08/09/1994 | 427

El Mercado declara sobrantes a miles de millones de seres humanos

El 5 de setiembre comenzó en El Cairo la “Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo” organizada por la ONU, con el objetivo de “estabilizar el crecimiento poblacional”.


La ONU estima que la población del planeta puede alcanzar los 12.000 millones en el 2050, más del doble de la población actual; el 90% de ese crecimiento se producirá en los “países del Tercer Mundo”.


La esencia del planteo de la Conferencia es que “el aumento de la población provoca un aumento de la pobreza”,  según lo dice textualmente su “documento guía”. Esto significa que los principales estados e instituciones del capitalismo pretenden superar las consecuencias que se derivan de su sistema de explotación atacando el derecho a la existencia humana. Desde el punto de vista ideológico equivale a admitir, en última instancia, el genocidio, las ventajas de las guerras y la necesidad del fascismo.


El imperialismo plantea la cuestión poblacional cuando en los últimos treinta años la producción de alimentos ha duplicado el crecimiento del número de habitantes, y cuando todos sus teóricos se jactan de la creciente “productividad” de la tecnología. Pero precisamente porque el mercado pone limitaciones económicas y sociales insalvables a la explosión productiva (el consumo de las masas no puede absorber todo este potencial), la burguesía necesita abandonar la “regulación espontánea” del mercado para resolver su impasse como régimen social. Si la desocupación masiva, el hambre y las guerras no consiguen regular el “excedente” humano, los capitalistas proponen que ello lo haga la intervención del Estado. El excedente de capital y de mercancías se manifiesta, capitalistamente, en un excedente de personas, que deben ser potencial o efectivamente eliminadas. Es lo que ocurre cotidianamente con la masiva expulsión de “inmigrantes” en Europa y los Estados Unidos o el sistemático asesinato de niños en el Brasil o, directamente, las masacres más espantosas, como la de Ruanda o Somalia. Hasta el propio Clarín (27/8) llega a afirmar que “aun cuando la tasa de natalidad se redujera a cero hoy mismo, el problema de la depredación que se asocia con la pobreza no desaparecería”.


La política del imperialismo


Esto explica que el imperialismo promueva una política mundial de promoción del aborto, incluida la esterilización masiva de hombres y mujeres.


El Banco Mundial, la Fundación Rockefeller y la Agencia Internacional para el Desarrollo (una agencia directamente dependiente de la Casa Blanca) financiarán programas anticonceptivos y de esterilización “en el Tercer Mundo”. En el futuro, la ONU subordinará la “ayuda” a las “naciones en vías de desarrollo” a la existencia de programas de “control de la natalidad”, es decir, a la existencia de una práctica masiva de esterilización de las mujeres, que ya se viene aplicando clandestinamente —según numerosas denuncias— desde la década del ´70 en poblaciones enteras del Amazonas, la India, Bangla Desh y los Andes.


De la mano de la política esterilizadora, se promueve la regimentación estatal del número de hijos que podría tener cada pareja. Está claro que semejante “control de la natalidad” sólo puede ser ejercido por un estado totalitario; no es casual que todos los informes sobre China concuerden en que la “solicitud de autorización” para casarse y tener hijos constituya una de las “atribuciones” burocráticas más odiadas por los campesinos chinos.


El imperialismo promueve la amputación física y moral de millones de mujeres y la intervención totalitaria del Estado en la vida de las personas: el ataque a la maternidad deseada constituye una nueva vuelta de tuerca en la opresión sobre la mujer.


La Iglesia


Según el vocero porteño más autorizado de la Curia (La Nación, 27/6), “la Iglesia Católica se encuentra en estos días en un verdadero estado de movilización, por no decir en pie de lucha” contra la política fijada en el documento preparatorio de la Conferencia de El Cairo.


Día tras día, el Papa y sus obispos se pronuncian contra el aborto, los métodos anticonceptivos y el “colonialismo demográfico” de las “naciones industrializadas”. La andanada de declaraciones vaticanas, sin embargo, no es más que pirotecnia verbal.


Nada menos que la Academia Pontificia de las Ciencias acaba de pronunciarse exactamente en los mismos términos que los “colonialistas demográficos”. La Academia de marras —dice La Nación (18/7)— “ha subrayado la imperiosa necesidad de que el mundo adopte alguna estrategia para frenar el crecimiento demográfico”” (diferenciados de PO). No se trata, ciertamente, de un pronunciamiento apresurado, ya que “la academia ha estado estudiando el tema de la relación entre población y recursos desde 1991”. La academia papal va tan lejos en la política antinatalista como para señalar que “el índice de natalidad razonable para garantizar un proceso de reemplazo generacional que no desemboque en aumentos explosivos de la tasa demográfica debería situarse, aproximadamente, en dos hijos por pareja” (diferenciado en el original) … Es decir que, como Clinton, el Vaticano también aboga abiertamente por la imposición de una limitación estatal en la decisión de las mujeres y las parejas a tener hijos.


El informe de la Academia Pontificia de las Ciencias recibió un apoyo indirecto del propio papa Wojtila, quien acaba de declarar que “la Iglesia no defiende la procreación irresponsable”; por el contrario, “mediante los métodos naturales de control de la natalidad (la abstención de relaciones sexuales durante el período de ovulación de la mujer) la opción de no tener hijos es válida” (O Estado de Sao Paulo, 18/7).  La aceptación por parte de Wojtila del “sexo sin reproducción” , revela la convergencia del Vaticano con la “estrategia para frenar el crecimiento demográfico”  promovida por el imperialismo.


Lo único que pretende el Vaticano es que la Conferencia de El Cairo prohíba el derecho al aborto, es decir, el derecho democrático que defienden los movimientos feministas de todo el mundo. Para esto, el Vaticano se ha  aliado con los llamados fundamentalistas islámicos: sin ser desmentidas por la “Santa Sede”, las cancillerías de Libia e Irán informaron haber recibido “enviados secretos del Vaticano” que viajaron para obtener el apoyo de Khadafy y los ayatollahs para su “causa” (The Washington Post, 22/8). La reacción clerical y oscurantista ha formado un frente único, no importa la religión que invoque.


La libertad de la mujer sólo es tal si goza, en primer lugar, del derecho a la maternidad deseada, lo que significa acabar con la explotación y la pobreza, que son dos obstáculos que se oponen a esta realización auténticamente humana. El derecho al aborto es precisamente un derecho defensivo de la mujer individual, en las condiciones de una sociedad que le niega la plenitud del derecho a la maternidad.  En definitiva, entre la reacción “democrática” del imperialismo y la reacción ultramontana de los “ayatollahs” católicos y musulmanes, se pretende someter a la mujer y al ser humano en general  a una política que, de un lado, niega la libertad, y del otro, prescribe la mutilación.

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