14/12/2020
CONTRA LA MERCANTILIZACIÓN

La educación pública acusa al capital

Una polémica contra los ajustadores.

En los últimos meses, los capitalistas, sus gobiernos y funcionarios –incluso extranjeros- han puesto a la educación pública argentina en el banquillo de los acusados. Responsabilizan a los docentes y a sus familias de los pobrísimos resultados de los alumnos argentinos en las pruebas Pisa, y reclaman más reformas antieducativas para resolver la crisis del aprendizaje.

Los ataques a la educación pública argentina llegan, incluso, desde el “huevo de la serpiente”. En un reportaje publicado en La Nación (6/12), el máximo responsable para la educación de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), Andreas Schleicher, creador de la evaluaciones estandarizadas de la Ocde –una plataforma para presionar la mercantilización educativa a escala planetaria-, calificó al sistema educativo argentino como uno de los más problemáticos y, a consecuencia de la pandemia, uno de los más inequitativos. Para este funcionario de un organismo fundado por los principales países imperialistas, el motivo por el cual en Argentina los chicos abandonan la escuela “no es porque sus padres no tengan dinero. ¡Es porque no pueden vincular lo que les enseñan con sus vidas cotidianas!”.

Días después de las declaraciones de este cráneo, el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) informaba que 7 de cada 10 adolescentes y niños son pobres, más 2.000.000 pasaron hambre (“insuficiencia alimentaria severa”) y otros 2.500.000 no alcanzaron a recibir las cuatro comidas diarias, a pesar de que el 53% de la población recibe distintas ayudas sociales.

La clase obrera, también pauperizada

La pobreza, incluso extrema, no es un fenómeno sólo de hogares de desocupados. De acuerdo al Indec, sus informes respecto a la población asalariada registraron 7.219.158 asalariados con ingreso promedio de $34.410 -el 66% de la población económicamente activa. El mismo informe señala que sólo 4 de cada 10 trabajadores ocupados tiene un empleo pleno, el resto está en negro o precarizado o ambas cosas y, según cifras oficiales, un millón y medio están desocupados.

El cuadro de pauperización de la clase trabajadora en las últimas cuatro décadas no ha dejado de aumentar, y hasta para un intelectual de los foros capitalistas del país, Agustín Salvia, justamente director del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, todo ello “constituye evidencias ciertas, no de un desastre natural, sino de un fracaso sistémico de la política y de sus clases dirigentes” (La Nación, 13/12). La conclusión de Salvia es categórica: “Nuestro sistema social no sólo no logra generar los ingresos necesarios para garantizar la reproducción simple de la sociedad –es decir su supervivencia- sino que debe consumir activos valiosos”, como “los recursos humanos descartados” (ídem).

La docencia y la escuela, pauperizadas

Ese descarte de la clase obrera y de sus hijos incluye también a los trabajadores de la educación que, en la principal economía del país -la de la provincia de Buenos Aires- a diciembre de este año percibirán un salario mínimo de $36 mil, bastante superior al cierre del mínimo nacional pactado por Ctera, que quedó en $27.500.

El vaciamiento presupuestario de la educación y el derrumbe edilicio de las escuelas completa la destrucción social de la clase capitalista, especialmente en el terreno de la enseñanza.

En medio de esta pauperización creciente y sin límite del pueblo argentino, “los problemas laborales de los padres les impiden a los chicos, en muchos casos, seguir en la escuela. Sobre todo a los adolescentes, a quienes empujan a buscar trabajo o a cuidar a algún miembro de la familia. Crece así la deserción y los malos resultados escolares. Y todo es cuesta arriba y volver a empezar. A nivel educativo, es poco lo que se puede hacer desde el aula cuando las condiciones sociales de los alumnos se deterioran tanto en tan poco tiempo” (Clarín, 6/12).

Sin embargo, a este sector de la clase obrera, los educadores, la burguesía, sus ministros y sus voceros políticos y mediáticos los tildan de vagos y de aprovechadores: “Los maestros y maestras se desempeñan dentro de un sistema educativo, paradójicamente, desinteresado en el mérito individual y el crecimiento profesional de aquellos que pretenden trabajar en las aulas. Los que enseñan en las escuelas del sistema público solo aumentan su salario por antigüedad y no por los cursos que hagan o por lo innovadores que sean” (La Nación, 11/12).

La salida de la Ocde y los capitalistas es devaluar todavía más la educación

La cruda descripción del citado Agustín Salvia, según la cual el capitalismo funciona en base a la destrucción de fuerzas productivas, y en primera lugar, de la propia clase obrera, define claramente el lugar que le cabe a la educación en este cuadro de descomposición terminal del capital. Debe colaborar para la voracidad de las patronales que, en sus palabras, “en este marco, los agentes locales con más poder logran no perder o perder menos o, incluso, concentrar ventajas. El resultado es un empobrecimiento estructural que nos deja con cada nuevo ciclo en condiciones económicas y sociales más pobres para recuperarnos del daño acumulado” ( Clarín, 6/12).

Ese papel destinado a la educación por el capital, el funcionario de la Ocde Andreas Schleicher lo define así: “¡Hagamos que el aprendizaje sea más aplicable! Para el mundo actual el rol de un maestro no es el de transmitir conocimientos, sino el de ser un buen coach, mentor, facilitador, evaluador y trabajador social” ( La Nación, 6/12). Educadores que sean útiles para transmitir habilidades, no saberes. Para la Ocde, la “Currícula del Futuro” es aquella en la que “estemos enseñando menos cosas” pero “más aplicables para la vida cotidiana”, que requiere la explotación de la mano de obra hoy.

“No se trata de sumar nuevas cosas –dice el funcionario de la Ocde-, en la Argentina en materias vinculadas a las ciencias aprendes una enorme cantidad de conocimientos, sobre física, química y biología, pero que al momento en el que te graduaste, la mitad de ese conocimiento ya está desactualizado”. ¿Por qué esos conocimientos ya no son válidos? No. “Porque están desapareciendo rápidamente del mercado laboral” ( ídem).

Devaluación de la mano de obra para hacerla más barata; de la escuela, para hacerla más elemental, y del docente para convertirlo en un buen “Coach”. Tales son los parámetros de las y los Acuñas, que acusan a los estudiantes de magisterio y docentes argentinos de ignorantes y mal formados.

La burocracia de Ctera es corresponsable

Esta degradación de las condiciones de vida de la clase obrera y de la disolución de la escuela pública tienen como gran responsable a la burocracia sindical, que ha colaborado en la aplicación de todas las reformas mercantilistas de la educación y entregado las condiciones laborales y sociales de los docentes y de toda la comunidad educativa. Lo propio vale para el deterioro presupuestario de la educación y para el desentendimiento del Estado nacional sobre la educación pública. Una de las frases clave de la burocracia de Hugo Yasky, Roberto Baradel y Sonia Alesso fue que si el traspaso de las escuelas del Estado nacional a las provincias era con fondos, entonces estaba bien. Esta política condujo a la brutal desigualdad e inequidad educativa que existe entre las diferentes regiones del país.

Educación y capitalismo son incompatibles

La educación interpela al capital, y las escuelas serán epicentro de los conflictos y las luchas que generará la profundización del ajuste fondomonetarista que encara el gobierno peronista de los Fernández.

La comunidad educativa –los chicos, los padres y los docentes (los trabajadores)- ponemos al régimen de hambre y explotación que nos rige desde hace décadas en el banquillo de los acusados. La defensa de la educación y de las condiciones de vida de los padres y los hijos de los trabajadores exige que la clase obrera intervenga en la escena política, con sus reclamos, con el método del paro activo nacional y un plan de lucha para quebrar la política de ajuste del gobierno fondomonetarista, de la recuperación de las organizaciones obreras en manos de la burocracia sindical, y así abrir una perspectiva obrera para reconstruir el país y la educación en función de los intereses sociales de los trabajadores.

 

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