23/10/2003 | 822

25 años de Papado reaccionario y en retroceso

Juan Pablo II y la inquisición

El largo papado de Juan Pablo II, que acaba de cumplir penosamente su cuarto de siglo, ha reconvertido al Vaticano, con toda plenitud, en una dictadura medieval. Vale como símbolo «el resurgimiento del Santo Oficio de la Inquisición, que regresó con un nombre dulcificado Congregación para la Doctrina de la Fe» y que ha sido uno de los intrumentos de una especie de «contrarreforma (que) ha sido ejecutada sin miramiento y supuso la práctica eliminación de los teólogos de la liberación y de las llamadas iglesias populares en Latinoamérica; en Europa la consecuencia fue la forzosa desaparición de los curas obreros y una ofensiva inmisericorde contra el movimiento internacional Somos Iglesia y los numerosos teólogos que prosiguen el reformismo conciliar (por el Concilio Vaticano II, lanzado en 1962)» (El País, 17/10). Las condenas al progresismo católico «a algunos les costó la vida a manos de una extrema derecha que se decía católica, como es el caso del obispo Romero y el jesuita Ellacuría, mártires del cristianismo salvadoreño» (idem)


Según el obispo español Rafael Sanus «nunca he conocido una Iglesia tan centralizada como la de hoy… en ocasiones me parecía que resucitaba la vieja Roma, ciudad imperio… Juan Pablo ha desempañado su oficio de Papa de un modo muy autoritario» (El País, 18/10) Para esta política Juan Pablo II fue relegando a un segundo plano a las órdenes religiosas tradicionales (jesuitas, fransicanos, domínicos, etc.) y privilegiando en cambio los nuevos «movimientos», cuyo paradigma se encuentra en el Opus Dei y que se ubican normalmente en el terreno de un credo fascistoide y conservador. Los «movimientos» se extienden como organizaciones propias entre el llamado laicado y sus «referentes» – según el teólogo Hans Kung – han sido beneficiados por el Papa con «un número de beatificaciones lucrativas (sic) que al mismo tiempo, con poder dictatorial, insta a su Inquisición a actuar contra teólogos, sacerdotes, religiosos y obispos desafectos… (para formar) una Iglesia de vigilantes en la que se extienden los denunciantes, el temor y la falta de libertad» (El País, 15/10).


Claro que no estamos en el Medioevo y la política de la Iglesia expresa ahora la descomposición más general del mundo capitalista y aún de su propia institución como se revela «en la catastrófica escasez de curas, el colapso del sacerdocio en muchos países y el escándalo de la pedofilia en el clero que ya es imposible de encubrir» (ídem). El proceso de sucesión de Juan Pablo II sacará, como se ve, muchos trapitos al sol, y no muy santos.

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