29/02/1996 | 483

¿En vísperas de otro crac financiero mundial?

En agosto de 1987 se produjo un derrumbe simultáneo de todas las Bolsas del mundo, que hizo pensar en la inminencia del largamente anunciado ‘replay’ de la crisis de los años 30.  ‘La crisis del 30’ fue la más catastrófica de la historia del capitalismo, fue una causa fundamental del ascenso del fascismo y condujo finalmente a la segunda guerra mundial.


En 1987, la Bolsa de Nueva York perdió en un solo día un billón de dólares. La salida a la crisis fue dictada por una intervención excepcional del Estado norteamericano, que otorgó su aval a todos los préstamos de socorro que fueran necesarios para evitar una bancarrota generalizada. A los que sostienen que los tiempos que corren han consagrado la subordinación del Estado al mercado, no sólo habrá que recordarles que eso es tan antiguo como el capitalismo sino que, cuando más se manifiesta la subordinación es en la crisis, cuando el Estado sale a reemplazar al mercado en el rescate de los capitalistas (fenómeno que es conocido como ‘estatismo’).


¿El ‘replay’ que no tuvo lugar en el ’87 puede producirse ahora? Es lo que parecería traslucirse de los titulares de los principales diarios financieros. “Dedos sobre el botón del pánico”, “Wall Street sufre un ataque de nervios” (Financial Times, 22 y 24/2); “¿Se va a pinchar la fiesta cuando se seque el dinero japonés?” (The Economist, 17/2); “¿Es posible un nuevo crac financiero a nivel mundial?”. “Lunes negro en mercados” (Ambito Financiero, 21 y 27/2).


Derrumbe instalado


El tiempo futuro con que se conjugan esos titulares está fuera de lugar. Desde hace bastante tiempo, el capitalismo mundial viene registrando una serie de explosiones atómicas en todas las ramas de la industria y del comercio. Los bancos han visto caer de su pedestal al Credit Lyonnais y a Baring Brothers, entre otros; la industria militar alemana y francesa están en bancarrota, con anuncios de cierres y fusiones; la industria naval europea se encuentra en convocatoria de acreedores, clamando por una guerra comercial contra Japón; la ATT tuvo que despedir a 40.000 personas; la industria automotriz alemana acaba de anunciar un plan para eliminar cien mil puestos de trabajo; “la quiebra de empresas medianas, con un giro de más de 20 millones de dólares, ha aumentado fuertemente en 1995” (Le Monde, 18/2); la automotriz Volvo está a punto de desaparecer; en la aeronáutica, Alitalia, Iberia y Air France sobreviven por medio de subsidios estatales; en la industria aeroespacial, el emprendimiento Airbus está a punto de sucumbir y su socio alemán, Aerospatiale, de la Mercedes Benz, probablemente cierre; el conjunto del sistema financiero japonés se encuentra en una sala de terapia intensiva a cargo de los principales bancos centrales.


La lista es considerablemente más larga; la especulación capitalista, y la financiera en particular, tiene lugar en un marco de estallidos sistemáticos del régimen capitalista.


Del pico al pozo


Lo que ha estado inquietando a los especuladores internacionales ha sido la meteórica suba de la Bolsa norteamericana, cuyo ritmo ha superado por lejos el crecimiento de las ganancias empresarias. De manera tal que, con la suba de las acciones, su rendimiento ha ido cayendo. Según The Economist, el promedio de las acciones que se cotizan en Wall Street está rindiendo 5,5 centavos por dólar y una caída por debajo de los 5 centavos sería considerada como una señal de peligro. Este promedio oculta, sin embargo, que el rendimiento de las compañías más grandes se encuentra por debajo de la línea, por cuanto sus acciones fueron las que más han subido.


Durante varios meses, el optimismo de los especuladores se vio alimentado por el hecho de que los intereses de los títulos públicos de los Estados Unidos estaban cayendo, lo que hacía rentable sacar préstamos a menor interés para comprar acciones de rendimiento mayor. Sin embargo, desde hace más de un mes los intereses de los bonos han comenzado a subir y hasta se han colocado por encima del rendimiento accionario. De persistir esta situación, se producirá una venta masiva de acciones y un derrumbe de este mercado para poder pagar los préstamos contraídos.


Los rendimientos de las acciones han caído tanto como consecuencia de la inflación de sus precios, que el negocio bursátil ha dejado de ser ese rendimiento y ha pasado a ser la expectativa de que un crecimiento de los beneficios empresarios y una caída de las tasas de interés promueva un crecimiento continuo de los precios de las acciones en su poder. Esta variante, sin embargo, obliga al tenedor de las acciones a venderlas si quiere realizar su beneficio en dinero, algo que en caso de producirse en forma simultánea produciría el efecto de derrumbar los precios que estaban subiendo. Por eso, la mayor parte de las ganancias que se adjudican los especuladores no son tales, sólo figuran en el papel, y están amenazadas por un derrumbe de las cotizaciones.


Desequilibrio mundial


Los mercados de títulos y de acciones subieron en los últimos meses más allá de lo que autorizaban las ganancias empresarias, como consecuencia de una política concertada entre Estados Unidos y Japón para evitar el derrumbe bancario japonés. Este pacto autorizó a Japón a comprar masivamente títulos americanos para levantar la cotización del dólar y bajar relativamente la del yen, y devolver competitividad a la industria japonesa amenazada por un yen sobrevaluado. Los títulos norteamericanos subieron, la tasa de interés bajó y el mercado de acciones se fue para arriba. Una parte de los especuladores norteamericanos tomaba préstamos en Japón al 0,5% anual y lo invertía en títulos o acciones en Estados Unidos, que tenían un rendimiento diez veces superior.


En las últimas semanas, este mecanismo dejó de funcionar, ya que el dólar empezó a caer. Los depositantes japoneses, por otro lado, han comenzado a retirar su dinero de los bancos japoneses, presionando así a una suba de la tasa de interés. Alemania se vio perjudicada por este juego, ya que la desvalorización del yen la dejó fuera de competencia, en particular en la golpeada industria naval. La Unión Europea amenazó a Japón con represalias si no dejaba de manipular su moneda.


“Entrar en una carrera de devaluaciones competitivas con Japón”, dice un analista que sabe (Financial Times, 24/2), “no es una política instintiva propia del duro banco central alemán. De todo, modos, es intrigante pensar en las consecuencias en caso de que los bancos centrales europeos comenzaran a forzar una revaluación de la divisa japonesa… Los cracs podrían comenzar a aparecer”.


Una crisis monetaria seguramente descabezaría a las Bolsas, toda vez que la sola expectativa  de una  desvalorización del dólar provocaría una huida de capitales de Estados Unidos. Advertido de esta situación, un reciente editorial del Financial Times (24/2) declara oficiosamente: “Podrían  presentarse tiempos turbulentos para los activos en dólares, pero los americanos pueden quedarse tranquilos de que los bancos en Europa continental y Japón van a hacer todo lo que puedan para evitar un desastre”. Es decir, bajar aún más sus tasas de interés, emitir más moneda, recurrir a la inflación.


Pero esto es lo que ya están haciendo los gobiernos de Europa y Japón. “Hubo una vez”, dice el mencionado comentarista, “que los bancos centrales buscaban estabilizar los mercados, pero ahora… están ansiosos por vender la deuda pública de sus gobiernos al precio más alto posible, lo que significa inclinarse ante los deseos de los especuladores”. En efecto, la especulación está alimentada por una gigantesca deuda pública,  que se renueva en forma constante, presionando a la creación de un masa monetaria creciente destinada a fines especulativos. Esta política ha inflado los títulos y las acciones y desvalorizado consecuentemente sus rendimientos, preparando así las condiciones de un crac. Los bancos centrales se han transformado en grandes transfusores de sangre para la especulación internacional, agotando los recursos económicos de todos los países.


El aspecto último de la crisis financiera que se visualiza es el retroceso que han vuelto a tener las ganancias empresarias, incluso en las de tecnología de punta, lo cual se debe en todos los casos a un exceso de capacidad de producción con relación a la demanda, que obliga a reducir los precios. Esto significa, que luego de veinte años de ‘reestructuración’ internacional, despidos masivos, superexplotación y concentración económica, el capitalismo no ha logrado superar la tendencia declinante de la tasa de beneficios a largo plazo.  La recesión en curso en Alemania, Japón, Francia, y la que se vislumbra en Estados Unidos, se presenta entonces como el factor final que contribuye a la expectativa de un crac financiero.

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