Internacionales
29/1/1992|350
¿Dictadura del proletariado todavía?
El carácter del estado en la ex-URSS
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La caída de Gorbachov ha dado paso a un régimen político que expresa plenamente los intereses de la restauración capitalista.
La restauración capitalista no significa, como lo pretenden los trotskystas “vulgares”, que sea necesario que se consume antes la privatización de todas y cada una de las grandes empresas estatizadas. Bastaría con que la economía -aun cuando comporte un alto porcentaje de empresas estatizadas— se integre a la circulación del capital mundial a través del comercio exterior, de la deuda pública y de la progresiva formación de un mercado. A esto apuntan precisamente las medidas que han abolido el monopolio estatal del comercio exterior y de las finanzas, la liquidación de la planificación estatal, la liberación de los precios y la autorización a la formación de empresas mixtas con el capital extranjero.
La restauración capitalista comporta fatalmente un pillaje y una destrucción sin precedentes de las fuerzas productivas que se encuentran estatizadas. La transición del “socialismo” al capitalismo significa una enorme regresión social y su desarrollo es imposible sin una victoria de la contrarrevolución en el plano político.
La brutalidad del pillaje en curso tiene dimensiones que han escandalizado a representantes tan rancios del capital mundial como “el dirigente liberal británico Sir David Steel, (que) acaba de regresar de la URSS aterrorizado por una privatización" sin criterios, sin control y que consiste efectivamente en dejar saquear los bienes públicos por aquéllos que están en condiciones de hacerlo” (Le Nouvel Observateur, 26/12). “¡Esto es el Far West!” declaró recientemente un inversor norteamericano en Moscú. Es lo que el propio viceprimer ministro de Yeltsin, Gennadi Bourbulis, ha llamado la “acumulación primitiva” de capital (ídem).
Los “capitanes de la industria”
“Los gerentes se han apoderado de las empresas”, dice el Wall Street Journal (10/12) y “se han independizado de cualquier control estatal”, agrega The New York Times (28/12). En efecto, han obtenido la autorización —todavía en tiempos de Gorbachov— para manejarse autónomamente en sus operaciones comerciales y financieras con el exterior y en el mercado interno. Como consecuencia de esto, “es un secreto a voces que las empresas estatales soviéticas han hecho todo lo que estuvo a su alcance para mantener esas divisas fuera del Banco Central”, incluso en cuentas en bancos del exterior (Christian Science Monitor, 10/1). La “independencia” que ganaron los “gerentes” se ha acentuado con el colapso de la planificación estatal, y “las empresas recurren al trueque o directamente a las Bolsas de mercancías que están surgiendo en toda la URSS” para comprar insumos o vender su producción (CSM, 27/12). Finalmente, los “gerentes” han asociado “sus” empresas con el capital imperialista “que ofrece su tecnología y una modesta infusión de efectivo a cambio de una participación en tos activos más valiosos de la tierra de la ex-URSS: petróleo, algodón, materiales de construcción, minerales y metales” (The New York Times, 28/12). Por regla general, el capital extranjero retira sus beneficios no en dólares —mucho menos en rublos— sino directamente en materias primas.
Los directores de las granjas estatales y colectivas también han sabido conquistar su “independencia” del Estado. “En todo el país -señala el Christian Science Monitor, 10/1- se niegan a cumplir las órdenes estatales”, lo que incluye el no pago de impuestos en especie. Frente al colapso de la planificación, sus directores recurren al trueque con las empresas para obtener los bienes que necesitan, o venden su producción en las Bolsas de mercancías, que pagan precios más de quince veces superiores a los del Estado.
Liquidado el monopolio estatal del comercio exterior y la planificación estatal; creando un “mercado” entre empresas semi-independientes y un intercambio “privado” entre la ciudad y el campo; y forjando relaciones estrechas entre las empresas estatales y el capital imperialista, se van creando las relaciones económicas internas e internacionales, así como la base social de la restauración.
En estas condiciones concretas, la propiedad estatal (no capitalista) queda reducida a una ficción jurídica, que en la vida real sirve para la acumulación privada, si no directamente capitalista, sí introductoria del capitalismo, en la forma de reservas en divisas, créditos, licencias y mercados junto al capital extranjero.
“Antiguos burócratas -explica el Christian Science Monitor (27/12)- están comercializando la propiedad estatal en su propio beneficio. En los últimos tiempos se formaron más de 1500 compañías (privadas) en Ucrania; los activos estatales -desde máquinas hasta fábricas-fueron comprados por antiguos funcionarios comunistas que están relativamente bien ubicados y, dadas sus estrechas conexiones con las empresas estatales, bien ubicados para pagar precios verdaderamente bajos”.
La “patria financiera” de Moscú
El cuadro se completa con el surgimiento de bancos comerciales. Desde la liquidación del monopolio de los bancos estatales en 1988, el número de bancos comerciales ha pasado de 41, en enero de 1988, a alrededor de 1500 en la actualidad.
En opinión del corresponsal del Christian Science Monitor (10/1), “inevitablemente algunos bancos comerciales formados en los últimos dos años tienen origen en la economía estatal. Una reforma bancaria de 1986 dividió al Banco del Estado en un sistema de bancos, ampliamente (usado) como mecanismo para transferir dinero de tos ministerios centrales a las empresa ... En algunos casos, los existentes bancos estatales fueron registrados como bancos comerciales justamente después de 1988. En otros, grupos de empresas crearon un banco basándose en sus depósitos.
Pero esos bancos -continúa- además tienen como activos los enormes y ampliamente no utilizados préstamos que el gobierno hace a las empresas como-subsidios por pérdidas. Los bancos usan esos activos para prestar dinero a corto plazo al 20% de interés promedio”. Como estos préstamos “virtualmente (no tienen) control ni supervisión del Banco Central” (ídem), los bancos comerciales los “desvían” a la naciente “actividad privada”.
Esta banca “comercial-estatal”, “dirigida por la nomenklatura que conoce las vías para poner el dinero estatal en los bolsillos privados” (ídem), es una enorme evidencia de la absoluta “independencia” que ha conquistado la burocracia con relación al Estado y a las masas, y su completa subordinación al mercado, al lucro privado y a la circulación del capital.
Un buen ejemplo de esto es el Menatep, el mayor banco comercial de la ex-URSS, “que ha crecido desde su inicio en 1986 como una rama empresaria del Komsomol (Juventud Comunista) y es una sospecha ampliamente difundida que el banco es una fachada del Partido Comunista y la KGB y que lava dinero del partido en sus cuentas del exterior” (CSM, 10/1). Esto bastaría para explicar su veloz crecimiento y “diversificación”, de “un banco estatal que financiaba alquileres y servicios sociales” a “un grupo financiero internacional que opera en todo, desde especulación con moneda extranjera hasta financiación del comercio. Tiene lazos de corresponsalía con el Bank of America, el Citibank y el Credit Lyonnais”, pero su “corazoncito” “está en un banco suizo con el que mantiene un contrato real para proteger la confianza de sus clientes” y al cual su director financiero, Platón Lebedev, llama “nuestro segundo hogar” (ídem).
Autorizado a operar en moneda extranjera, el Menatep está monopolizando crecientemente las operaciones en este rubro mientras el Banco del Estado para el Comercio Exterior está en quiebra, agudizando el peligro de una crisis financiera. Tenemos aquí una descripción del “tránsito” de la banca estatal única a la banca privada, un fenómeno que la hiperinflación de estos días habrá de impulsar afondo al pulverizar el valor de los depósitos bancarios de los ahorristas de la ex-URSS.
El sistema legal
“El mercado libre no está esperando (la adecuación) del sistema legal. Los negocios están en marcha, aunque los contratos... pueden ser difíciles de poner en marcha. Esto es particularmente cierto para las provisiones que asignan a una nueva empresa privada cosas tales como maquinarias, aviones o edificios técnicamente todavía propiedad del Estado” (The New York Times, 18/1). Lo mismo vale para las Bolsas de mercancías -que todavía no son legales- y para los bancos comerciales.
La ausencia de normas legales que “protejan” la “transición” al capitalismo no ha sido obstáculo para que se organice un sistema contractual que hace las veces de una suerte de “derecho comercial privado”. Sus principales redactores son los abogados neoyorkinos, especializados en fusiones especulativas de Wall Street, que recientemente han abierto oficinas en Moscú. Pero este embrionario “derecho comercial privado” no habría podido surgir si no tuviera la protección del Estado, el cual aún no ha desarrollado sus propias normas constitucionales y legales de protección de la propiedad capitalista. Si el carácter social de un Estado lo determinan las relaciones sociales que protege con su acción política y coercitiva, la aparición de un sistema contractual privado define al Estado en los territorios de la ex-URSS como “restauracionista”, de ningún modo obrero, anticapitalista o expresión degenerada de la dictadura del proletariado.
Muchos de los contratos firmados, confiesa el dueño de una Bolsa de mercancías que firma cientos de ellos al día, “no serían reconocidos por las cortes”. La inadecuación del sistema legal a la vida económica real revela el estado precario del proceso en curso. Esta precariedad agudiza el carácter de pillaje de la “transición” y pone al desnudo su explosividad.
Esta “nomenklatura-capitalista”, que ha liquidado el monopolio estatal del comercio exterior y de las finanzas y la planificación estatal, que ha convertido la propiedad estatal en una ficción —es decir, que ha liquidado las bases sociales del Estado obrero—tiene una única preocupación, “no perder el control de sus monopolios” (WSJ, 10/12) en el tránsito a la “economía de mercado”. Esta es la base social del régimen yeltsiniano y de sus réplicas republicanas.
Komsol, una guardería de capitalistas
El Partido Comunista de la URSS y, particularmente, la organización de la Juventud, el Komsomol, fueron la principal base de lanzamiento de esta “nomenklatura capitalista”, según la definición del Wall Street Journal.
El diario de los financistas neoyorkinos, en su edición del 9 de enero, informa que, a poco de lanzada la perestroika, el Komsomol formó “una escuela de empresarios” gracias a la cual “jóvenes aparatchickis de ayer hoy son capitalistas”.
En efecto, el Komsomol entregó fondos públicos (el PCUS y la Juventud eran en la URSS organizaciones estatales) a sus miembros para montar sus empresas. El Menatep, el mayor banco comercial de la ex-URSS, está dirigido por el ex-komsomol Michail Hodorkovsky, quien recibió tres millones de rubios para fundarlo. Germán Sterligov, otro ex-komsomol —hijo de un ex ministro de construcciones civiles—, es dueño de una Bolsa de compra-venta de materiales de construcción, “que gana miles de rublos al día”. Sterligov es, además, fundador del “Club de Jóvenes Millonarios Soviéticos”... todos los cuales pasaron por la “escuela” del Komsomol.
Estos “jóvenes”, ninguno de los cuales supera los treinta años (Sterligov tiene apenas veintidós) son la expresión viva del “progreso social” de la burocracia. Sus padres no pudieron transferirles directamente sus privilegios; debieron hacerlo a través de su formación como “jóvenes burócratas” en el Komsomol. Ahora, ellos se han “independizado” y convertido en capitalistas plenos que -por la vía del derecho de propiedad y de herencia- podrán traspasar sus empresas a sus descendientes.
Ya en “La Revolución Traicionada”, León Trotsky señalaba que la necesidad de asegurar a sus hijos el goce de los privilegios alcanzados llevaba a los burócratas a buscar apoyo en el derecho de propiedad (restauración).
L.O.
Una hiperinflación intencionada
La liberación de los precios desató una brutal hiperinflación en todo el territorio de la ex-URSS. Los precios de los productos de primera necesidad se multiplicaron hasta treinta veces y la canasta alimentaria de emergencia pasó a costar 1600 rublos, el equivalente a cuatro salarios medios.
Un arma contra las masas
La hiperinflación es el camino elegido por la burocracia para apropiarse violentamente de los recursos del país y, sobre todo, para derrotar a las masas. Por eso fue concientemente preparada por medio de una “emisión sin control para satisfacer las demandas de las repúblicas, de los gerentes de empresas y otros”, luego del fracasado golpe de agosto. En estas declaraciones al Washington Post, (14/1) el presidente del Banco Central ruso, Georgi Matyukhin, agrega que “el descalabro del valor del rublo en el mercado libre permitirá que toda nuestra república sea comprada por un dólar” (ídem).
También se “capitalizarán” (¡y cómo¡) los gerentes de las empresas que “habiéndose apoderado de las propiedades estatales quieren ver tos precios liberados” (Wall Street Journal, 10/12). Esta es la base social de la híper.
La hiperinflación servirá también para la completa licuación de los depósitos bancarios, estimados en más de 600.000 millones de rublos. En un país donde el trabajador no puede “ahorrar en bienes” (comprando o construyendo su vivienda por ejemplo), esto equivale a la expropiación de los ahorros de toda su vida.
El FMI exigió precisamente la libre flotación (devaluación) del rublo para apoyar a Yeltsin (WSJ, 20/12).
Esta hiperinflación, perfectamente planificada, constituye un régimen de guerra civil y de terrorismo económico contra las masas, un arma política de la burocracia contra los trabajadores, para desmoralizarlos y atomizarlos, y reducir a sus organizaciones a la impotencia.
Contradicciones
La hiperinflación ha agudizado también los choques entre las repúblicas de la ex-URSS, que se niegan a recibir los rublos desvalorizados emitidos por Yeltsin a cambio de sus producciones, y ha puesto al desnudo su completa falta de independencia nacional. Ucrania está levantando barreras aduaneras; Rusia respondió prohibiendo la exportación de decenas de productos a Ucrania. Como las repúblicas, también las granjas y las empresas estatales se niegan a recibir rublos. La reforma agudiza la ya catastrófica dislocación del aparato productivo.
David Roche -director en Londres del banco Morgan Stanley y un especialista en la URSS- “prevé que la reforma no va a funcionar porque no conseguirá impedir el colapso de la moneda” (Gazeta Mercantil, 28/12). Jude Wanninski -presidente de la Polyconomics, una consultora norteamericana- reveló que Yegor Gaidar, yice-premier ruso y ministro de finanzas confesó que “sólo espera que la caída del rublo se detenga por sí misma en algún momento... aunque no sabe cómo eso podría ocurrir” (WSJ, 20/12). Gaidar retrata las limitaciones insalvables de las “reformas de mercado" yeltsinianas: la estabilización del rublo sólo sería posible frenando la emisión y la fuga de divisas e imponiendo el control obrero de la producción, es decir, expropiando a la burocracia.
Pero la limitación fundamental del plan yeltsiniano no es económica sino política y es que debe derrotar a las masas que se resisten a morir literalmente de hambre. La debilidad del régimen yeltsiniano a este respecto es manifiesta. Frente a las primeras manifestaciones populares, las autoridades locales ordenaron la reducción de los precios de algunos productos esenciales. “Las reducciones podrían ser la señal de que el gobierno no tendrá fuerza para mantener los aumentos si el pueblo se rebela” (La Repubblica, 8/1).

