20/01/2000 | 653

El ‘modelo’ yanqui del clero-aliancista Llach

La decisión de un juzgado de Ohio, en Estados Unidos, de cancelar el llamado programa de ‘escuelas voucher’ en el distrito de Cleveland, provocó una conmoción política. Dicho sistema escolar, que venía funcionando en el distrito desde el año 1995, consiste en la entrega por parte del Estado de una suma de 2.250 dólares por cada estudiante, para pagar la inscripción en escuelas, sean privadas o estatales, a elección. Las escuelas ‘voucher’ (en inglés, ‘recibo’ o ‘comprobante’, en alusión a los talonarios que entrega el gobierno) integran un programa piloto que abarca a 3.800 jóvenes, cuyos padres han optado, en su abrumadora mayoría, por escuelas privadas, especialmente religiosas. El juez sostiene que el sistema es anticonstitucional porque viola la separación de la Iglesia y el Estado.


En las últimas décadas, sin embargo, la Justicia norteamericana ha autorizado diferentes mecanismos de subsidios a escuelas religiosas. La propia Corte Suprema autorizó, por ejemplo, el subsidio a publicaciones estudiantiles religiosas (1995) y el pago por parte del gobierno federal de los sueldos de los maestros pertenecientes a escuelas religiosas en barrios de bajos recursos (1997).


Estos fallos impulsaron una onda de subsidios a los establecimientos privados. «Desde el fin del ciclo lectivo de 1998 -informa The Economist (4/9)-, ocho estados han aprobado el régimen de vouchers. Varios más lo están debatiendo. De los que lo han autorizado, Milwaukee (el mayor) atraerá 8.000 alumnos este año; Florida está comenzando a armar el dispositivo, aunque todavía con un puñado de estudiantes».


 


Deterioro de la educación pública


El auge de las escuelas ‘voucher’ ha corrido paralelo al deterioro de la educación publica. «El indicador educacional en términos comparativos más reconocido del mundo -la tercera internacional en Matemática y Estudios de las Ciencias- señala que, entre 21 países, Estados Unidos se ubicó 16º en Ciencias Generales, 19º en Matemáticas y último en Física» (ídem). En Cleveland «sólo uno de cada 14 graduados en la escuela pública tiene el nivel mínimo requerido por la ciudad».


Aun peor es el desempeño en otras áreas, como la escritura. «La Evaluación Nacional de la Educación, una organización creada por el Congreso, ha medido la capacidad de redactar de 160.000 estudiantes de 4º, 8º y 11º grado escolar (de entre 9 y 16 años) a lo largo del país y halló que sólo uno de cada cuatro alumnos compone un texto con la estructura y fluidez correctas para hacerse entender». En las evaluaciones se comprobó que «sólo uno de cada cuatro estudiantes en edad de graduación reúne los requisitos para ingresar en el mundo laboral» (El País, 4/10).


La gravedad del problema lo ha convertido en un tema nacional. «Hasta ahora, la paradoja de que la mayor potencia económica del mundo contara con una ‘educación secundaria mediocre’ era motivo de inquietud entre las clases política y académica, pero no representaba una amenaza para la hegemonía norteamericana. De no tomar medidas para elevar el nivel académico, la generación llamada a liderar el futuro podría dar por el traste con el tren de prosperidad de Estados Unidos en la segunda mitad de este siglo» (ídem).


 


Privatización y oscurantismo


Dentro de este panorama, las ‘escuelas voucher’ han sido presentadas como la salida. Para sus apologistas, «forzaría a la escuelas públicas con peor desempeño a esmerarse y mejorar si es que pretenden mantener a los alumnos (y los recursos que vienen con ellos)» (The Economist, 4/9). Se pone en pie una «educación de mercado»; el Estado se desentiende del sostenimiento económico de las escuelas; cada establecimiento debe procurarse su propia fuente de financiamiento.


El argumento de «mejorar la calidad educativa» encubre un salto inédito en la privatización de la educación, que se transforma en fuente de lucro. Esto ya ha despertado el interés de los pulpos capitalistas. «Hoy, una gran variedad de nuevas compañías educacionales ha lanzado sus propias ofertas. Milton Friedman tenía razón cuando denominó a la privatización de las escuelas ‘el próximo gran producto del mercado libre’…» (The Wall Street Journal, 22/12).


Pero el sistema de ‘escuelas voucher’, aún tratándose de una experiencia circunscripta, ya ha revelado que es un ataque en regla contra la educación gratuita. Es que la condición para el desarrollo de este sistema depende de que el deterioro de la escuela estatal se profundice. No es posible una ‘complementación’ -como dicen algunos- entre el sistema privado y estatal. La llamada educación de mercado no podría abrirse paso sin eliminar la ‘competencia’ de sus rivales del Estado (y de otros‘concurrentes’ privados, como ocurre en cualquier rama del comercio). Los sindicatos docentes y otras asociaciones populares de los Estados Unidos están denunciando, precisamente, que existe una política deliberada del propio poder político para desviar los fondos públicos de la escuela estatal al sistema ‘voucher’.


La expansión del nuevo sistema ha abierto otra disputa. Por un lado, diferentes corporaciones religiosas, entre ellas la Iglesia Católica, ven la oportunidad para extender la matrícula de sus establecimientos y -subsidios mediante- desembarcar en las barriadas pobres. Asimismo, los ‘vouchers’ servirían para atraer a ciertas capas de la población más acomodada que no pueden seguir sosteniendo la asistencia de sus hijos a escuelas pagas.


Pero otros sectores capitalistas, entusiasmados con este plan, han señalado el peligro de que el sistema de ‘vouchers’ quede empantanado por la controversia religiosa. «Esto sería una gran lástima, ya que los vouchers podría(n) atraer a muchas de las corporaciones y filántropos que ya están interesados en ese campo» (The Economist, ídem).


 


Fracaso de la educación de mercado


La advertencia del semanario financiero inglés es clara: hay que evitar que se eche a perder el negocio. Pero existen también otros emprendimientos similares. Por ejemplo, las escuelas «habilitadas a cargo de operadores privados a quienes el Estado otorga autorización para funcionar y un subsidio de 1.000 dólares por alumno». Dicha modalidad ha alcanzado una rápida expansión: «desde 1988, en 16 estados se han aprobado leyes de libre elección de escuelas que autorizan a estudiantes a asistir a escuelas situadas fuera de los límites geográficos de sus distritos escolares, sin pagar arancel. Seis años después de abrir la primera escuela habilitada, hay escuelas públicas independientes que educan a más de 165.000 estudiantes de 23 estados en el distrito de Columbia… El presidente Clinton instó a cuadruplicar el número de estas escuelas en los próximos dos años» (Clarín, 19/7/98).


Pero distintos trabajos de investigación han arribado a la conclusión de que «la mayoría de las escuelas (habilitadas) tienen los mismos problemas que la escuela pública… cuando no problemas peores» (ídem, diferenciado nuestro).


Las escuelas con licencia estatal «ofrecen una salida a los marginados de la educación pública: les prometen un camino más rápido y fácil para la obtención del certificado. El nivel académico suele ser bajo». Dichas escuelas «padecen todo tipo de irregularidades, instalaciones deficientes, personal escaso, falta de buenos programas de estudios» (ídem). Ni hablar de que son pasto de cultivo para prácticas abusivas e inescrupulosas, como ofrecer ‘bonificaciones’ con tal de atraer al alumnado, o inflar la matrícula para cobrar un subsidio mayor.


¿Qué tiene que ver esto con la Argentina? Que Llach y el gobierno radical-frepasista pretenden convertir al sistema de escuelas ‘voucher’ en un ‘modelo’ a imitar.

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