15/08/1996 | 506

Aguerrida disputa imperialista en torno a Cuba

Pocas veces resultó tan evidente y manifiesta la tendencia del gran capital internacional a reincorporar a Cuba a la circulación mundial de capitales como en las últimas semanas: tal es el contenido concreto de la violentísima disputa que ha estallado entre Estados Unidos y sus ‘socios comerciales’  —Europa, Canadá, México, Japón— acerca de la aplicación de la llamada ‘ley Helms-Burton’. 


La mencionada ley, promulgada por Clinton hace poco más de dos meses, establece sanciones para las empresas de terceros países que ‘trafiquen’ con propiedades expropiadas por la Revolución Cubana a compañías o ciudadanos norteamericanos. Aunque Clinton postergó por seis meses la aplicación de la cláusula ‘más odiosa’ de la ley —la que les permite a los ‘damnificados’ recurrir a los tribunales norteamericanos para obtener compensaciones de parte de los actuales ‘usuarios’ de esas propiedades—, varias empresas ya fueron sancionadas y otras lo serán en las próximas semanas. Los directores y accionistas de la minera Sherritt (Canadá) y las telefónicas Domos (México) y Stet (Italia) tienen prohibido el ingreso a los Estados Unidos. La medida alcanza incluso a un lord inglés y ex director del Banco de Inglaterra, ahora director de la Sherritt, y hasta podría llegar al primer ministro italiano (ya que la Stet es una compañía estatal). Empresas de España, Francia e Israel siguen en la lista. 


Las represalias de la Unión Europea fueron inmediatas. De manera “unánime, rápida, firme y determinada” (Le Monde, 17/7), la UE autorizó la confección de una ‘lista negra’ de empresas norteamericanas que litiguen a las europeas con vistas a imponerles sanciones ‘compensatorias’ a las que eventualmente determinen los tribunales norteamericanos. Más aún, la UE debate una legislación —que ya ha sido establecida en Canadá— que prohibiría lisa y llanamente a las empresas europeas —y a las de cualquier origen que operen en el continente— plegarse a las disposiciones de la ley ‘Helms-Burton’ . El ‘tono’ de la protesta europea lo brinda el Financial Times (18/7), que enfatiza que “rara vez se ha visto mayor solidaridad o demandas más fuertes por una acción inmediata”. 


Es claro que la Gran Bretaña de Major —de donde provino una “reacción especialmente crítica a los Estados Unidos” (Página/12, 18/7)—, la Francia de Chirac o la Alemania de Kohl no se ‘rebelan’ contra Estados Unidos para defender el régimen de Castro. Para los europeos, lo mismo que para los canadienses y mexicanos, de lo que se trata es de proteger las propiedades que se alzaron con la capitalización de la deuda externa (que el Estado cubano les dio a un valor superior al real) y que les ha permitido monopolizar —en ausencia de empresas norteamericanas— las principales ramas de la economía cubana: el turismo, la extracción de níquel y minerales, la biotecnología, la financiación de la zafra azucarera y, últimamente, la prospección petrolera. 


Aunque ‘pequeñas’ desde el punto de vista del movimiento global de estos pulpos y de la propia Cuba, estas inversiones rinden beneficios sencillamente espectaculares. El director en Cuba de las operaciones de la hotelera española Sol Meliá señala, sin dudarlo, que “el rendimiento de las inversiones en la isla duplica los que la cadena obtiene en cualquier otra parte del mundo” (World Business, mayo de 1996). Los grandes beneficios impositivos y la posibilidad de utilizar una mano de obra sumamente barata y ‘educada’ explican este ‘milagro’; estas inversiones son potencialmente aún más rentables, ya que en el futuro, levantado el bloqueo, la isla sería una vía privilegiada para el ingreso europeo al mercado norteamericano. 


Cuba, por todo esto, se ha convertido en uno de los escenarios de una guerra comercial entre las grandes potencias que abarca a todo el planeta, y en la cual cada pulpo juega a fondo, no sólo sus recursos productivos y financieros, sino también, y por sobre todo, los recursos políticos de sus Estados. Otro ejemplo de esta batalla mundial es la ley que acaba de aprobar Estados Unidos, que persigue a las empresas europeas que hagan inversiones petroleras en Irán y Libia, donde las inversiones europeas son mucho más sustanciales que en Cuba. 


Esta batalla de conjunto es la que explica la ‘movilización’ europea contra la ley ‘Helms-Burton’ y que varios especialistas hayan advertido que el ‘incidente cubano’ “pueda poner en riesgo el futuro del sistema comercial mundial” (Financial Times, 26/7) … amén de amenazar con “la quiebra del Nafta” (Financial Times, 18/7). 


El gran capital norteamericano y la ‘ley Bacardi’ 


Otro de los motores de la reintegración de Cuba a la circulación mundial del capital son los grandes pulpos norteamericanos. 


Dos ‘lobbys’ capitalistas tan poderosos como “la Cámara de Comercio de los Estados Unidos y la Asociación Nacional de Fabricantes han escrito al presidente para indicarle que están en contra del Título III (de la ley ‘Helms-Burton’, precisamente el que permite a las empresas recurrir a los tribunales para obtener compensaciones por las propiedades confiscadas)” (Ambito Financiero, 16/7). Más directamente, “una veintena de importantes firmas —como Coca Cola, Pepsico, General Motors, IBM, General Electric y Chase Manhattan Bank— enviaron representantes a La Habana en el último tiempo para despegarse de la polémica norma y dejar en claro ante el presidente cubano Fidel Castro que ‘nuestro interés básico es hacer negocios’ …” (ídem). 


La ley ‘Helms-Burton’, al excluir la competencia europea, pretende crear una ‘reserva de mercado’ para las grandes empresas norteamericanas. Pero “públicamente, a través de sus entidades sectoriales, o discretamente, mediante sugerencias a las autoridades, los líderes empresariales han hecho saber a la administración Clinton que no consideran que la ley Helms-Burton propicie un cambio constructivo en Cuba o una decisión positiva en cuanto a sus reclamos” (ídem). 


Estas grandes empresas, entre las que se cuentan las principales reclamantes de las propiedades confiscadas por la revolución, “habían promovido una normalización entre Wash-ington y La Habana con la esperanza de que ambos gobiernos dilucidaran el problema de las propiedades en negociaciones directas” (ídem) … un punto en el que encuentran un terreno común con el gobierno cubano. Carlos Lage, máximo responsable económico cubano, después de excluir “acuerdos de compensación directa con los reclamantes norteamericanos”, señaló que “La Habana prefiere una solución gobierno a gobierno con Washington” (Financial Times, 18/7). 


Esto explica que el gran capital norteamericano no haya querido “mezclarse” (sic, Financial Times, 18/7) en lo que algunos despectivamente denominan la ‘ley Bacardi’, en referencia a los redactores de la ley ‘Helms-Burton’: los abogados de la licorera Bacardi, que antes de la revolución monopolizaba la producción de ron cubano. Estos abogados incluyeron una cláusula especialmente diseñada para sus patrones: la que permite un acuerdo ‘extrajudicial’ sin intervención del gobierno norteamericano entre las empresas expropiadas y las que ‘trafiquen’ con sus propiedades … “El principal objetivo de Bacardi —al establecer esta cláusula, que le permitiría ‘beneficiarse de la actual actividad económica en Cuba’— fue Pernod-Ricard, el fabricante francés de bebidas espirituosas, cuya asociación con la estatal ‘Ron y Licores de La Habana’ que administra la antigua destilería Bacardi amenaza con intensificar la competencia en el declinante mercado internacional de bebidas espirituosas” (Financial Times, 8/7). 


En este cuadro, hay que caracterizar que la ley ‘Helms-Burton’ no representa los intereses del gran capital norteamericano, que pretende ‘reconquistar’ Cuba, sino que es, tan sólo, “el producto híbrido de la coalición de tres grupos esencialmente diferentes: los reclamantes privados que buscan compensación o un acuerdo, aquellos que buscan vengarse de Castro y miembros del Congreso y la Casa Blanca que vieron en la ley una respuesta al ataque aéreo (de la aviación cubana a las aeronaves que violaron su espacio aéreo)” (Financial Times, 8/7). 


Los grupos que están detrás de la ley —y los que se oponen frontalmente a ella— revelan la poderosa tendencia del capital norteamericano a ‘retornar’ a Cuba … como antes ‘retornó’ a Vietnam y a China. 


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El régimen cubano sigue una política de adaptación a la tendencia capitalista a ‘recolonizar’ la isla. Las inversiones externas son el aspecto más visible, pero no el único de la adaptación del régimen cubano a la penetración del capital. Al calor de las ‘reformas’, se han creado docenas de firmas estatales semiautónomas que manejan divisas en forma independiente. Es conocido el papel de primer orden que jugó la ‘independización’ de las empresas estatales en Rusia, en China y en toda Europa Oriental en el proceso de la restauración capitalista.  


Recientemente, el gobierno cubano anunció la creación de ‘zonas francas’. Allí, el capital internacional contará con ventajas y beneficios aún mayores a los ya establecidos en la ‘amistosa’ ley de inversiones externas y podrá, por primera vez desde la revolución, contratar trabajadores en forma directa. Al aumentar su dependencia respecto del capital mundial en su conjunto, Cuba —que ahora es víctima de la guerra comercial entre las grandes potencias— está condenada a convertirse en la víctima de una nueva ‘redistribución’ del mercado mundial, cuando un ‘acuerdo’ entre bandidos le ponga fin a esta guerra por la supremacía comercial. 

 

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