23/10/1998 | 605

«¿Contra quién protestamos?»

La largamente preparada huelga general del 7 de octubre pasado, en Rusia, fue un fracaso. Solamente se hizo presente una fracción menor de los millones de manifestantes previstos. Si se tiene en cuenta el grado de miseria al que ha sido sometida la población y el declarado saqueo económico perpetrado por la burocracia dominante, este fracaso parece sorprendente. No faltan quienes lo quieren explicar por un histórica docilidad de los rusos (?).


Pero la verdad de la milanesa es que el fracaso obedece a que la huelga general fue organizada por el propio gobierno. Ocurre que, después del último cambio de gabinete, varios comunistas y centroizquierdistas pasaron a integrar el gobierno de Yeltsin, o sea, los mismos que habían llamado a estas movilizaciones casi con tres meses de antelación. En la inmensa mayoría de las fábricas y regiones, el paro tuvo lugar con el apoyo de las administraciones y de los gobernadores. Así se pudo ver a numerosos jerarcas encabezando a los manifestantes (La Razón, 7/10). En el patético escenario ruso, era lo último que faltaba.


El día previo a las huelgas, el corresponsal de The New York Times se preguntaba precisamente: «Pero ahora que los comunistas o quienes cuentan con su aprobación están manejando el país y su economía: ¿contra qué van a marchar los manifestantes?». Dicho y hecho: «‘No tenemos consignas contra el gobierno’, admitió en una entrevista el primer secretario del partido comunista de Moscú, Alexander Kuvayev» (The New York Times, 6/10).


El vaciamiento político de la protesta ilustra claramente el fin perseguido por el recambio gubernamental que desplazó a los ‘reformistas occidentales’ por un bloque de ex gorbachianos, comunistas y liberales de oposición. También en Rusia, el centroizquierda ha sido la variante elegida por el imperialismo para hacer frente al colapso de la restauración capitalista y a la beligerancia popular. No en vano, a pesar de haber declarado la moratoria unilateral de la deuda externa y la cesación general de los pagos, los bancos rusos siguen honrando sus contratos especulativos con los bancos extranjeros, al margen de las disposiciones oficiales. Para permitir la continuidad del saqueo, el Banco Central, ahora dirigido por un gorbachiano, produce acentuadas revaluaciones del rublo en coincidencia con los días en que vencen los compromisos con el exterior. Los bancos pagan así sus deudas a precio de pichincha.


El régimen político ruso se ha convertido, como consecuencia de los cambios ministeriales, en una mezcla de presidencialismo y parlamentarismo, sin ser ni una cosa ni la otra, y sin haber afectado para nada la dominación de la oligarquía financiero-burocrática que llevó al país a la ruina. En la práctica, esto significa que el gabinete goza de un poder absoluto, aunque transitorio, porque podría ser revocado arbitrariamente por Yeltsin.


Por el momento, sin embargo, «el gobierno», dice un analista ruso, «tiene un apoyo político sin precedentes tanto de parte de los comunistas como del partido liberal Yabloko para hacer las reformas económicas necesarias» (Financial Times, 14/9). Esto explica el apoyo que los imperialistas les dan a los comunistas. Pero cuando ya han pasado más de seis semanas de ese comentario, no se percibe que el nuevo ministerio sea capaz de resolver absolutamente nada. Lo que significa que Rusia marcha directamente a un gigantesco cataclismo social, que solamente podrá ser enfrentado adecuadamente si la clase obrera se muestra a la altura de las circunstancias.

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