28/07/1998 | 594

El rescate del FMI no saca a Rusia de su agujero negro

Fue necesaria una operación política combinada entre Estados Unidos, Japón y Alemania para que el FMI accediera a firmar un acuerdo con el gobierno ruso y ofrecerle 22.500 millones de dólares para rescatarlo de la quiebra. En un amplio informe divulgado por The New York Times se admite que Clinton se movilizó de urgencia en socorro de las finanzas rusas cuando tuvo la certeza de que una devaluación del rublo desencadenaría la caída de Yeltsin.


Bien mirado, el paquete de rescate es un puro artificio, pues reposa en el aumento de los impuestos al consumo y en la posibilidad de que el gobierno pueda hacer pagar los impuestos a las empresas. Pero ocurre que los consumidores no tienen dinero porque no cobran su salario, lo que ha determinada un amplio recurso al trueque; por las mismas razones y porque el Estado no tiene los medios ni la voluntad de enfrentar la evasión impositiva, el cobro que se le exige que haga no tiene futuro. Los precios de los productos de exportación de Rusia están cayendo, lo cual es un factor adicional para agravar la crisis fiscal. No importa para el caso el hecho de que el parlamento controlado por el partido comunista, haya votado favorablemente la mayor parte de las medidas exigidas por el Fondo. Apenas se firmó el acuerdo, los siete principales pulpos petroleros y gasíferos, controlados por la mafia rusa, coincidieron en declarar que no estaban en condiciones ni dispuestos a aceptar las nuevas medidas.


Como la necesidad obliga, los medios financieros internacionales anticiparon, sin embargo, la inminente recuperación económica de Rusia. El diario The Wall Street Journal destacó en un editorial la coincidencia del monto del rescate con lo que Rusia le debe, a corto plazo, a los bancos extranjeros, o sea que los contribuyentes de los países acreedores estaban poniendo la plata para rescatar a sus bancos de la debacle rusa. Pero a dos semanas de que entrara en vigencia el acuerdo, la Bolsa de Moscú ha vuelto a caer en picada y los intereses de los bonos rusos se han ido de nuevo a la estratósfera. El gobierno de Yeltsin va camino de gastarse la plata del FMI de un tirón.


Es esta malversación la que probablemente desee apurar el FMI, ya que el crecimiento del déficit fiscal sirve para acentuar la necesidad de producir una mayor privatización económica. Se anuncia la venta de un 30% de las acciones de Gazprom, el mayor pulpo mundial de gas, y de alrededor de unas veinte mil empresas industriales. La reestructuración que acompañaría a una privatización de este tipo, dejaría en la calle a unos veinte millones de trabajadores. El precio real de la restauración del capitalismo deberá ser todavía más alto que eso. Pero incluso esta salida está llena de dificultades, debido a que la crisis ha reducido en un 70% el valor accionario o bursátil de esas empresas. De manera que incluso la privatización masiva no alcanzaría para cubrir el hambre fiscal del Estado.


Un aspecto extremadamente importante del acuerdo con el FMI, es la posibilidad de que el gobierno ruso vaya cambiando su deuda a corto plazo en rublos, de 40.000 millones de dólares, que estaba pagando intereses del 80% anual, por deudas a largo plazo (de cinco a veinte años) en dólares, a medida que la primera fuera venciendo. A pesar del escepticismo que rodeó a la operación, la mayor parte del primer rescate, unos 6000 millones de dólares que vencía en julio, fueron canjeados a una tasa del 15% anual en dólares, o sea casi tres veces más que la tasa internacional. El negociado no podía ser más completo, pues los acreedores lograban evitar que una devaluación del rublo licuara su capital y que éste fuera convertido en su totalidad en dólares, con los estratosféricos intereses incluídos. Es como si los intereses del 80 al 140% anual que estuvo pagando Rusia se hubieran contratado directamente en dólares. A cambio de alargar los plazos de la deuda, Rusia autorizó otra confiscación descomunal de su economía.


Para que la operación pudiera ser declarada exitosa, era necesario esperar, sin embargo, hasta octubre y noviembre, fecha de vencimiento del resto de la deuda en rublos. Pero en el entretiempo el Estado ruso seguía obligado a financiar su déficit mediante la colocación de nueva deuda interna en rublos, que sólo podía resultar atractiva para los inversores si se mantenían las altas tasas de interés. Claro que en tal caso todo el operativo de refinanciamiento de la deuda en rublos a corto plazo por otra en dólares a largo plazo, no servía para nada, ya que no aliviaba el endeudamiento usurario del Estado. En suma, la única solución habría sido, en realidad, realizar una refinanciacion compulsiva, sin reconocimiento de los altos intereses pactados, y a partir de ahí tratar de sobrevivir con un régimen de caja, o sea que sólo se gastaría lo que entrara. De haberse actuado de esta manera, la economía se habría secado de efectivo y habría obligado al país a reestructurarse sobre bases diferentes a las de la actual restauración capitalista.


Para agravar las cosas había otro hecho más, que sólo fue recogido, al menos dentro del país, por Prensa Obrera. Ese hecho es que aunque la deuda en rublos a corto plazo fuera de 40.000 millones de dólares, había otra deuda, tambien a corto plazo, que consistía en seguros o garantías de que no habría devaluación de moneda y cuya valuación dependía de la cotización de la deuda pública mencionada. Esa otra deuda derivada involucraba transacciones por 355.000 millones de dólares; en esta deuda el Estado no interviene, se transa entre pulpos capitalistas privados y no puede ser objeto del mismo tipo de refinanciamiento que el acordado con el FMI. Una estabilización financiera de Rusia haría caer las tasas de interés de su deuda en rublos y, por lo tanto, aumentaria el valor de sus bonos, lo que afectaría brutalmente a los negociadores de esa deuda derivada, que fue pactada en otras condiciones.


En síntesis, Rusia no ha dejado atrás su tormenta financiera sino que se encuentra en el ojo de ella. Su vulnerabilidad se ve más agravada aún a partir de la acentuación de la crisis japonesa y las caídas en la Bolsa de Nueva York. Al mismo tiempo crece la movilización popular y se extiende la crisis política, esto debido al acentuamiento del secesionismo de varias regiones. Mineros, ferroviarios, personal de salud y científico, obreros portuarios, están encarando diversas medidas de lucha que siguen dejando abierta la posibilidad de una huelga general. Yeltsin ha mostrado el camino que le queda al consagrarse a los despojos falsos del ex zar Nicolás, es decir encomendándose al cielo.

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