07/11/1998 | 607

El Huracán «Mitch» derriba la estructura social en Centroamérica

El huracán «Mitch» destruyó América Central. En apenas una semana, dejó más de 30.000 muertos y desaparecidos en Honduras, Nicaragua, El Salvador, Guatemala y Panamá, los países más pobres del continente. Millones de personas han perdido sus miserables viviendas. Se han perdido los recursos alimenticios. Casi 300 puentes, miles de kilómetros de ruta y un gran número de centrales eléctricas han sido destruidos. El presidente de Honduras declaró que «el país retrocedió 50 años en su infraestructura productiva».


Los sobrevivientes se encuentran en una situación desesperante. Deshidratados, famélicos, heridos y en harapos. En algunos casos se hacinan en gigantescas villas miseria que han crecido donde antes había pueblos y ciudades. En otros, se encuentran aislados, en medio de los montes selváticos, sin agua potable ni alimentos. Según La Nación (8/11), las reservas estatales de víveres y medicamentos se han agotado. Mientras sobran aviones y helicópteros norteamericanos para espiar el continente, faltan para rescatar a miles de pobladores aislados.


La quiebra de la débil infraestructura sanitaria está provocando brotes epidémicos de dengue, fiebra amarilla, paludismo, hepatitis, cólera, malaria, tifus y conjuntivitis. La miseria histórica de los pueblos centroamericanos y la desnutrición crónica de sus campesinos e indígenas los convierte en presa fácil de las epidemias. Todo esto ha llevado a los especialistas a pronosticar que el número de muertos será todavía muy superior.


Una catástrofe social


Habitualmente, el Caribe es azotado por los huracanes, pero la virulencia que éstos han adquirido en los últimos tiempos es inseparable de la devastación capitalista de los recursos naturales y del medio ambiente. El calentamiento global –provocado por el uso indiscriminado de petróleo y carbón– ha elevado la temperatura de las aguas, ampliando las áreas donde se forman los huracanes. Al mismo tiempo, la deforestación –para la explotación de la madera o, simplemente, para despejar las tierras para otros usos ‘productivos’– ha alterado el ciclo del agua, haciendo más violentas las lluvias y más devastadoras las inundaciones.


El brutal problema de la vivienda ha agravado enormemente la catástrofe, porque ante el acaparamiento de los terrenos y de la urbanización por parte de los grandes especuladores inmobiliarios, la masa del pueblo ha debido construir sus hogares en las laderas de las montañas, convirtiéndose, de este modo, en la trágica presa de los desprendimientos aluvionales que causan los fenómenos meteorológicos.


¿Semejante catástrofe no se podía prevenir? Por supuesto que sí. «El director de la Unesco, Federico Mayor Zaragoza, criticó la ‘falta de decisión política para afrontar con medios científicos actuales este huracán’ …» (Clarín, 6/11). Es decir que los medios científicos y técnicos para prevenir la catástrofe, para poner sobre aviso a los pueblos y evitar la pérdida de miles de vidas, están al alcance de la mano… pero monopolizados por un pequeño puñado de grandes pulpos capitalistas y potencias imperialistas.


La angurria capitalista por el beneficio está agravando todavía más la catástrofe. El pulpo Chiquita Brand, la subsidiaria hondureña de una empresa norteamericana, por ejemplo, acaba de despedir a todos los trabajadores de sus plantaciones (La Nación, 8/11) porque las cosechas se han perdido. Lo mismo están haciendo en masa las ‘maquiladoras’ del norte guatemalteco. Sobre el pueblo centroamericano pende la amenaza de una desocupación que alcance prácticamente a toda la población. Al mismo tiempo, las organizaciones de socorro denuncian que grupos capitalistas están acaparando alimentos, medicinas, combustible y agua potable, que son vendidos a precios de mercado negro.


Tímidamente, los gobiernos de Honduras y Nicaragua han pedido la ‘condonación de la deuda externa’, pero esto se da de hecho, porque, arruinadas sus cosechas, estos países han quedado en completa cesación de pagos por muchos años. No es casual que muchos grandes capitalistas y sus gobiernos coincidan con ese pedido, porque la intención es desviar el dinero que llegue para la reconstrucción de los países al subsidio de los monopolios agro-exportadores afectados y a los pulpos constructores que se encargarán de restablecer la infraestructura básica. El FMI y el Banco Mundial han salido a ofrecerles a los países centroamericanos millonarios ‘paquetes de ayuda financiera’… que servirán para engrosar sus ya impagables deudas externas. La miserable ‘ayuda’ que han votado los Estados Unidos (2 millones de dólares) y la Unión Europea (8 millones) pone en evidencia que la reconstrucción deberá ser pagada por los propios pueblos. Habría que ir más lejos, por lo tanto, de la condonación de la deuda externa, o sea que es necesario nacionalizar los recursos financieros y ponerlos bajo control de los trabajadores.


En estas condiciones, la más elemental medida sanitaria es la expropiación de los pulpos que despidan o acaparen, el desconocimiento de la deuda externa y el control obrero de la reconstrucción de los países centroamericanos. El cuadro de inmensa catástrofe que hoy golpea a los pueblos de América Central cuestiona a todo el régimen social capitalista.

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