28/10/2010 | 1152

Entre el cielo y el infierno

OC - PR

Después de haber derrapado feo en las vísperas del ballotage, las encuestas electorales atribuyen ahora a la candidata del PT, Dilma Roussef, una ventaja sobre Serra de entre 8 y 12 puntos porcentuales. Esto no se debe a ninguna movilización popular de última hora (los únicos que se movieron un poco fueron los intelectuales «petistas de última hora», que hicieron un acto público en la USP, el lunes 25), sino a la movilización de una parte del Episcopado en su favor, así como del sector más fuerte de la mafia evangélica (Edir Macedo, de la Iglesia Universal del Reino de Dios, dueño de un imperio de comunicación, incluyendo la TV Record). El derechoso centro-izquierdista Serra, entusiasmado con el «empate técnico» de los días precedentes, se lanzó a hacer promesas en gran escala (salario mínimo de R$ 600, aguinaldo para el Bolsa Familia) buscando una base popular, y sólo consiguiendo la alarma de la gran prensa (inclusive la que lo apoyó explícitamente) por su «irresponsabilidad fiscal». Serra acusó al PT de terrorismo por haber recibido, en una caminada electoral, una bolita de papel en su calva cabeza, añadiendo un detalle ridículo a su retroceso.

El derrape político y moral del «progresismo» brasileño sigue siendo la nota dominante, pese a los esfuerzos para corregirlos. Tanto Dilma como Serra, ambos «setentistas» que militaron en la clandestinidad y ateos confesos, compitieron para establecer quién era más derechista, quien va más a misa o mejor sigue el libreto «antiabortista» de… Joseph Ratzinger y las mafias evangelistas. El bochorno no tiene límites porque el año pasado Dilma había planteado que la ley de despenalización del aborto era una cuestión de salud pública (y así figura todavía en el programa del PT). Serra, por su lado, ha tenido que enfrentar la denuncia de ex amigas de su mujer sobre el aborto al cual ella misma había debido recurrir en su momento. Un ala fascistoide del clero salió a apoyar a Serra, provocando una división en la cúpula del Episcopado.

En medio de semejante lodo con pretensiones celestiales, el impasse del Brasil de Lula, luego de ocho años de gobierno, no puede ser más terrenal: encabeza el ranking de los países hacia los que fluye el capital especulativo mundial. La caída del dólar provocada por un ingreso masivo de fondos para la bicicleta financiera «tropical» está provocando un principio de derrumbe económico: las exportaciones se frenan, crece la deuda. Una aparte del gran capital llama a frenar la revalorización del real que amenaza a varios sectores industriales y aboga por una política devaluatoria y de «ajuste», ahora que la crisis mundial plantea que los buenos tiempos de Lula y los negocios con la gran banca ya tuvieron su cuarto de hora. Los observadores de la «geopolítica» continental pretenden, además, que un triunfo de Serra aceleraría el final de las experiencias nacionalistas y aún las veleidades de vuelo propio del gran capital brasilero. Detrás de la reaccionaria competencia sobre el aborto y la «fe» de los ex izquierdistas candidatos presidenciales se incuba una crisis de fondo.

Para no desentonar la izquierda de la izquierda consumó su propio espectáculo. Luego de que Plinio de Arruda Sampaio, el candidato presidencial del PSOL, llamara a un frente de izquierda por el voto nulo junto al PSTU en el segundo turno electoral, la dirección del partido se reunió para enmendarle la plana: votar nulo o… por Dilma (con su diputado federal electo, Iván Valente, llamando abiertamente al voto por Dilma). Es el derrumbe final luego de una campaña en que se acusó a los contendientes del ballotage de ser representantes de los mismos intereses. Plinio ha convocado a un debate (acto) público por el voto nulo, junto con Zé Maria (PSTU) para el martes 26.

Probablemente las abstenciones y el voto nulo superen todos los records el domingo 31 (esto en un país donde el voto es obligatorio). Si Dilma llega (como sus partidarios sostienen) al 60% (de los válidos emitidos) no será esa la cuenta a ser hecha. Bajo el impacto de la crisis del Brasil, y de su propia demolición política, la izquierda tiene planteado el desafío de formular los términos de un reagrupamiento político independiente para enfrentar la nueva etapa. Por detrás de las payasadas y de los señales de la cruz, se incuba una crisis política gigantesca («continental» como se dice en Brasil) frente a la que la izquierda realmente existente no tiene ninguna respuesta ni preparación política.

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