Internacionales
1/6/2026
El espejismo de la inteligencia artificial: más explotación del trabajo humano
Sobre una aclaración del CEO de Nvidia, Jensen Huang.
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Lo que la máquina de vapor fue para el siglo XIX, el modelo de lenguaje lo es para el XXI.
El CEO de Nvidia, Jensen Huang, salió a contrarrestar un discurso muy extendido por los CEOs de las empresas tecnológicas: la inteligencia artificial no va a reemplazar a las personas, sino que aquellos que no sepan usarla en determinados trabajos. Esa corrección, aparentemente técnica, es el mejor punto de partida para entender el verdadero lugar de la IA en el capitalismo contemporáneo: incrementar la explotación del trabajo humano.
El estado actual de la inteligencia artificial, y en particular de los grandes modelos de lenguaje, es el de una tecnología poderosa pero profundamente malinterpretada. Tras décadas de acumulación de datos, aumento exponencial de la capacidad computacional y refinamiento de arquitecturas estadísticas (desde los Transformers hasta los recientes sistemas con memoria dinámica), estos modelos siguen siendo, en su esencia, predictores reactivos. No hay en ellos conciencia, iniciativa genuina ni comprensión causal: solo una función matemática que, a partir de una entrada (el prompt) y un historial, produce una salida más o menos plausible.
El proceso de desarrollo marcado por la carrera de unos pocos gigantes tecnológicos, con Nvidia como proveedor central de la infraestructura, ha llevado a una conclusión que contradice el relato apocalíptico o milenarista: no se produce un reemplazo masivo del trabajo humano. La historia de la tecnología industrial, desde la máquina de vapor hasta la automatización robótica, muestra un patrón: las máquinas no eliminan el trabajo, sino que vuelven más monótonos y descalificados ciertos oficios mientras multiplica su productividad. El telar mecánico no abolió el trabajo del tejedor, solo abolió al artesano independiente y creó al obrero de fábrica. La máquina de vapor desplazó a la energía animal pero no la fuerza de trabajo humana, hizo superfluos a los estableros mientras potenció la labor del maquinista.
Del mismo modo, los modelos de lenguaje no reemplazan el trabajo del programador, del redactor o del analista. Están haciendo más mecánicas y desvalorizadas las tareas de esas profesiones —escribir código estándar, redactar informes rutinarios, resumir documentos. La productividad depende de la habilidad para orquestar el modelo: escribir los prompts adecuados, interpretar sus salidas, integrarlas en un flujo de trabajo humano. El capital se apropia de los resultados.
La "revolución de las IAs", que los grandes popes de Silicon Valley (Altman, Nadella, Amodei, y el propio Huang) venden como un parteaguas histórico, se limita a un cambio cuantitativo: un aumento de la tasa de explotación. ¿Cómo? Por ejemplo, un trabajador que utiliza un modelo de lenguaje podrá producir en una hora lo que antes le tomaba diez, o en una jornada lo que antes producían diez trabajadores. Su salario no se multiplica por diez. La plusvalía que se obtiene intensificando la productividad del trabajo mediante innovaciones técnicas crece aceleradamente. El capital extrae más valor del mismo tiempo de trabajo humano.
La cuestión es que, aunque mejore la productividad individual, los límites del modo de producción capitalista persisten: siguen existiendo crisis de sobreproducción, que expresa la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales. La crisis capitalista solo se resolverá con una superación de la relación salarial mediante la abolición de la propiedad privada de los medios de producción.
No hay, por tanto, una superación de los límites del capital. Hay, en cambio, una profundización de su lógica más íntima: extraer la mayor cantidad de trabajo excedente. Lo que la máquina de vapor fue para el siglo XIX, el modelo de lenguaje lo es para el XXI: no un reemplazo del trabajo humano, sino una palanca para descalificar al trabajador común y concentrar aún más el poder de los pocos que controlan los medios de producción. El anuncio de Huang es la constatación, desde el centro mismo del capital, de que la verdadera revolución sigue estando del lado de quienes cuestionen esa propiedad, que pueden liberar al trabajo de la explotación.






