19/06/1997 | 544

Deep Blue y Kasparov: ¿Quién ganó?

La derrota de Kasparov frente a la supercomputadora Deep Blue de IBM dejó varios interrogantes. Llamó la atención el nivel de Kasparov, por debajo del acostumbrado, en especial en la última partida, en la que utilizó una variante poco recomendada de una defensa que conoce bien, por haber sido una de sus favoritas. Algunos suponen que urgido a ganar la última partida para triunfar en el match a seis (hasta allí iban empatados), arriesgó más de la cuenta con la esperanza de que Deep Blue desconociera la variante y no encontrara la respuesta. En realidad, ya había sorprendido el abandono de Kasparov en la segunda partida, cuando muchos le daban chances de empatar.»La segunda partida tuvo consecuencias dramáticas de las cuales no logré reponerme», reconoció al finalizar el match. Otros, más desconfiados, suponen que Kasparov fue a menos, sea que ‘arregló’ con IBM o porque especula con un tercer enfrentamiento que le reditúe otra suculenta bolsa. (En esta oportunidad, recibió 400 mil dólares como perdedor; de haber triunfado, su premio habría sido de 700 mil; el sponsor que puso la plata fue la propia IBM). De lo que nadie duda es del excelente negocio de IBM. Tras el triunfo de Deep Blue, sus acciones subieron en la bolsa neoyorquina y obtuvo una extraordinaria publicidad.


Ajedrez e inteligencia


La derrota de Kasparov colocó en debate la capacidad de las actuales computadoras para desarrollar una actividad ‘inteligente’. Durante muchos años se consideró al ajedrez un juego-ciencia, «el más formidable juego de pura habilidad mental inventado por la mente humana», como se lo definió en tiempos de la disputa por el título mundial entre Karpov y Kasparov en 1986 (Ver Veja, 7/5). Después de la derrota de Kasparov frente a la ‘máquina’, algunos comentaristas, a la defensiva, comenzaron a relativizar la importancia de lo ocurrido, con argumentos como que el ajedrez no requiere verdaderamente ‘inteligencia’, sino sólo una gran memoria y perseverancia. Richard Cohen, columnista del Washington Post, adalid de esta tesis, escribió una nota que dio la vuelta al mundo con el sugestivo título de «Ninguna computadora puede escribir una columna como ésta», donde descalifica al ajedrez como una actividad que no requiere ‘astucia’ y al alcance de los niños. No sólo no le reconoce a la computadora ningún rasgo ‘inteligente’, sino que hasta al propio Kasparov lo califica de poco más que una ‘computadora’.


Con algo más de rigor, otros especialistas pusieron de relieve el tipo de ‘inteligencia’ demostrada por Deep Blue, aun marcando sus limitaciones. Se trata, por sobre todo, de una elevada capacidad combinatoria y de la posibilidad de realizar a gran velocidad cálculos que le permiten analizar 200 millones de posibilidades por segundo. Con un adecuado equipo de programadores y ‘entrenadores’, Deep Blue pudo derrotar al campeón mundial. Este protestó a posteriori por las condiciones en que se desarrolló el match: poco tiempo entre partidos, lo que a él, como humano, no le permitió restablecerse; que el equipo de IBM no le permitió conocer los preparativos de la computadora y sus partidos de entrenamiento, mientras que ella conocía toda su trayectoria; inclusive, anticipó que no permitiría que un futuro tercer enfrentamiento estuviera patrocinado por IBM, etc. Pero todo esto es anecdótico. Ya en el match del año pasado, frente a una versión menos sofisticada de Deep Blue, Kasparov había perdido una partida, aunque finalmente ganó el match. Año más o año menos, que una computadora le gane al mejor ajedrecista del mundo (y algunos dicen de todos los tiempos) es un hecho.


Naturalmente, todos aquellos que subrayaron las grandes diferencias entre la actividad humana inteligente y lo que Deep Blue u otras computadoras actuales están en condiciones de realizar, están absolutamente en lo cierto. Y ni hablar de la compleja adaptación que las funciones vitales otorgan al ser humano, y de las cuales las computadoras se encuentran aún enormemente lejos. Las investigaciones sobre inteligencia artificial avanzan muy lentamente y encuentran grandes tropiezos. Sin embargo, lo novedoso es que, a pocas décadas de las primeras y primitivas computadoras, aparecen los primeros balbuceos de una conducta limitadamente ‘inteligente’. Y esto es lo que conmovió a millones de seres humanos.


Herramientas e inteligencia


Desde que la humanidad existe como tal, se valió de distintos utensilios y herramientas que fueron prolongando sus capacidades naturales e incrementando su posibilidad de dominio sobre la naturaleza. Con el tiempo, esas herramientas se fueron perfeccionando, y en los últimos siglos asistimos a su vertiginoso desenvolvimiento. El desarrollo de la técnica fue de la mano de los grandes avances científicos, que fueron obligando a modificar las viejas concepciones y que chocaron, una y otra vez contra las viejas creencias y el oscurantismo, en particular el religioso. A medida que la humanidad fue avanzando en sus conocimientos, la imagen religiosa de una criatura‘reina de la Creación’ y ‘hecha a la imagen y semejanza de la divinidad’ se fue desvaneciendo, en medio de duros combates no sólo teóricos. La revolución copernicana, que quitó a la Tierra del centro del Universo, y en el siglo pasado los descubrimientos de Darwin, que colocó a la especie humana como parte del desarrollo del mundo animal, son quizá los hitos más importantes. Actualmente, el desarrollo de la microbiología y la moderna genética, y los avances de la computación, con la aparición de las primeras y primitivas formas de ‘inteligencia artificial’, asestan golpes demoledores a la pretensión religiosa y oscurantista de derivar la vida y la razón inteligente de una relación trascendente con una supuesta divinidad.


Esto es lo que otorga a la discusión sobre un hecho casi anecdótico, un match de ajedrez entre el campeón del mundo y una computadora, tanta pasión. Se van quebrando los últimos reductos del oscurantismo y del idealismo. El carácter material de los procesos más complejos de la materia, la vida y la inteligencia, comienzan a ser analizados por la ciencia. Son los primeros pasos, pero el rumbo está marcado. Seguramente, falta mucho camino por recorrer, pero lo que va quedando claro es que a medida que se avanza, los resabios del pensamiento religioso van a parar al desván de la historia, como acertadamente habían anticipado, durante el siglo pasado, los fundadores del socialismo científico.


Inteligencia y propiedad


Ante el dilema de si el triunfo de Deep Blue puede considerarse un triunfo de la máquina o del hombre, un importante profesor y epistemólogo, Gregorio Klimovsky (La Nación, 16/5) sostuvo que «Una vez más, triunfó el hombre», aclarando el malentendido de que la computadora es, finalmente, una herramienta más o menos sofisticada en manos del hombre, de la Humanidad, y como tal debe ser considerado el triunfo «del ser humano como creador de potentes novedades en materia de ciencia y técnica». En un sentido similar se pronunció el reconocido científico y periodista Leonardo Moledo (Página 12, 13/5), para quien «las máquinas, del fuego para acá, no hicieron más que traer beneficios cuando fueron bien utilizadas».


Y aquí llegamos al meollo del asunto. Deep Blue (Azul Profundo) debe su nombre a su dueño (Big Blue es el nombre con el que se conoce a IBM por el color de su logo). La computadora no es «patrimonio de la humanidad», como quizás ingenuamente lo presentan sus defensores. Deep Blue es de IBM, como prácticamente son de los capitalistas todos y cada uno de los resultados de las investigaciones científicas y técnicas, no sólo los que tienen patente sino también los que no la tienen pero que requieren, para su utilización, recursos, que sólo están en manos de los grandes capitalistas.


De ese modo, los avances científicos y técnicos no se vuelcan de modo natural en el acervo general de la humanidad, sino que van a parar a la bolsa específica del monopolio, que es su propietario. Y eso tiene como resultado dos fenómenos complementarios: por un lado, el aprovechamiento productivo de los avances técnicos se encuentra terriblemente limitado, por las condiciones de sobreproducción de mercancías y capitales por las que atraviesa el capitalismo en su fase de descomposición. De ese modo, mientras la técnica permitiría alimentar holgadamente a la actual población del planeta, una tercera parte vive debajo de la línea absoluta de indigencia y otro tercio se debate en la pobreza.


Tanto Klimovsky como Moledo y otros científicos que comentaron el triunfo de Deep Blue, no dejaban de mostrar su preocupación por los efectos contradictorios de estos avances de la cibernética y la informática en la vida de la gente, y en especial en relación a la desocupación. Es que, como señalaba muy tempranamente Carlos Marx, los resultados del trabajo humano en manos de los capitalistas, se vuelven fuerzas hostiles al trabajador que los creó. De productos del esfuerzo y del trabajo del hombre, se convierten en instrumentos para la dominación y la superexplotación de los trabajadores, en armas de los capitalistas contra los creadores de la riqueza. La creciente desocupación nada tiene que ver con el poder creciente de las máquinas y las computadoras, sino que es el resultado del régimen social en el que estas máquinas y computadoras son puestas a producir. El capitalismo las utiliza para incrementar la desocupación, y estar así en mejores condiciones de imponer a la clase obrera un incremento de la explotación de la fuerza de trabajo, un aumento de la tasa de plusvalía y poder recuperar, aunque sea parcialmente, la tasa de ganancia, frente a la tendencia inevitable a su caída. Utiliza la desocupación y la nueva maquinaria para agravar los ritmos de trabajo y acrecentar la jornada de trabajo, en lugar de disminuirla, como correspondería a las nuevas condiciones técnicas.


Comentando los nuevos avances de la computación, un artículo de Ambito Financiero (19/5) llega al ridículo de calcular que, en pocas décadas y al ritmo actual de sustitución de mano de obra por computadoras y trabajo robotizado, sólo habría trabajo para una quinta parte de la humanidad, y se pregunta casi preocupado cómo hacer para que las otras 4/5 partes no caigan en la delincuencia. A estos verdaderos trogloditas ni se les pasa por la cabeza la posibilidad de reducir las horas de trabajo para toda la fuerza de trabajo mundial, ni mucho menos desplegar al máximo las potencialidades productivas que ofrecen los conocimientos técnicos actualmente existentes, para garantizar el principio comunista: «de cada cual según sus posibilidades; a cada cual según sus necesidades».


Ese es el verdadero desafío de nuestra época.

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