12/11/2020

El desenlace de la guerra entre Armenia y Azerbaiyán

Con la firma de los presidentes de Rusia, Vladimir Putin, y Azerbaiyán, Ilham Aliyev, y del primer ministro armenio, Nikol Pashinián, se dio a conocer el último lunes una declaración de alto al fuego que pone fin al enfrentamiento armado entre los países caucásicos que comenzara a fines de septiembre y que dejó, de acuerdo a diversas fuentes, 5 mil fallecidos entre civiles y militares (Página 12, 11/11).

La disputa alrededor del control del enclave de Nagorno Karabaj, con mayoría de población armenia pero dentro de las fronteras reconocidas de Azerbaiyán, y los territorios adyacentes culminó, al menos con este armisticio, con una derrota de Armenia. Las regiones que circundan Nagorno Karabaj, bajo control de facto de Armenia desde la guerra que finalizó en 1994, deberán ser devueltas a los azeríes, incluyendo una fracción del propio territorio karabají.

El desenlace al que se ha arribado se fundamenta en la superioridad militar de los azeríes ya que, gracias a sus cuantiosas regalías petroleras, lograron hacerse con pertrechos militares de última tecnología con lo que inclinaron la balanza a su favor. Azerbaiyán venía ocupando una a una las regiones en disputa, lo que incluyó la toma de la ciudad de Shusha, la segunda en importancia dentro de Nagorno Karabaj, ubicada a solo 15 kilómetros de Stepanakert, la capital regional. Estos resultados en el terreno militar llevaron al gobierno armenio a aceptar las condiciones del cese al fuego.

Ambos países deberán retirar sus fuerzas armadas del teatro de operaciones, que quedará bajo el control de un “cuerpo de paz” ruso compuesto por 2 mil soldados y cientos de vehículos. La retirada de las fuerzas armenias del propio territorio karabají es otro revés significativo para el país cristiano. La reacción popular en Armenia contra este devenir de los acontecimientos no se hizo esperar. Ereván, la capital, se vio conmovida por miles de manifestantes que pedían la renuncia de Pashinián al que acusan de traidor. Las protestas incluyeron la toma del parlamento, de distintas oficinas gubernamentales y de la residencia del primer ministro. La crisis política parece escalar con las declaraciones del presidente armenio (se trata de un régimen parlamentario), Armén Sarkissián, indicando que él no fue consultado ni formó parte del acuerdo de paz alcanzado y sus condiciones.

Mientras que los miles de armenios en las calles expresaban su amargor ante lo que consideran un abandono por parte del resto del mundo en su enfrentamiento con los azeríes (fuertemente apoyados por Turquía), todo indica que la intervención política decidida, aunque tardía, de parte de Rusia apuntó a impedir que Azerbaiyán lograra tomar el conjunto del territorio en disputa, generando un escenario aun más dificultoso para Armenia. El compás de espera dispuesto por Putin, a pesar de ser el principal aliado histórico de Armenia, se debería no solo a que los azeríes también son importantes socios comerciales sino que apuntaba a desgastar al gobierno armenio generando una mayor dependencia de ese país respecto de Rusia. La causa de este accionar por parte del mandamás ruso residiría en que Pashinián llegó al poder luego de fuertes movimientos de protesta que echaron al ex primer ministro Serzh Sargsián quien mantenía a Armenia fuertemente dentro de la órbita de influencia rusa.

El tablero geopolítico regional se verá fuertemente modificado con el saldo del conflicto, no solo porque Rusia mantiene una fuerte influencia (en una de las zonas con mayores reservas de combustibles fósiles del mundo), lo que incluye contar con una fuerza de ocupación militar, sino porque también se ve relativamente fortalecida Turquía. Esto último debido a que su aliado Azerbaiyán se impuso en el conflicto, aunque el rol de Turquía no alcanzaría las expectativas de Erdogan ya que el presidente turco no logró desplazar a Putin como principal árbitro en el Cáucaso. Que todo este enfrentamiento se haya desenvuelto sin que Estados Unidos logre terciar o profundizar su influencia es una expresión más del debilitamiento que el imperialismo yanqui sufre como consecuencia de la profunda crisis económica mundial que lo tiene como a uno de sus principales focos.

Si bien la rabia desplegada en Ereván contrasta con el júbilo manifestado en las calles de Bakú, la capital azerí, los trabajadores y explotados de la región no tienen nada que festejar. La guerra ha sido expresión de odios nacionalistas y religiosos exacerbados por las clases dominantes de cada país y un escenario de disputa entre las potencias regionales. El conflicto ha sido usado además por los gobiernos y las burguesías para encubrir las penurias que sufren los explotados de ambos países. Ninguno de los dos campos en disputa jugaba un rol progresivo.

Los trabajadores deben apartarse del chauvinismo para enfocar sus energías contra sus opresores nativos y extranjeros, en la senda de una federación socialista del Cáucaso que barra con la opresión de clases, los odios sectarios y nacionales.

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