11/04/2020

Acerca de la depresión económica y los rescates en marcha

Preguntas y respuestas del XXVII Congreso del PO

El XXVII Congreso del PO está llevando a cabo sus deliberaciones precongresales. En los plenarios relativos a la situación internacional surgieron distintas preguntas y problemas que esta sección buscará clarificar.


La economía mundial transita a una depresión. ¿Qué diferencia hay entre recesión y depresión? La depresión supone un proceso de contracción prolongada de la economía que va unido a cierres y quiebras, una deflación de precios y desempleo masivo. La situación actual tiene todos estos ingredientes. Es sólo comparable con la crisis de 1929, e incluso supera a esta última en la velocidad en que se viene desenvolviendo. En la crisis financiera del 2008, con todo lo severa que fue, el PBI mundial retrocedió alrededor del 3% en 2009 y se recuperó al año siguiente, aunque con un crecimiento famélico desde entonces hasta el día de hoy. La crisis se concentró en las metrópolis, en tanto la periferia siguió creciendo, impulsada sobre todo por China, cuyo desarrollo actuó como factor contrarrestante.


El dato distintivo del colapso actual es que vamos a una retracción de otras dimensiones, que pueden llegar al 20% del PBI. Esta vez, además, se plantea un escenario de quiebras masivas, que es lo que se logró evitar en el año 2008 con los rescates estatales. Dicho mecanismo impidió que la crisis hiciese su trabajo clásico de depuración del capital sobrante que le está reservado en el marco de un régimen donde reina la anarquía. Pero esta postergación de ningún modo fue inocua sino que fue creando las condiciones de un colapso más amplio y profundo, cuyo estallido ya estaba madurando previo a la pandemia, del cual habían numerosas señales. El derrumbe actual, con la evaporación y desvalorización masiva de capitales en pocas semanas (casi 30 billones de dólares) nos vuelve a recordar la vigencia de la ley del valor y cómo es imposible escapar a ella.


El escenario actual es diferente al de 12 años atrás :1) los estados no tienen los medios que tenían en el 2008. Llegan con los cartuchos gastados; 2) los sucesivos rescates y estímulos no han logrado revitalizar la economía que se ha ido desinflando hasta llegar al umbral de una recesión; 3) asistimos a un endeudamiento público y privado que no tiene antecedentes, que coloca al borde de la quiebra a los propios estados; 4) se intensifica la guerra comercial que no sólo impide una acción concertada entre los estados sino que agudiza las dificultades para enfrentar la pandemia y la crisis capitalista; 5) China, esta vez, no está en condiciones de jugar el papel de locomotora que desempeñó en la crisis del 2008 -la crisis ha arrastrado al gigante asiático, que ha pasado a ser uno de los países mas endeudados del planeta; 6) la crisis se extiende a los países emergentes, que es uno de los eslabones más débiles y explosivos de la cadena capitalista mundial.


No nos debe sorprender que, frente a este panorama, cada vez más economistas, como por ejemplo ni más ni menos que Martin Wolf, columnista estrella del Financial Times, el principal diario financiero del mundo, advierten que vamos a una depresión de características inéditas que puede extenderse por un tiempo prolongado.


Si se examinan a primera vista, los gigantescos planes de estímulos, superiores al 2008, parecerían contradecir el estrechamiento de los márgenes de maniobra de los estados que señalamos más arriba. Pero atención, que esto está activando una bomba de tiempo. Con la capacidad de endeudamiento saturada, la tendencia general es a echar mano a una emisión gigantesca. El hecho de que no se traslade a los precios (como consecuencia de la recesión reinante) no impide que esto produzca una desvalorización pronunciada del dólar y del euro y el riesgo de un abandono de ambas monedas y una huida hacia al oro, que es una señal característica e inconfundible de las grandes crisis bajo el capitalismo. Ambas monedas dejarían de funcionar como medios de pagos internaciones y reservas de valor. Una emisión del calibre que se insinúa terminaría por acelerar un descalabro del sistema monetario y de las relaciones económicas internacionales. Sugestivamente, llegaría a su fin un ciclo que debutó con la inconvertibilidad del dólar dispuesta por Nixon en el año 1971. Esta medida, que determinó que el dólar perdiera toda relación con el oro, fue la señal de largada para un empapelamiento a mayor escala, que ha perdurado hasta el día de hoy. El hecho de que se haya prolongado en el tiempo, ha creado la fantasía de que se puede apelar indefinidamente a este recurso y sortear la crisis, aunque sus apologistas se olvidan de señalar los temblores que ha provocado en esta etapa y, por sobre todo, las consecuencias gravosas que tuvo en estas décadas para las masas, a través de la desvalorización de los salarios, como consecuencia de la inflación. El colapso actual amenaza romper con este encanto de que se puede crear riqueza al margen del trabajo y vuelve a colocar enel sitio que le corresponde a la ley del valor.







 

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