Internacionales

30/10/2026

Elecciones en Israel: sionismo dividido, bloqueos políticos y presión de Trump por Irán

Netanyahu perdió bancas pero seguirá maniobrando sin mayoría propia. Tras 3 años de ofensiva genocida, votación histórica en localidades palestinas del ’48 y crisis del régimen.

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Integrante de Judíes x Palestina

Las elecciones se realizaron el martes 27

Con más del 97% de los votos escrutados, los resultados de las elecciones legislativas del martes 27 de octubre en Israel muestran un escenario de parálisis institucional, virtual imposibilidad de formar una mayoría de gobierno y un callejón sin salida para todas las fuerzas políticas. Contra los pronósticos de las encuestadoras y los boca de urna televisivas (que habían desatado un festejo prematuro y rápidamente silenciado en el búnker opositor de Tel Aviv), Benjamín Netanyahu logró una mejor elección de lo esperado. Sin embargo, pierde bancas entre acusaciones por el 7 de octubre, el empantanamiento en tres años de ofensiva genocida en Gaza y escándalos de corrupción muy fuerte. Más de 70 mil personas que viven fuera de Israel viajaron especialmente para repudiar a Netanyahu con su voto.

El Likud conquistó solo 27 escaños y su bloque de derecha religiosa y fascista retiene cerca del 44% del parlamento (53 bancas en total), aunque sin alcanzar los 61 diputados necesarios (sobre 120) para formar gobierno propio. Del otro lado, el autodenominado "bloque del cambio", encabezado por el exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot (Yashar) junto a figuras de la derecha tradicional y liberal como Naftali Bennett, Yair Lapid, Avigdor Lieberman y el general "centroizquierdista" Yair Golan, no solo no reúne una mayoría propia, sino que solo junta 48 bancas y aparece como decepción para muchos.

La elección normaliza el desastre nacional y deja como primer saldo el debilitamiento del shekel frente al dólar ante la perspectiva de un país sin resolución política, sin definiciones presupuestarias y sumido en un clima de guerra permanente. La expectativa queda colocada en qué pasará con las elecciones en Estados Unidos y cuál será la política de Trump frente a esta crisis.

El protagonismo árabe-palestino 

El dato político más disruptivo de la jornada fue la masiva participación de los ciudadanos palestinos de Israel (sobrevivientes y descendientes de la Nakba en los territorios ocupados en 1948, que representan el 20% de la población). Tras superar los intentos de proscripción del Comité Electoral impulsados por el Likud y el fascista Itamar Ben-Gvir (con la complicidad de Lieberman y de Golan, que avalaron el veto contra el dirigente de Balad, Sami Abu Shehadeh), la comunidad palestina acudió en masa a las urnas.

Las dos listas que se presentaron, la Lista Conjunta (Hadash, Ta'al y Balad) y la Lista Árabe Unida (Ra'am, de Mansour Abbas), conquistaron un total de 19 bancas, y aunque son presentados así por la óptica racista sionista, no son un bloque ni tienen una política común. La Lista Conjunta gana 11 bancas y Ra´am 8 bancas, siendo estos últimos los que ofrecen votar a un gobierno del bloque opositor. Sin miedo al ridículo, Netanyahu acusó a los partidos palestinos de hacer fraude y “robarse la elección”.

Como relató en Haaretz (28/10) la periodista palestina Nagham Zbeedat, quien rompió su histórico boicot para ir a votar en Sajnín, la participación masiva no expresó ninguna ilusión en la "democracia" israelí, sino el intento desesperado de frenar a la ultraderecha, defenderse de la violencia criminal en sus barrios y evitar que su abstención fuera utilizada para culparlos de su propia exclusión. Para muchas personas palestinas, la participación electoral apareció como una vía para intentar sacarse de encima a Ben Gvir, que controla a la policía y el servicio penitenciario que tortura a los presos políticos.

Sin embargo, este salto en el protagonismo parlamentario chocó en el acto con el racismo estructural sionista. Apenas conocidos los primeros números, Eisenkot anunció que haría todo lo posible para formar un gobierno "sionista y favorable al reclutamiento en el ejército", descartando cualquier alianza con los representantes de la población nativa. Como había anticipado el militante antisionista Yoav Haifawi (integrante de Abnaa el-Balad) en Revista EDM: "Cautivos de su rechazo racista a cualquier participación árabe en el poder, ni Netanyahu ni Eisenkot tienen probabilidades de reunir suficientes votos judíos 'kosher' para formar gobierno". La votación palestina formó un "bloque de bloqueo", pero en la etnocracia judía sus votos se cuentan sin que su presencia sea aceptada.

Los escenarios abiertos: todos los caminos conducen a la crisis

Con un 20% de la población compuesta por sectores palestinos y otro 20% de judíos ultraortodoxos (jaredíes), la negativa de la oposición a romper el tabú racista de apoyarse en los partidos “árabes”, sumada a su promesa electoral de imponer el reclutamiento militar obligatorio a los ultraortodoxos (socios de Netanyahu) deja a Eisenkot con todas malas opciones. Netanyahu conservaría así la iniciativa desde el sillón de primer ministro interino. Los analistas israelíes sintetizan varios escenarios posibles, todos plagados de contradicciones. 

Una variante sería que Netanyahu logre quebrar a algún sector de la oposición (como Bennett o diputados individuales) para alcanzar los 61 escaños. Otra sería una búsqueda de reclutamiento de los ultraortodoxos por Eisenkot, que la oposición intente comprar a los partidos religiosos (Shas y Judaísmo Unido de la Torá), bajando su bandera principal del servicio militar igualitario para sumar tropas que sostengan la ocupación en Cisjordania y Gaza. Hoy parece inviable por la fidelidad de este bloque a Netanyahu.

Un gobierno de minoría débil, la apuesta teórica de Eisenkot, tendría que remover obstáculos muy pesados. Requeriría que tanto la Lista Conjunta como Ra'am voten a favor, sin recibir nada a cambio, además de obligar al derechista Lieberman y a Bennett a romper su juramento explícito de jamás aceptar un gobierno apoyado en bancas árabes. Incluso si naciera, sería un gobierno débil, sin 61 votos propios, atado a negociaciones con los representantes palestinos, a merced de la maquinaria mediática fascista del Likud.

La hipótesis por la que se pronunció el presidente Herzog, y que muy bien podría ser la orientación de Washington luego del 3 de noviembre, es un gobierno de "unidad nacional" sionista. Una gran coalición entre el Likud y el bloque de Eisenkot (sumando posiblemente a Bennett y Lieberman, pero dejando afuera a los fascistas de Ben-Gvir y Smotrich o a la centroizquierda de Golan), reuniría una mayoría más sólida. Para Eisenkot sería una capitulación total, quedando a tiro de que Netanyahu disuelva el gobierno cuando le convenga y le niegue cualquier rotación en el cargo. 

El escenario hacia el que parecen llevar todos los bloqueos es el de nuevas elecciones en abril o mayo. Juega a favor de Netanyahu: le permite seguir gobernando de forma interina, apostar al desgaste y la menor participación electoral de los votantes palestinos en una segunda vuelta, anular el voto de los israelíes en el exterior (que difícilmente vuelvan a hacerlo en pocos meses) y recuperar el 5% de votos derechistas que se perdieron en partidos menores que no superaron el umbral electoral y que quizás no vuelvan a presentarse.

La presión de Trump y la guerra contra Irán como llave maestra

El desenlace no se define solo en los pasillos de la Knesset. Toda la dinámica política israelí está subordinada a las necesidades del imperialismo estadounidense, que interviene en dos frentes estratégicos de cara a sus propias elecciones de medio término del 3 de noviembre. Gaza e Irán.

Por un lado, la administración norteamericana necesita destrabar la segunda fase de su "plan de paz" colonial para Gaza, empantanado desde hace un año mientras el ejército israelí retiene el control del 70% de la Franja (la "Línea Amarilla"), prosigue el bloqueo genocida y continúa las masacres cotidianas. Por otro lado, y de manera determinante, Estados Unidos e Israel tienen listos los planes operativos (revelados por el New York Times) para lanzar una ofensiva militar "fulminante" contra Irán inmediatamente después de las legislativas yanquis para "terminar el trabajo" iniciado con el ataque de febrero pasado.

En la previa electoral, Donald Trump respaldó públicamente a Netanyahu advirtiendo que Israel quedaría solo frente a Teherán si el Likud perdía. Ahora, consumado el empate, las fuentes políticas señalan que Trump presionará fuertemente para forzar un "gobierno de unidad nacional" bajo una premisa estilo "tenemos una última oportunidad en Irán; después de eso, arreglen sus problemas entre ustedes". Una reactivación a gran escala de la ofensiva sobre Irán, o acuerdos regionales con Arabia Saudita, es la carta maestra que tanto Trump como Netanyahu pueden utilizar para imponer una emergencia nacional, alinear a los generales opositores detrás del gobierno interino y barrer con cualquier resistencia parlamentaria.

Contra todo el régimen sionista

El balance de las urnas confirma que el régimen en Israel está hundido en una crisis brutal. Durante toda la campaña, el "fantasma de Palestina" dominó la escena y el sionismo no logra armar una alternativa viable. 

Mientras, las bandas de colonos armados y el ejército aceleran la limpieza étnica en Cisjordania en plena cosecha del olivo, tanto Netanyahu como el general Eisenkot compitieron por derecha para ver quién aplasta con mayor brutalidad la resistencia en Gaza y quién garantiza mejor la supremacía judía "del río al mar".

Cualquiera sea la fórmula que emerja de este pantano parlamentario, el motor del genocidio, el robo de tierras y el apartheid seguirá intacto. La única salida real frente a la barbarie sionista e imperialista reside en la resistencia inquebrantable del pueblo palestino, en el levantamiento de las masas trabajadoras del mundo árabe contra sus burguesías cómplices y en redoblar la movilización internacional en las calles por una Palestina única, laica, democrática y socialista, del río al mar.

Estados Unidos a una semana de las elecciones legislativas
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