Internacionales
7/9/2026
Elecciones regionales alemanas: la ultraderecha ganó holgadamente las elecciones de Sajonia-Anhalt y disputa el poder
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Alternativa para Alemania (AfD, ultraderecha nacionalista) obtuvo en Sajonia-Anhalt el 43,8% de los votos. Duplicó el resultado de 2021, ganó en los 218 municipios del estado y conquistó 39 de los 83 escaños del Parlamento regional. Le faltaron apenas tres bancas para alcanzar la mayoría absoluta. La Unión Demócrata Cristiana (CDU, derecha democristiana), que había gobernado durante casi dos décadas, cayó del 37,1% al 17,2% y redujo su representación de 40 diputados a 15. El Partido Socialdemócrata (SPD, socialdemocracia) llegó al 9,3%; Los Verdes (ecologistas) rondaron el 8%; Die Linke (izquierda) retrocedió y pasó del 11 al 8,6 % de los sufragios y la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW, izquierda nacionalista) ingresó con el 5,3% y cinco diputados.
La participación rozó el 78%, la más alta desde la reunificación. AfD no avanzó porque una mayoría indiferente se quedó en su casa. Movilizó a ciudadanos que antes no votaban y arrancó electores a casi todos los partidos, en especial a la CDU. Las encuestas de Infratest dimap y Forschungsgruppe Wahlen, muestran la dimensión social del vuelco: el 42% de los votantes de AfD provenía de la abstención; el partido reunió el 59% de los votos obreros, el 57% entre las personas con menor nivel educativo y el 65% entre quienes califican de mala su situación económica. La inmigración ocupó el centro de la campaña. Pero nueve de cada diez electores de AfD también temen la suba de los precios y ocho de cada diez, la pérdida de su nivel de vida (El Pais, 6/9).
AfD ya había ganado las elecciones de Turingia en 2024, aunque los demás partidos le impidieron gobernar. Esa política recibió el nombre de “cordón sanitario”. Consiste en el compromiso de las restantes fuerzas parlamentarias de no formar coaliciones, no facilitar investiduras ni acordar gobiernos con la ultraderecha, aun cuando ésta resulte la fuerza más votada. En Alemania se lo denomina también Brandmauer, literalmente “muro cortafuegos”: una barrera destinada a impedir que AfD transforme sus votos en poder ejecutivo.
La barrera puede quebrarse ahora. BSW anunció que podría abstenerse en una tercera votación de investidura y permitir que Ulrich Siegmund gobierne con mayoría simple. Sería el primer jefe de gobierno regional de ultraderecha desde el restablecimiento de la democracia alemana. BSW surgió de una ruptura de Die Linke y combina reivindicaciones sociales, rechazo a la ayuda militar a Ucrania y una política restrictiva en materia migratoria. Su eventual entendimiento con AfD revelaría que el “cordón sanitario” descansa menos en principios inconmovibles que en cálculos parlamentarios sometidos a la presión electoral.
El ascenso de AfD se incubó en una crisis que desborda la cuestión migratoria. Alemania lleva años de estancamiento, retroceso industrial y energía cara. La ruptura de los vínculos energéticos con Rusia, la competencia de China y Estados Unidos y la guerra comercial golpearon el modelo exportador de la principal economía europea. La crisis de la industria automotriz resume ese agotamiento. En el Este se acumulan agravios adicionales: salarios y patrimonios inferiores, emigración de jóvenes y la sensación persistente de que la reunificación produjo ciudadanos de primera y de segunda. La prometida convergencia con el Oeste nunca llegó para una parte considerable de la población.
Friedrich Merz llegó a la Cancillería prometiendo reducir a la mitad el respaldo a AfD. El resultado fue el inverso. Su coalición con el SPD impulsa reformas impopulares en las pensiones y los impuestos mientras eleva el gasto militar. La CDU endureció su discurso sobre los inmigrantes para recuperar a los votantes conservadores. Terminó aceptando el terreno elegido por la ultraderecha. Cuando el deterioro de los salarios, la vivienda o la seguridad social es atribuido al refugiado, el elector inclinado a esa explicación suele preferir al original antes que a quien lo imita. El SPD tampoco ofrece una salida: gobierna con Merz y carga con la responsabilidad por el ajuste y el rearme.
AfD ha explotado el malestar social apuntando a transformarlo en resentimiento nacionalista. Señala al inmigrante, al refugiado y a Bruselas como culpables de una crisis producida por el capitalismo alemán y por las decisiones de sus gobiernos. Propone deportaciones, segregación educativa, ataques a la diversidad y recortes a los medios públicos. Al mismo tiempo, busca recomponer las relaciones con Rusia. Su demagogia “antisistema” encubre un programa de disciplinamiento social: descarga sobre los sectores más vulnerables la frustración provocada por la pérdida salarial, la precarización y el deterioro de los servicios públicos. “Su éxito presupone una base social formada por la desconfianza hacia las instituciones, el resentimiento frente a las élites del Oeste y la convicción de que los partidos tradicionales integran un mismo bloque de poder” (New York Times, 6/9)
Los resultados configuran una tendencia nacional, aunque Sajonia-Anhalt representa su expresión más aguda. AfD pasó del 12,6% en las elecciones federales de 2017 al 20,8% en 2025. Las encuestas de las últimas semanas la ubican cerca del 28%, por encima de la CDU-CSU (alianza de la CDU con la Unión Social Cristiana de Baviera), que oscila entre el 20% y el 21%. Tampoco permanece encerrada en el territorio de la antigua Alemania oriental: en marzo obtuvo el 18,8% en Baden-Württemberg, uno de los estados más ricos e industrializados del Oeste. Proyectar el 43,8% de Sajonia-Anhalt a todo el país, de todos modos, sería abusivo, aunque bajarle el precio al resultado sería una ligereza imperdonable.
Las elecciones de Mecklemburgo-Pomerania Occidental y Berlín pondrán a prueba la extensión del avance. Un gobierno encabezado por Siegmund permitiría a AfD administrar un estado, formar cuadros y presionar a la CDU para que abandone el aislamiento. Si los partidos tradicionales vuelven a cerrar el paso mediante una coalición común, AfD explotará esa asociación para presentarse como la única oposición. El cordón sanitario puede impedir por un tiempo que gobierne. Por sí mismo, no elimina las condiciones que multiplican sus votos. El dato políticamente más grave es el 59% alcanzado por AfD entre los obreros. La ultraderecha se está apropiando de una protesta que históricamente ha sido canalizada por la izquierda.
Otra de las variantes en juego es que este resultado colabore a destrabar la posibilidad de que la democracia cristiana (CDU) acepte un gobierno de coalición con AfD. Tanto la derechización de la CDU en temas claves, como inmigración y derechos sociales, como la desescalada de la AfD en torno a su cuestionamiento a la Unión Europea abren las puertas a este compromiso hacia el futuro. Así, podría ser la derecha tradicional europeísta, creadora del cortafuegos contra los resabios políticos del nazismo, quien en un mundo en guerra y crisis, comience a barajar su rehabilitación electoral. Sea como fuese, un eventual gobierno de AfD en Sajonia-Anhalt le permitirá colocar cuatro electores en el Bundesrat, la cámara parlamentaria nacional electa por las regiones (Land), y habilitará su participación en el poder ejecutivo federal de Alemania.
El resultado de Die Linke fue inferior a las expectativas. Durante la campaña, algunas encuestas ubicaban a Die Linke entre el 12% y el 14%. No logró capitalizar el hundimiento de la CDU ni el malestar contra el gobierno federal. Su candidata, Eva von Angern, calificó la elección como un “día negro para Sajonia-Anhalt”. Anunció que el partido continuará defendiendo los derechos de las mujeres, las personas homosexuales y trans y los sindicatos. La presidenta nacional de Die Linke, Ines Schwerdtner, interpretó el resultado como un ajuste de cuentas con el gobierno federal de Friedrich Merz y reconoció que su partido todavía no consiguió recuperar el terreno perdido.
Die Linke coloca el acento en que la coalición gobernante (CDU y socialdemocracia) es la principal responsable de este desenlace como consecuencia de las políticas antisociales del gobierno y la normalización del discurso de AfD por la CDU. Sostiene que el intento de los conservadores de competir con la ultraderecha en el terreno migratorio terminó fortaleciéndola. La dirección de Die Linke propone mantener el cordón sanitario y se muestra dispuesta a facilitar alguna fórmula encabezada por la CDU si fuera necesario para impedir un gobierno de AfD.
Aquí aparece una contradicción. Die Linke denuncia que las políticas de la CDU prepararon el ascenso ultraderechista, pero podría terminar sosteniendo un gobierno democristiano en nombre de la defensa de la democracia. Esa orientación puede reforzar el argumento de AfD de que todos los demás partidos forman un bloque común.
BSW ha ido más lejos desde el momento que rechaza el cordón sanitario porque considera que los proyectos deben votarse según su contenido. En los hechos, esa posición podría convertirlo en el partido que facilite el primer gobierno regional de AfD.
Dirigentes del SPD reclamaron revisar las reformas de las pensiones, la salud y la asistencia social. Los Verdes, a su turno, hablaron de una crisis profunda de confianza y advirtieron contra la pretensión de acelerar el ajuste. Pero ambos partidos participan, en distintos niveles, del régimen político y de las políticas de rearme que alimentaron el descontento.
El resultado electoral es una alerta del alcance de la crisis capitalista, el militarismo, de las profundas señales de agotamiento de la “democracia” germana y el desplazamiento hacia la derecha de todo el espectro político del país. Es un llamado de atención también respecto a la izquierda y a su estrategia política. El “antifascismo” de Die Linke basado en alianzas con la CDU, el SPD o los Verdes subordina a los trabajadores a los mismos partidos que aplican el ajuste y el rearme.
Impedir que gobiernen los neonazis es una necesidad inmediata, pero apoyar a la CDU para lograrlo no es el camino. La crisis alemana seguirá empujando las condiciones que hicieron posible su crecimiento. Ese es el límite principal de la respuesta ofrecida hasta ahora por Die Linke. La lucha contra AfD exige defender a los inmigrantes y las libertades democráticas, pero será impotente si preserva las políticas que alimentan su ascenso. La disputa decisiva consiste en arrancar el descontento obrero de la reacción nacionalista y darle una expresión política independiente. Es necesario apuntar a que los trabajadores de Alemania irrumpan en la crisis nacional como un factor autónomo y fisonomía propia para lo cual es crucial romper con la subordinación y las ataduras que tienen los sindicatos con todo el régimen hacia la derecha.



