18/12/2003 | 830

Después de la captura de Saddam Hussein el imperialismo se empantana todavía más

La euforia de Bush y de sus cónsules por la captura de Saddam Hussein pone de manifiesto el grado del empantanamiento norteamericano en Irak. Ha servido para amortiguar por poco tiempo la desmoralización a la que había llegado la ocupación militar, pero no resuelve ninguna de las contradicciones que enfrenta; lo más probable es que las agrave.


Los captores no encontraron ninguna evidencia de que Saddam estuviera dirigiendo la resistencia popular, lo cual «es significativo y perturbador», dijo el senador Jay Rockefeller, vicepresidente de la comisión de inteligencia del Senado norteamericano, «porque significa que la insurgencia no está combatiendo por Saddam sino contra los Estados Unidos» (boletín Strattfor, 15/12). Para el corresponsal especializado del diario británico The Independent, «Saddam no era el guía espiritual ni político de los insurgentes… y por más contentos que estén Bush y Blair con la captura de Saddam, la guerra sigue» (15/12). Robert Fisk añade que «ha identificado a doce grupos guerrilleros, todos ellos comunicados entre sí a través de jefes tribales, pero sólo uno podría ser catalogado como ‘leal a Saddam’ o baasista». Fisk también señala que la resistencia iraquí se está infiltrando dentro del ejército que el ocupante norteamericano está intentando poner en pie. Apenas 24 horas después de la captura, las tropas norteamericanas tiraron al cuerpo a una manifestación que reivindicaba a Saddam, matando a una decena de personas.


La caracterización relativa al significado de la captura de Saddam ha dado lugar a un resultado paradojal. Los gobiernos de Rusia, Francia y Alemania y una parte considerable de la prensa inglesa y de los candidatos del partido Demócrata de Estados Unidos entienden que la captura presenta la oportunidad de acelerar la llamada «normalización política» de Irak, aunque son los mismos que subrayan que esa captura no cambia la situación porque Saddam era irrelevante para la resistencia. Bush y su gente, en cambio, que interpretan que la captura ha descabezado a la resistencia, sacan la conclusión, contradictoria con esta caracterización, de que «la guerra» todavía tiene para largo. Lo que se desprende de todo esto es que la captura ni siquera ha atenuado el antagonismo entre los imperialismos. Lo subraya la decisión de Bush de excluir a los gobiernos adversarios de las licitaciones para la rehabilitación de la infraestructura de Irak y su insistencia de que, en cambio, «perdonen» la deuda externa iraquí. Claro que estos antagonismos se han ido acentuando a nivel internacional, independientemente de la ocupación de Irak. Lo testimonian el agravamiento de las diferencias entre Bush y Putin con relación a Georgia, el petróleo del mar Caspio y las bases militares rusas en el Caucaso y Moldavia. También el reciente fracaso de la reunión europea que debía aprobar la Constitución de la Unión – a partir de la oposición de los gobiernos proyanquis de Polonia y España y de la complicidad de Blair y Berlusconi. La conclusión más clara, al menos por una vez, la produjo el español Felipe González: «Lejos de significar el fin de la violencia», escribió, «el arresto de Hussein alimenta la línea más belicista del gobierno de Bush. Mientras se reparten negocios, las tropas quedan empantanadas y se aleja cualquier posible salida» (Clarín, 16/12).


Que la situación se ha complicado, en lugar de simplificarse, lo demuestra el anuncio de que el juicio a Saddam Hussein se iniciaría recién en julio y que el tribunal estaría sometido a la jurisdicción norteamericana. «La captura de Hussein», escribe The Wall Street Journal (15/12), «…abre también la puerta a nuevos asuntos difíciles…; imaginar como llevar al ex líder a la justicia sin permitirle que use esta plataforma para convertirse en un héroe nacionalista o proveer nueva inspiración a las fuerzas de la resistencia».


La ocupación norteamericana de Irak es un punto de concentración de las poderosas contradicciones que caracterizan al capital mundial en la presente etapa. Para financiar una salida a la crisis capitalista norteamericana, el gobierno de Bush ha recurrido a una confiscación mundial en gran escala, mediante la devaluación del dólar y, por lo tanto, de su estratosférica deuda externa nominada en dólares. La consigna de la «guerra infinita» como medio para alcanzar la «democracia infinita» requiere, como su hermana siamesa, de la confiscación también infinita. El «aventurerismo» de la «política exterior» de Bush tiene que ver con esta realidad; quienes piensan que la situación política mundial en conjunto no autoriza al optimismo para este emprendimiento, vaticinan la inminencia de crisis políticas de mayor escala.


Es decir que asistimos a un precario equilibrio acechado por guerras y revoluciones.

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