El acuerdo de paz con los talibanes y el retroceso norteamericano

Tras casi dos años de negociaciones, Estados Unidos y los talibanes suscribieron un acuerdo por el que los norteamericanos se comprometen a una retirada de la totalidad de sus tropas en Afganistán en un plazo de 14 meses y los segundos a iniciar negociaciones con el gobierno local (de aquí al 10 de marzo) y dejar de albergar a Al Qaeda en su territorio. Como parte de los acuerdos, que se desarrollaron en Doha (Qatar), se anudó un compromiso para la liberación de 5 mil prisioneros talibanes y mil presos en poder de estos últimos. Ambos bandos concordaron, asimismo, un cese de hostilidades.


La extrema precariedad del acuerdo se revela en el inmediato cortocirtuito que surgió entre los talibanes y el gobierno afgano, comandado por Ashraf Ghani. Este rechazó que la liberación de los presos talibanes fuera una precondición necesaria de las negociaciones que deben iniciarse en estos días. Los segundos insistieron en esa liberación y pusieron fin a una tregua con las fuerzas locales, reemprendiendo sus ataques contra el gobierno. En tanto, la aviación yanqui bombardeó posiciones talibanes en apoyo a las fuerzas afganas. Así las cosas, no está claro si el 10 de marzo se podrán iniciar las conversaciones entre las partes. El secretario de Defensa norteamericano, Mark Esper, anticipó en tanto que “no dudaremos en anular el acuerdo” en caso de un incumplimiento por parte de los talibanes.


Trump ha tomado la decisión de acelerar la negociación urgido por la campaña electoral norteamericana. Por el alcance de la derrota que supone el retiro de tropas, algunos lo califican como un nuevo Vietnam para los EE.UU.


Fracaso del imperialismo


Con independencia del destino del acuerdo yanqui-talibán y de las negociaciones inter-afganas, es claro que los norteamericanos se han visto empujados a la mesa de negociaciones como resultado del fracaso de la invasión militar iniciada en 2001. Si bien los talibanes fueron desalojados del poder, al día de hoy controlan al menos la mitad del territorio. La eventual retirada de las tropas norteamericanas plantea, para el gobierno afgano, el temor de un avance militar aún mayor de los talibanes e incluso de una recuperación del poder por parte de éstos.


La invasión de Afganistán fue el primer capítulo de la “guerra contra el terrorismo” lanzada por George W. Bush, después de los atentados contra las Torres Gemelas. La cacería de Osama bin Laden fue el pretexto para apoderarse militarmente de una región estratégica del Asia Central (puente entre China y el Medio Oriente) y para un recorte de las libertades democráticas en los propios Estados Unidos.


La aviación yanqui comenzó los bombardeos en Afganistán en octubre de 2001. Se complementó con el avance de las tropas de la Alianza del Norte, una confederación de líderes tribales que guerreaba contra los talibanes desde que estos tomaron el poder en 1996. En noviembre, los talibanes perdieron la ciudad clave de Mazar-e-Sarif, que le brindó a su vez a los norteamericanos una base de operaciones aéreas en el país (hasta entonces, los ataques eran encarados desde la vecina Uzbekistán o desde portaaviones en el mar Arábigo). Pocos días más tarde, los talibanes debieron abandonar la capital, Kabul. Para diciembre ya habían caído también Kunduz y Kandahar. Las diezmadas fuerzas de los talibanes y Al Qaeda se replegaron en las montañas o cruzaron hacia Pakistán, y lanzaron una guerra de guerrillas.


El imperialismo impulsó una Autoridad Interina Afgana que daría lugar a un gobierno títere encabezado por Hamid Karzai. Se formó, a su vez, una fuerza internacional con tropas norteamericanas, del Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda, Francia, Alemania, y otros países de la Unión Europea, así como algunos de Asia. En 2006, la Otan tomó el mando de esta fuerza internacional, que llegó a tener más de 130 mil soldados desplegados, en su inmensa mayoría norteamericanos.


Pese a este monumental despliegue militar, los talibanes lograron recomponerse y la Autoridad Interina Afgana nunca logró un control efectivo del país, restringiendo su influencia a Kabul y algunas otras regiones. El imperialismo se empantanó y el año 2009 marcó un salto en la actividad insurgente. En ese contexto, Obama ordenó un despliegue adicional de decenas de miles de soldados. Para 2010, en la Conferencia Internacional sobre Afganistán, en Londres, aparecen las primeras voces que hablan de un retiro de tropas y un comienzo de negociaciones con los talibanes. Pero hubo muchas idas y vueltas en el medio. A partir de 2013, se empiezan a transferir atribuciones de seguridad a las fuerzas locales, y a fines de 2014 Obama pone fin formalmente a la misión de la Otan en el país, no obstante lo cual las tropas permanecieron en el lugar.


La presencia del imperialismo no trajo ningún beneficio a Afganistán. Un 40% de la población padece hambre. Un tercio de la población debe viajar hasta dos horas para acceder a un centro de salud. Millones de personas fueron emigrando conforme se profundizó la guerra: mayormente a Irán y Pakistán, pero en un 10% de los casos a Europa, constituyendo parte de los contingentes que rechazan las potencias por medio de políticas xenófobas.


Probablemente lo único que creció con la invasión fue la producción de opio y heroína, que ya constituye un tercio del PBI local. Si al comienzo de la guerra abarcaba 74 mil hectáreas, se cuadruplicó hasta llegar a las actuales 330 mil (BBC, 19/5/19). Es una fuente de negocios para los talibanes y líderes tribales que se desarrolla bajo la anuencia de lo que queda de Estado. Si bien el mercado norteamericano no se abastece de la heroína afgana, sino de la mexicana y sudamericana, el monitoreo de las plantaciones es un asunto de interés para un país conmovido por la adicción a los opioides.


Un régimen títere


La reforma constitucional de 2004 alumbró un régimen farsesco, con elecciones fraudulentas en las que raramente participa más de un tercio del padrón electoral. Ghani acaba de lograr de este modo su reelección, en unos comicios impugnados por su rival, Abdullah Abdullah. En 2014, la crisis desatada por un escenario similar llevó a una mediación del imperialismo que repartió el poder entre ambas figuras.


La Constitución de 2004 buscó un equilibrio entre los numerosos grupos étnicos del país (por ejemplo, declaró idioma oficial al pastún –lengua del 42% de la población- pero autorizó idiomas de las minorías, como el uzbeko, en las zonas donde estos son mayoría) e instituyó la igualdad formal de derechos entre hombres y mujeres. El imperialismo, por ello, ha hecho campaña en estos años sobre un supuesto avance de los derechos de las mujeres, sometidas por el ultraoscurantista régimen de los talibanes a la burka, al no acceso a la educación, a no salir de sus casas sin un acompañante, etc. Pero oculta deliberadamente sus acuerdos políticos con otras fracciones islamistas tan oscurantistas como los talibanes, por no hablar de su alianza con Arabia Saudita. El imperialismo, que ha llevado a cabo la devastación del país, es un enemigo de las mujeres afganas y un vulnerador de sus derechos.


La derrota de Estados Unidos se enmarca en un retroceso general del imperialismo yanqui, que también ha perdido posiciones en Medio Oriente. Trump está usando la cuestión de la retirada en función de la campaña electoral, prometiendo “traer de regreso nuestra gente a casa” (el conflicto ha dejado más de 2 mil soldados norteamericanos muertos). Entre republicanos y demócratas no ha habido matices en el guerrerismo, basta recordar el envío masivo de tropas por parte de Obama.


Los horrores de la guerra en Afganistán, con entre 30 y 60 mil civiles muertos, así como las torturas en la base de Bagram, muestra que el imperialismo es sinónimo de barbarie. Las masas trabajadoras deben ser su sepulturero.