03/10/1998 | 599

El centro de la crisis

No es cierto que la caída extraordinaria de Wall Street de la semana pasada haya sido el resultado del impacto de la crisis internacional sobre las empresas norteamericanas; lo cierto es lo contrario: el derrumbe internacional es la consecuencia de la crisis norteamericana.


Desde que Tailandia comenzó a ser acosada por los especuladores internacionales, en abril del año pasado, la causa inmediata de la crisis ya era la sobrevaluación del dólar y de la Bolsa norteamericana. Las monedas atadas al dólar no podían aguantar esta sobrevaluación que les impedía exportar, que provocaba aumento de importaciones y que les ocasionaba déficit comercial. Pero el estímulo artificial de la Bolsa norteamericana, gracias a la sobrevaluación del dólar, permitía también un estímulo artificial del consumo en los Estados Unidos, que hacía decir a muchos que su economía había encontrado el paraíso en la Tierra.


Si el año pasado, el gobierno norteamericano hubiera bajado las tasas de interés y permitido una devaluación del dólar, la crisis habría ocurrido de otro modo, aunque habría sido a partir de los Estados Unidos. Ninguna de las monedas que se devaluaron lo habría necesitado, aunque con seguridad el comercio mundial habría caído por otra vía al restringirse las exportaciones a Estados Unidos. De todos modos, lo cierto es esto: cuando el dólar constituye el 60% de las reservas internacionales y cuando los bancos centrales tienen bonos del Tesoro norteamericano un 50% por encima de lo que tiene el banco central norteamericano, los desórdenes monetarios que se puedan producir en forma masiva en la economía internacional, reflejan antes que nada la crisis de la economía de la moneda patrón. La dominación internacional del dólar permitió a sus capitales encontrar toda la plata que necesitaban para especular en otros mercados, obtener beneficios financieros extraordinarios, llevar la deuda nacional de otros países al paroxismo y concluir hundiendo a cada uno de ellos en la quiebra.


Las quiebras internacionales desde abril del ‘97 se han propagado hasta llegar a la raíz, o mejor a su foco infeccioso, los Estados Unidos. La artificialmente inflada Bolsa norteamericana se cae y con ella el consumo y la inversión; el producto interno norteamericano apenas crece un 1% anual y dentro de poco comenzará a caer. Las especulaciones internacionales permitidas por el dólar alto se van deshaciendo con la crisis y, como consecuencia de ello, los capitales financieros son los primeros en sufrir el impacto. Las devaluaciones en cadena y las caídas en las Bolsas y en los valores inmobiliarios, así como en el precio de las materias primas, están dejando a la economía mundial sin crédito y con menos dinero. En Asia, los grandes pulpos venden a menos del costo para hacerse de dinero, sin que les importe que esto signifique una liquidación de su capital. La tenencia de títulos del Tesoro norteamericano en poder de los bancos centrales de otros países ha caído un 10%, unos 60 mil millones de dólares, que fueron cambiados por dinero. La menor cantidad de dinero en circulación refleja que está en marcha un movimiento de deflación y depresión, donde el efectivo disponible es usado para saldar deudas. Por esta misma razón, los bancos centrales han estado vendiendo oro para pagar sus cuentas fiscales.


El reclamo en numerosos círculos para que la Reserva Federal norteamericana baje las tasas de interés e inyecte dinero en la economía, refleja que comienza a entenderse que Estados Unidos es el foco de la crisis, aunque el pedido resulte de un desesperado afán de rescate. Pero esa reducción no resolverá nada, porque lo que el proceso especulativo no dejó ver, y por sobre todo potenció, es una gigantesca crisis de sobreproducción mundial. Significativamente, las industrias más golpeadas por esta sobreproducción son las de alta tecnología, donde la demanda es potencialmente la mayor. Pero la búsqueda de mayores beneficios, la mayor explotación de la fuerza de trabajo y el esfuerzo por desplazar a la competencia produjeron una acumulación de capital que ha entrado en contradicción con las condiciones creadas por ella misma: insuficiente consumo personal, quiebras de las industrias rivales, acumulación enorme de deudas en el plano financiero.


Lo más importante de todo es que el capitalismo no ha sido capaz de proceder a una colonización cabal y completa de los ex Estados obreros, en especial de Rusia; peor aún, en esta vía de colonización ha sufrido enormes pérdidas. La crisis mundial pasa a ser un problema político, esto porque los métodos de explotación y conquista financieros aplicados hasta aquí se encuentran irreversiblemente agotados.


En numerosos países, la privatización está dando paso a la nacionalización, la apertura a la economía dirigida, el endeudamiento al cese del pago de la deuda. La inflación financiera da paso a la deflación; la globalización da paso a los Tesoros nacionales y sus departamentos impositivos y monetarios, que es de donde debe salir la plata para rescatar a los capitales quebrados.


Las masas reaccionan con estupefacción y temor ante el impacto de la crisis y la falta de dirección política no las ha ayudado a prepararse para ella. Pero madurarán con su desarrollo. Para la vanguardia obrera internacional, la crisis significa una gran victoria ideológica, pues supo ver allí donde los demás señalaban la conversión del socialismo en una utopía (o sea en la crisis terminal de la URSS), una fase catastrófica de la imparable descomposición del capitalismo mundial.

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