de sus saberes, de sus recursos, su autonomía, su comprensión, su elaboración, etc. Esto permite tomar una serie de decisiones pedagógicas en el trabajo inmediato posterior, tales como: detectar problemas recurrentes en un porcentaje importante de alumnos, llevar a cabo posibles reagrupamientos de niños dentro de una misma aula, realizar un abordaje focalizado en algunos niños que presentan una distancia considerable respecto de los contenidos evaluados, reajustar el propio dispositivo de evaluación, entre otros.


Al mismo tiempo, hay ciertas condiciones mínimas necesarias para que la evaluación sea realmente un dispositivo útil: deben evaluarse contenidos trabajados en un formato accesible para los alumnos y que ya estén habituados a ese tipo de consignas y propuestas de trabajo, deben considerarse las distintas intervenciones del docente para la resolución de cada consigna, así como el grado de autonomía de cada estudiante para con ellas, y el punto de partida de cada uno.


Así, es de destacar la importancia de la evaluación como “memoria” de las trayectorias de cada estudiante, los avances, las dificultades, el recorrido de las distintas propuestas y proyectos de enseñanza que se llevaron a cabo, y que abre la posibilidad de ampliar los saberes, construir nuevos aprendizajes, continuar aprendiendo desde otro punto de partida.


Pero la evaluación en las circunstancias actuales puede ser altamente contraproducente, además de inviable desde el punto de vista de la puesta en marcha (¿cómo considerar los grados de autonomía, las intervenciones docentes para que cada estudiante pueda avanzar en cada consigna de trabajo, o el proceso que atraviesa cada uno para llegar al producto final en la evaluación que será entregada, el contexto de producción de cada una de las evaluaciones?). No arrojará la información que los docentes necesitamos para seguir adelante con la tarea de enseñar, y no servirá para generar instancias de reflexión sobre los propios aprendizajes en los alumnos. Al contrario, lo más probable es que contribuya a la frustración de los estudiantes y sus familias. ¿Cómo considerar los distintos puntos de partida de los estudiantes si apenas estuvimos con ellos menos de diez días hábiles desde el 6 al 13 de marzo? En muchas aulas los docentes no llegamos a completar el grupo de alumnos, ni las evaluaciones diagnósticas (que informan fundamentalmente las situaciones de inicio de los estudiantes).


No es educación a distancia, es acompañamiento pedagógico


En primer lugar, debería tenerse presente que la educación a distancia es una modalidad de estudio que está organizada en función de la característica no presencial desde su planeamiento programático, su forma de cursada y requisitos de regularidad, y las formas de acreditación de saberes (evaluación), y que estas condiciones son sabidas de antemano por los docentes y técnicos a cargo y los estudiantes. Sobra decir que nada de esto es lo que está sucediendo en los distintos niveles del sistema educativo. Suponemos que no hace falta ahondar en esta cuestión.


Desde otro punto de vista, debe considerarse que aprender es fundamentalmente un hecho social: se aprende (escolarmente) con otros, fuera del ámbito familiar regido por la privacidad de los hogares. Aprender no es solamente lo que cada alumno lleva a cabo para apropiarse de los contenidos de enseñanza. Es un proceso en el que intervienen cada uno de los estudiantes con sus docentes, y entre pares, en un ámbito en el que desde pequeños se realiza la primera salida fuera de sus familias, abriéndose la perspectiva de constituirse como sujetos sociales.


No sólo es una ilusión convertir las casas de familia en escuelas, sino un contrasentido. Escuela es el lugar donde los niños se encuentran con otros pares y comparten un tiempo fuera de los condicionamientos siempre verticales que cada uno vivencia en sus respectivas familias.


Hay un hecho que aparentemente no ha sido considerado por las autoridades educativas, tanto nacionales como de cada provincia y de la Ciudad de Buenos Aires: la enorme exposición que implica para las maestras y maestros, profesoras y profesores de todos los niveles que sus clases, su relación con los alumnos y las formas y métodos para propiciar la construcción de conocimiento, sean transmitidos por pantalla en los hogares, expuestos al escrutinio de otros adultos que no necesariamente tienen por función enseñar contenido escolar a sus hijos y mucho menos evaluar a quienes sí tienen esa función. Lo que debería funcionar en un ámbito colectivo de trabajo con el aprendizaje y los saberes, resguardado de miradas que no forman parte de dicho proceso (eso es básicamente un aula), ahora pasa a ser lo que individualmente le sucede a cada estudiante, en medio de un sinfín de situaciones domésticas, buscando un rincón donde poder acomodarse o esperando a que los adultos se desocupen de otras obligaciones y puedan sentarse a hacer la tarea.


Y al revés. No ha sido considerada lo suficiente la exposición que implica para los niños y jóvenes no sacarse de encima la mirada del adulto responsable sobre sí mismos. Es sabido que los niños y jóvenes no disfrutan de aprender con sus padres o adultos a cargo. Aprender (contenido escolar) implica salir del ámbito familiar y hasta cierto punto alejarse de las posibles (o reales) limitaciones. En esto consiste crecer: ser cada vez más independientes del ámbito familiar. Para un niño pequeño, el “amigo” es lo que lo estimula a crecer y aprender (desde dejar los pañales y hablar cada vez mejor, hasta aprender a leer).


Los efectos del aislamiento


Quizá sea más evidente -y con sólo mencionarla quedará clara- la necesidad de privacidad y camaradería con otros pares, de los púberes y adolescentes, donde se juegan cuestiones muy profundas como el lugar de cada sujeto en los grupos sociales, su identidad de género y orientación sexual, el deseo, los cambios en el cuerpo, el desarrollo de pensamiento abstracto y el cuestionamiento de la realidad que lo rodea (familiar, escolar, social), entre otros elementos importantes.


Hay psicólogos y médicos con experiencia en clínica con niños y jóvenes que advierten, en el caso de niños pequeños, que se están produciendo masivamente regresiones: niños que habían dejado y vuelven a usar pañales, retroceso en el destete, problemas de sueño, no poder desprenderse de la presencia y la mirada de los padres, angustia, ansiedad. Los problemas de sueño atraviesan a buena parte de la población, ya que el estado de alerta permanente y ansiedad que genera la situación de la pandemia y el aislamiento obligatorio provoca una serie de trastornos con consecuencias impredecibles para la salud emocional de las personas.


A este cuadro, exageradamente escueto, es preciso agregar que en los niños y jóvenes que padecen situaciones de violencia, abuso, maltrato o abandono en sus familias se ve profundizado por la situación actual.


No ha habido un dispositivo de atención a estas situaciones, de protección a la infancia, la niñez y adolescencia. Es sabido que las escuelas eran el ámbito en el que muchas de estas cuestiones eran expresadas por los estudiantes a sus compañeros o algún docente en alguna instancia formal o informal de intercambio. La cuarentena, desde este punto de vista, ha sido un “sálvese quien pueda”.


Todo esto, sin tomar y analizar las situaciones de crisis habitacional, nutricional, de acceso al agua potable y la salud que sufren miles y miles de familias en barrios y villas de la Ciudad de Buenos Aires (y de todo el país).


Otro aspecto no menor es la discontinuidad de las coberturas de tratamientos a miles de niños que venían sosteniendo tratamientos con alguna patología de base, por parte de algunas obras sociales y prestaciones, población que sin lugar a dudas es de las que más sufre la situación actual, además de un abandono generalizado en el sistema sanitario tomado en su conjunto de las dolencias comunes o enfermedades crónicas que llevan a la población que las padece a un verdadero calvario para lograr la atención médica necesaria, especialmente en los barrios más pobres y las familias que no cuentan con cobertura médica privada o de obra social.


¿La “nueva normalidad” será más de lo mismo pero peor?


El sistema educativo, la situación de la infancia, niñez y adolescencia, y la precariedad en la que viven amplios sectores de las clases populares y trabajadoras, ya estaban en una profunda crisis antes de la declaración de pandemia, suspensión de clases y cuarentena. En las últimas semanas estas situaciones se han agravado de forma alarmante. Si los gobiernos (nacional, provinciales y porteño) avanzan hacia un ajuste feroz de las condiciones laborales, salariales y de vida, además de presupuestario, ¿cuál es el futuro inmediato posconfinamiento?


La crisis que está en curso y la que se avizora en el mediano plazo no tiene parangón. Las escuelas son y serán una caja de resonancia de ese sufrimiento. Las orientaciones de algunos especialistas en cuestiones educativas cercanas al gobierno nacional reducen la “continuidad pedagógica” al envío de “videítos” para estar cerca de las familias, pero no dan cuenta de la magnitud de la crisis que estamos atravesando. Reducen el rol político del trabajo docente a la garantía del derecho social a la educación y circunscribiendo las acciones político-pedagógicas a la “creatividad” en las propuestas didácticas. Caen así en un reduccionismo didáctico, en el que -ingenua o perversamente- responsabilizan al trabajo de los docentes por el fracaso o “éxito” escolar de los alumnos, des-responsabilizando a los gobiernos que producen las crisis y no dan una salida que implique que esta no sea descargada sobre los segmentos más castigados de la sociedad.


¿El sistema educativo está en condiciones de atender a esta situación? No. No lo estaba antes de la pandemia y mucho menos ahora. Es preciso avanzar en una serie de acciones tendientes a dimensionar la magnitud de la crisis y dar una respuesta a las necesidades más acuciantes.


-Que los gobiernos sigan priorizando el pago de la deuda externa por sobre todas las cosas es en todo momento injusto e irracional, pero en un contexto como el actual es perverso; garantizar desde el Estado la maximización de ganancias sobre la base de la especulación financiera de banqueros y fondos de inversión, es inaceptable. La suspensión del pago de la deuda es una prioridad de primer orden para redistribuir los recursos en un fondo de emergencia social para atender las demandas de la sociedad.


-La readecuación del sistema impositivo es fundamental, ya que en el esquema actual quienes más pagan impuestos en proporción a sus ingresos son los sectores sociales a los que más castiga la crisis en curso: asalariados, jubilados, monotributistas, trabajadores en negro, cuentapropistas, etc. Un fuerte impuesto progresivo a las grandes fortunas y ganancias es la base para robustecer los presupuestos públicos.


-Al momento de poscuarentena es evidente que los niños y jóvenes no pueden regresar a sus escuelas tal como estas estaban en marzo. Todas las obras de refacción y mejoras edilicias de los establecimientos educativos pasan a un primer plano, y un urgente plan de construcción de nuevas escuelas para garantizar que no haya chicos sin vacantes, y tampoco sobrepoblación en las aulas, medida básica para evitar que las escuelas se conviertan en centros de proliferación de enfermedades por contagio. Es preciso dotar a las escuelas de todos los recursos necesarios para poder desarrollar las tareas de enseñanza y aprendizaje, así como garantizar que todas las familias posean lo necesario para el proceso educativo de sus niños, ya que justamente en plena cuarentena estas necesidades insatisfechas tendieron a profundizar las diferencias entre los distintos sectores sociales.


-El aumento de la planta docente para reducir la relación alumno/profesor es muy necesario, en todos los niveles, a través de la subdivisión de grados, cursos y salas, y el trabajo en parejas pedagógicas; aumento del personal profesional (psicólogos, psicopedagogos, trabajadores sociales, etc.) que atienda los efectos del aislamiento obligatorio, y oriente a familias, conducciones escolares y docentes pudiendo sostener un seguimiento personalizado. Todos los cargos vacantes en equipos de orientación escolar, asistencia socioeducativa, gabinetistas, miembros de los departamentos de orientación escolar, profesionales del área especial, deben ser cubiertos a través de actos públicos transparentes y con auditoría con representantes de los docentes de manera urgente, así como la ampliación de los cargos, atendiendo a la situación de emergencia excepcional.


-Se debe asegurar la intangibilidad de los salarios de todos los trabajadores, en especial los empleados públicos de las distintas reparticiones, algunas de las cuales fueron declaradas como esenciales, como la salud. Las paritarias docentes han sido cerradas a principios de marzo con un acuerdo vergonzante entre el gobierno y los principales sindicatos docentes (con la excepción de Ademys, único sindicato que convocó a un paro docente de no inicio el día 6 de marzo) que deja por debajo de inflación en curso, no contiene el acta salarial firmada ninguna cláusula de actualización automática, es en cuotas, con cifras en negro y “corta”, llega hasta el mes de junio, y todo indica que el gobierno pretende darla por cerrada y congelar el salario. Esta situación debe ser revertida, y otorgarse un aumento de emergencia que lleve el salario mínimo docente a $45.000 por jornada simple, con cláusula de recomposición mensual en base a la inflación. En una situación acuciante como la que atravesamos, sigue sin resolverse la cuestión del atraso en la actualización de las asignaciones familiares, y el obsceno descuento del impuesto a las “ganancias” sobre salarios y jubilaciones, así como el ensanchamiento de las cifras por fuera del básico que no son bonificables y en algunos casos tampoco remunerativas.


-La prohibición de despidos y un seguro de desempleo en la forma de subsidio de emergencia para todos los trabajadores de no menos de $30.000 es un elemento esencial para garantizar que los niños y jóvenes que acuden a las escuelas públicas puedan tener lo mínimo indispensable para acceder a la satisfacción de sus necesidades más elementales. Así como la vivienda y el acceso a la salud. Las becas de comedor deben ser universalizadas y reforzadas con la continuidad, más allá del reanudamiento de las clases presenciales, de la entrega de bolsones de alimentos que deben ser verdaderamente nutritivos, variados e incluir alimentos frescos. Las becas para estudiantes de nivel medio y terciario se vuelven más necesarias que nunca para contribuir al sostenimiento de las cursadas.


Este es un esquema básico de la situación por la que estamos atravesando, y apenas unas líneas que marcan un camino de salida, que debe ser desarrollado por la propia comunidad educativa impulsando su organización y movilización para lograrlo.



 

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