18/09/1997 | 557

Crisis revolucionaria en

Cuando La Nación dice «Colombia, en la mayor crisis de su historia» (6/9), no exagera. Ni el ‘Bogotazo’ de fines de los 40 puso al Estado en una situación como la actual, ni nunca antes una crisis en Colombia alcanzó repercusiones continentales como la presente.


«Colombia se está deshaciendo», dice un importante analista internacional (ídem, 31/8). El movimiento guerrillero y campesino colombiano «se extiende a 5 países» (Clarín, 18/6) y, recientemente, según los cables, el agravamiento de la crisis en Colombia incidió decisivamente en el derrumbe de la principal bolsa de valores de América Latina, San Pablo.


Según una encuesta publicada por el principal matutino de Bogotá, El Tiempo, «siete de cada diez colombianos piensan que la guerrilla está derrotando a las Fuerzas Armadas» (La Gaceta, 1/9). El enviado especial de La Nación reconoce que «prácticamente la mitad del país está ahora bajo la promesa de convertirse en un campo de batalla» (6/9). Las FARC y el ELN, los dos principales movimientos guerrilleros, han llamado a sabotear los comicios nacionales del próximo 26 de octubre. Según «el director de la Federación Colombiana de Municipios», la crisis creada «no tiene precedentes» (La Prensa, 11/9). Las elecciones «podrían ser suspendidas hasta en 70 municipios debido a la falta de candidatos» (ídem). Un‘politicólogo’ colombiano dice que «la guerrilla anunció repetidas veces en los últimos 20 años actos de sabotaje contra los comicios. Pero hasta ahora ‘nunca había creado tal desestabilización’…» (ídem). Se estima que la abstención electoral superará el promedio histórico de «alrededor del 70%»(Tiempos del Mundo, 21/8).


«Y ahora —encima, dice The Economist, 6/9— huelguistas». En el país se han producido en las últimas semanas «paros por doquier» (Tiempos del Mundo, 4/9). La «ola de huelgas (es) contra las privatizaciones» (El Cronista, 4/9).


La situación colombiana tiene características revolucionarias. Los movimientos de las masas asumen características multitudinarias, y esto no sólo a través de las luchas campesinas o guerrilleras. En forma creciente se suman contingentes de trabajadores urbanos: tan sólo en Bogotá, «27 mil docentes»(Tiempos del Mundo, 4/9) asistieron a multitudinarias asambleas; los trabajadores de Telecom luchan contra la enajenación de la empresa; «las instalaciones de oficinas, clínicas y otros establecimientos» han sido ocupadas por los trabajadores del Instituto de Seguros Sociales (ídem); etc.


El país se debate en una enorme crisis económica, y por otro lado, el régimen de Samper se cae a pedazos. El sometimiento a los dictados yankis ha logrado «al fin desmembrar a las más grandes bandas» (The Economist, 16/8). Según otras versiones, el ‘combate contra los cultivos ilícitos’ ha llevado a que grandes terratenientes y testaferros de los anteriores se apropien de «cuatro millones de hectáreas en 13 departamentos … la mitad exacta de campo útil colombiano» (Clarín, 1/12/96), y provocado así un éxodo agrario «sin precedentes en el continente» . Según un informe de las Naciones Unidas, «Colombia aporta un millón y medio de nómadas» a los 20 millones existentes en el mundo, lo «que la acerca peligrosamente a la situación de países africanos» (Clarín, 11/5).


Cali, que antes ‘disfrutaba’ de las riquezas de los narcotraficantes, es ahora la «más afectada por la desocupación». A escala nacional «hay un millón de desempleados, la cifra más alta de la última década» (Tiempos Del Mundo, 14/8). En las últimas semanas, el derrumbe económico alcanzó niveles inéditos: «la moneda de Colombia cayó un 8 por ciento en menos de seis días … la devaluación alcanzó ya el 24 por ciento en lo que va del año … (provocando) una recesión que se hace sentir desde hace un año» (La Nación, 12/9).


La crisis ha partido a la gran burguesía colombiana. «El único sector sin rostros sombríos por (la devaluación) es el de los exportadores —minoritarios en Colombia» (ídem), pero aun el sector petrolero, la ‘estrella’ reciente de la economía del país, ha sufrido «golpes devastadores» por las acciones guerrilleras «que redundaron en una sensible disminución en la exportación de crudo» (ídem).


El gobierno de Samper va de crisis en crisis. Después de la salida de su ministro del Interior, que había chocado con el ‘virrey’ americano (así denominó al embajador), la posterior renuncia de varios funcionarios del partido Liberal, de Samper, llevaba a «la primer gran rebelión a bordo del actual gobierno» y»podría derivar en un juicio político al primer mandatario» (Tiempos Del Mundo, 21/8).


La gran burguesía descree de la capacidad del ejército de acabar con los movimientos insurgentes y los grandes terratenientes se han lanzado a la puesta en pie de movimientos ‘paramilitares’, para los que ahora reclama abiertamente su legalización. El ejército viene de una aguda crisis después de que su comandante en jefe fue destituido, según versiones, porque se habría negado a una negociación con las FARC para liberar a 70 militares secuestrados por la guerrilla hace casi un año en un combate, lo que consideraba una segunda ‘humillación’ del ejército después de aquella batalla. Diversos analistas interpretaron esto como la aceptación de Samper de una ‘condición’ puesta por las FARC para abrir un ‘diálogo nacional’, a lo que las FF.AA. se negarían (Financial Times, 26/8). Según esta misma fuente, esa iniciativa «ganó el apoyo de líderes empresarios, políticos y de la Iglesia» (ídem).


Como sea, el imperialismo está discutiendo la eventualidad de una intervención militar en Colombia. El analista internacional citado al principio plantea que esto «podría comenzar por una declaración de ‘estado de emergencia internacional’ y de una urgente convocatoria de la OEA o del Grupo de Río —si se quiere excluir a Washington—, encaminada a estudiar cómo ayudar práctica e inmediatamente a los colombianos a restaurar la ley y el orden» (La Nación, 31/8).

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