Con el pueblo de Chechenia

Contra Rusia y la Otan

La guerra de Chechenia de ninguna manera ha concluido, a pesar de que la aviación rusa redu­jo las principales ciudades a es­combros y perpetró una verdadera masacre de la población civil. La resistencia chechena se ha trans­formado ahora en una guerrilla que opera desde las montañas del sur del país y promete hacerle muy dura la vida al ejército de los oli­garcas rusos.


Bastó, sin embargo, que el go­bierno de Putin terminara de ocu­par la capital de Chechenia, Grozny, para que los bancos acree­dores de Rusia, agrupados en el llamado “club de Londres”, anun­ciaran el perdón del 30% de la deu­da privada rusa, de 32 mil millo­nes de dólares, y la reestructura­ción del monto restante en bonos a 30 años de plazo, con un período de gracia de siete años. Putin mismo


La gran vía saludó el acuerdo como “extremadamente positivo” y hasta dijo que sus términos eran “altamente ventajosos para Rusia”. ¿Hay algo más contundente que esto para probar de qué lado ha estado el imperialismo mun­dial en la guerra de Chechenia? La refinan­ciación es el premio que le ha dado la ban­ca internacional a Putin por la ‘pacifica­ción’ del Cáucaso norte.


Según un ex ministro ruso, ahora “Pu­tin puede quedarse relativamente tranqui­lo respecto al presupuesto por dos períodos presidenciales, por lo menos”. Nada menos. Más contundente es aun la opinión de un diario líder de los Estados Unidos: “el acuerdo financiero dice le da al presiden­te en ejercicio, Putin, una importante victo­ria política y lo ayuda a despejar el camino para que el país pueda volver a los merca­dos monetarios internacionales” (The New York Times, 14/2).


Pero no solamente esto, porque luego de la refinanciación de la deuda privada, Ru­sia espera obtener el perdón de gran parte de la deuda oficial que se arrastra del pe­ríodo soviético, por un valor de 42 mil millo­nes de dólares (Financial Times, 14/2). Cla­ramente, el capital internacional ha votado con sus bolsillos a favor del gobierno que emprendió la liquidación de la independen­cia chechena. Antes de la guerra, en cam­bio, el “club de Londres” había actuado de otra manera, golpeado por el incumpli­miento del pago de la deuda externa rusa, luego de la crisis financiera de agosto de 1998: “Prestarle más dinero a Rusia -o per­donar sus deudas- no está en el interés de los acreedores… Rusia no merece ni necesi­ta un perdón de sus deudas” (Financial Ti­mes, 11/8/99).


Ahora, la refinanciación que se acaba de anunciar le permitirá al gobierno ruso “reconstruir su mercado de deuda domésti­ca”, para lo cual ya anunció que emitirá le­tras de Tesorería por 180 millones dólares (International Herald Tribune, 17/2).


Es claro que el costo de la refinancia­ción de la deuda rusa recae mucho más so­bre algunas burguesías que sobre otras. Pe­ro el hecho de que los negociadores alema­nes, que son los principales acreedores de Rusia, denuncien que EE.UU. y Gran Bre­taña “se muestran generosos con la plata de otros” (Financial Times, 15/2), no alter­na en lo más mínimo que el acuerdo financiero con Rusia expresa la política del con­junto de las naciones imperialistas.


Los portavoces políticos


Los políticos no le han ido a la zaga a los banqueros. Apenas 24 horas después del anuncio de la refinanciación, Clinton decla­ró, en una conferencia de prensa, que “de acuerdo a lo que vi hasta ahora, pienso que los Estados Unidos pueden negociar con es­te hombre” (Putin), al cual calificó de “líder enérgico, efectivo y directo”. El diario The Washington Post concluyó de esto que “Clinton respalda a Putin” (18/2).


Por esos mismos días tuvo lugar tam­bién una reunión entre Putin y el secreta­rio general de la Otan. El comunicado final, dice La Reppublica (17/2), “despeja las ten­siones y reafirma la necesidad de una polí­tica conjunta”. En el texto se lee: “Rusia y la Otan se consideran socios estratégicos, recíprocamente”. La clave para tanto respe­to la da el párrafo que le sigue: “La participación de Rusia en la gestión de la crisis de Kosovo es absolutamente un éxito… La guerra terminó con los rusos activamente comprometidos en el proceso diplomático que puso fin a la crisis” (George Robertson, jefe de la Otan, a La Reppublica, 15/2).


Esta es verdaderamente la clave, por­que el gobierno restauracionista ruso jugó un papel fundamental para la Otan, al im­ponerle a Milosevic que ésta pudiera entrar a Kosovo sin resistencia, eliminando el tre­mendo peligro de tener que enfrentar en tierra al ejército yugoslavo. El gobierno y el ejército ruso han apoyado la colonización imperialista en los Balcanes y lo continúan haciendo, aun cuando la ocupación militar de Kosovo se encuentra frente a una enor­me crisis y a pesar del creciente copamiento del gobierno de Montenegro, integrante de la Federación Yugoslava, por parte de la Otan y de los Estados Unidos. Para la oli­garquía capitalista del Kremlin no existen salidas alternativas a la transformación de los Balcanes en un protectorado de la Otan. El apoyo del imperialismo a Rusia en Che­chenia no es más que un reconocimiento al rol fundamental de Rusia eñ el manteni­miento del orden capitalista internacional.


Otra manifestación altamente instruc­tiva del apoyo capitalista internacional a Rusia en Chechenia la brindó Strobe Talbott, viceministro de exterior yanqui, pero por sobre todo, una pieza central en la rela­ción especial armada entre Clinton, Gore y Yeltsin en los últimos años. En una confe­rencia en la universidad de Oxford justificó que Putin hiciera frente a lo que Talbott llamó “la utopía anarquista” en Chechenia, afirmando que “ello era indispensable para la futura prosperidad de Rusia” (Financial Times, 22/1). Es decir que la ‘pacificación’ de Chechenia es también la prioridad del imperialismo norteamericano.


Para resumir, digamos que el ejército ruso no entró a Chechenia como el brazo ar­mado de un Estado no capitalista sino de un gobierno que impulsa la restauración del capitalismo y que, además de defender los intereses de la oligarquía dominante, también cuenta con el apoyo económico y diplomático del imperialismo mundial.


El gran juego


Rusia justificó su agresión a Chechenia como la respuesta a una serie de atentados que las milicias chechenas habrían efectua­da contra edificios obreros en Moscú y, por otro lado, como reacción a la invasión de esas milicias a la república vecina de Daghestán. Toda esta fabulación estalló por los aires cuando Serguei Stepachine, primer ministro ruso entre mayo y agosto del ‘99, relató al diario Le Monde que la decisión de atacar a Chechenia había sido tomada en marzo de ese año (26/1). La mentira (la au­toría de estos atentados nunca fue estable­cida), sin embargo, fue usada, en especial por el partido comunista ruso, para carac­terizar a la milicia chechena como una fuerza de tareas del imperialismo. Una va­riante de este planteo presenta al ejército ruso defendiendo la soberanía nacional de su país contra la colonización imperialista, y a la milicia chechena como una punta de lanza de los intereses petroleros y estraté­gicos del imperialismo. Si esto era así ten­drían que explicar por qué el imperialismo siguió financiando al Estado ruso y a sus militares y por qué, luego de la ocupación de Grozny, los ha premiado con el perdón de buena parte de la deuda externa.


Ocurre que cualquiera sea la rivalidad entre Rusia, de un lado, y el imperialismo yanqui en especial, del otro, sobre el futuro del Cáucaso, los intereses de ambos pasa­ban primero por el aplastamiento de Che­chenia. Lo dice textualmente el ex secreta­rio de seguridad de EE.UU., Z. Brzezinski, a pesar de ser el principal lobbysta del pul­po petrolero norteamericano, Mobil, y un activo propagandista de la necesidad de so­meter al Cáucaso y a Asia central al control norteamericano. En un artículo en Le Mon­de (18/11/99) dice que “a menos que se al­cance una salida rápida, el conflicto (en Chechenia) arriesga desestabilizar el Cáu­ caso sur”. Por las naciones del Cáucaso sur -Georgia y Azerbaidjan- debe pasar un oleoducto cuya construcción impulsan los yanquis y que sacaría a estos países y a los de Asia Central de la dependencia del transporte de energía por Ru­sia y los convertiría en semicolonias norteamericanas. Pero la no intervención en el Cáucaso sur es lo que, según Strobe Talbott, le aseguró Rusia a Estados Unidos (Le Monde, 25/12/99), mientras eli­minaba los peligros de ‘desestabili­zación masacrando chechenos. La ‘pacificación3 de Chechenia ha eli­minado el ‘peligro’ apuntado por Brezsinzki. El resultado no podría ser más beneficioso para los inte­reses norteamericanos, que ya se encuentran en una posición domi­nante en el Cáucaso sur. Guste o no, el ejército ruso actuó como procurador del imperialismo yanqui.


La gran vida


La repetida alusión a las rivalidades petroleras y estratégicas seguramente debe haber distraído la atención de los grandes lazos que atan a las petroleras privadas ru­sas con las internacionales, y a los intere­ses estratégicos del restauracionismo ruso con la Otan. Pero, debido precisamente a estos lazos y al interés general en restaurar el capitalismo en Rusia, se puede prever que Putin y Clinton avanzarán hacia nue­vos acuerdos en el Cáucaso luego del aplas­tamiento del pueblo checheno.


Ahí van algunos ejemplos de ese entre­lazamiento. British Petroleum-Amoco, con fuertes inversiones en el mar Caspio, acaba de recibir un “valioso campo de petróleo en Siberia”, como compensación de un prejuicio que sufrió por parte de la petrolera rusa Sidanko, que luego tuvo que quebrar (The New York Times, 29/12/99).


El pulpo petrolero ruso, Sibneft, acaba de emitir acciones en el mercado secunda­rio internacional, bajo la forma de derechos de giro norteamericanos, como primer paso para cotizar en las principales Bolsas del mundo. Por medio de este procedimiento, el grupo caerá en manos de los bancos y fon­dos de inversión internacionales (ídem).


El pulpo Lukoil, el segundo más impor­tante de Rusia, asociado a BP-Amoco en Azerbaidjan, acaba de anunciar que pre­tende cotizar en Wall Street (Financial Ti­mes, 24/2). El mismo diario informa que las acciones petroleras rusas han sido negocia­das activamente en la Bolsa de Moscú, co­mo consecuencia seguramente del alza del precio del petróleo, pero en todo caso para nada inhibidas por la guerra de Chechenia.


Para competir con el gasoducto que los yanquis quieren hacer pasar por Georgia, el principal monopolio gasífero del mundo, el ruso Gazprom, se ha asociado a los italianos para construir un ducto por debajo del mar Negro, que incluso podría ser apoyado por Turquía (The Washington Post, 25/1). El entrelazamiento entre el capital mundial y las empresas privatizadas rusas ha continuado sin interrupción durante la gue­rra. Ahora se disponen a repartirse en co­mún los despojos de la guerra y a hacer entrar en el juego a los fondos especulati­vos internacionales que dominan los mer­cados de Bolsa.


Por otro lado, según el especialista Jacques Sapir (Dipió, 12/99), existen di­vergencias entre el Pentágono y el Depar­tamento de Estado norteamericano acerca de Rusia. El primero se opone a azuzar la rivalidad de intereses en el Cáucaso sur y favorece las conexiones de con­junto con la restauración rusa, en especial con el sector indus­trial-militar. Los yanquis se encuentran financiando inclu­so los salarios de los especia­listas nucleares rusos, con el objetivo de evitar que puedan ser contratados por intereses rivales.


La lucha de clases


La restauración del capita­lismo en Rusia es un vasto pro­ceso social de alcance internacio­nal -no puede ser reducido a un complot estratégico o que beneficie a ciertos intereses. Su destino final estará determinado por el desarrollo de la lucha de clases en el plano mundial no por los juegos de guerra de los estados mayores. Esa lucha de clases es­tará a su vez fuertemente impul­sada por las limitaciones insal­vables del capitalismo mundial, en franca decadencia. El hilo conductor entre la guerra de la Otan en los Balcanes y la guerra de los restauracionistas rusos contra Chechenia, se encuentra en la necesidad de conjunto apremiante del capitalismo, de aplastar todo movimiento con posibilidades emancipadoras o que amenace destruir el endeble edificio político que ha dejado la implosión de las burocracias con­trarrevolucionarias de los ex es­tados obreros.


En este sentido, ha revelado que el imperialismo y sus aliados se encuentran estratégicamente a la defensiva.