Internacionales
21/9/2026
Estados Unidos: tasas más altas, bonos y dólar en caída y una deuda fuera de control
La Fed sube la tasa mientras el Tesoro procura sostener sus bonos. La contradicción expone una economía atravesada por guerra y deuda.
Seguir
Por primera vez en tres años, la Reserva Federal volvió a aumentar la tasa de interés. El 16 de septiembre resolvió elevarla un cuarto de punto, hasta una franja del 3,75 al 4%. La decisión revierte el ciclo de flexibilización iniciado cuando la inflación parecía encaminarse hacia la meta oficial del 2%. El encarecimiento de la energía y la desconfianza en la deuda norteamericana obligaron al banco central a cambiar de rumbo.
La Fed sostiene que la economía crece a un “ritmo sólido”, pero reconoce que la inflación continúa elevada. El índice de gastos de consumo personal registra una suba interanual del 3,7%, superior a la meta oficial. Dieciséis de los dieciocho integrantes del comité prevén otro aumento antes de fin de año (Reserva Federal, 16/9/2026).
La caracterización de un crecimiento “sólido” requiere una reserva. Las estimaciones para 2026 se ubican aproximadamente entre 1,5 y 2 %,”. La economía evita por ahora la recesión, pero su expansión es pobre y desigual. La producción industrial está estancada, la creación de empleo perdió dinamismo y una parte desproporcionada de la inversión y las ganancias se concentra en las empresas tecnológicas. El consumo descansa crecientemente en el crédito, mientras el gasto militar y el déficit sostienen la demanda. Estados Unidos exhibe un crecimiento “anémico”, concentrado y apoyado en deudas que las tasas más altas amenazan con volver insostenibles.
El giro está directamente vinculado con la escalada bélica en Medio Oriente. La interrupción de Ormuz, los ataques contra instalaciones energéticas y el avance hutí sobre Bab el-Mandeb afectaron el comercio petrolero. El Brent permanece por encima de los 100 dólares y el diésel en Estados Unidos superó los seis dólares por galón. La guerra agrava contradicciones acumuladas, a las que se suman los aranceles y la demanda de energía y chips provocada por la carrera de la inteligencia artificial.
Sería unilateral, sin embargo, atribuir toda la inflación al petróleo. Jeff Schmid, presidente de la Reserva Federal de Kansas City, señaló que los aumentos continúan aún si se excluye la energía. La escasez se extiende a productos claves como, gas licuado, fertilizantes, helio, lo cual ya se nota en las góndolas con el aumento de alimentos, insumos y productos industriales. La decisión de la FED no tiene la capacidad de revertir la retracción de la oferta de bienes y menos aún de poner fin a las guerras. Para contener una inflación alimentada por la oferta y el militarismo, la Fed encarece el crédito y enfría la inversión y apunta a disciplinar los precios debilitando la actividad y la posición de los trabajadores.
El dato más revelador es la caída simultánea que sufrieron, en distintos momentos, el dólar y los bonos del Tesoro, dos activos que históricamente actuaron como refugio. En crisis anteriores, los capitales se dirigían hacia la moneda y la deuda de Estados Unidos. Ahora apareció la venta conjunta de acciones, bonos y dólares, bautizada como Sell America.
El rendimiento del bono del Tesoro a diez años, que sube cuando cae su precio, llegó al 5%, el nivel más alto desde 2007. La guerra y la inflación, en lugar de provocar una huida hacia la deuda norteamericana, pusieron en cuestión su seguridad. China redujo sus tenencias declaradas a 618.000 millones de dólares, el menor nivel desde 2008, aunque parte podría estar registrada mediante custodios de otros países (Axios, 18/9).
El dólar no ha perdido su lugar como principal moneda internacional. Pero su retroceso, unido a la venta de títulos públicos y al desplazamiento de fondos hacia el oro, revela una erosión de la confianza en los pilares del dominio financiero norteamericano.
La deuda pública supera los 40 billones de dólares. Los déficits, el rearme y los vencimientos obligan al Tesoro a emitir cada vez más títulos. El privilegio de contar con la principal moneda de reserva permitió financiar guerras y rescates colocando deuda en todo el mundo. Pero para prolongar en el tiempo ese financiamiento necesita pagar tasas más altas. El privilegio no desaparece, pero se vuelve más costoso. La hegemonía monetaria entra en contradicción con el deterioro productivo y fiscal de la potencia que la sostiene.
Scott Bessent intentó estabilizar el mercado mediante recompras de títulos. Las operaciones aliviaron algunos segmentos, pero no detuvieron el aumento de los rendimientos. El Tesoro puede sostener transitoriamente el precio de un bono, pero debe financiar la compra con sus disponibilidades o con nueva deuda. La recompra no es una política keynesiana clásica, pues no consiste en gasto destinado a elevar la demanda y el empleo, aunque pertenece al arsenal intervencionista del Estado. Su fracaso relativo es revelador: el rendimiento a diez años rozó el 5% y la hipoteca a treinta años subió al 6,95%, frente al 6,26% de un año atrás.
El Tesoro compra bonos mientras la Fed eleva la tasa. Una dependencia estatal intenta sostener su precio y otra contribuye a reducirlo. No es un simple error de coordinación: expresa la incompatibilidad entre combatir la inflación, financiar una deuda gigantesca y evitar una recesión.
Las tasas más altas golpean a las empresas con baja rentabilidad, el mercado inmobiliario y el crédito privado. En una semana, los fondos de acciones norteamericanos perdieron 31.440 millones de dólares; también hubo retiros de los bonos de alto rendimiento y de los mercados emergentes (Reuters, 18/9).
La Fed no es un árbitro colocado por encima de las clases. Su función es preservar las condiciones de reproducción del capital, defender la moneda y evitar que la inflación erosione los patrimonios financieros. La inflación no puede explicarse principalmente por salarios excesivos. Sus raíces se encuentran en los problemas de oferta, la insuficiente inversión y la defensa de los márgenes empresariales. La tasa deprime la economía, pero no elimina esas causas. El crédito barato tampoco resolvió las dificultades de rentabilidad: sostuvo empresas endeudadas y estimuló la especulación. (Michael Roberts, "Inflación pospandemia", Sin Permiso, 25/8).
La Fed enfrenta una encerrona. Si mantiene bajas las tasas, puede alimentar la inflación y la fuga de los títulos del Tesoro. Si las aumenta, amenaza con precipitar quiebras, deprimir la inversión y provocar una recesión. No existe una tasa capaz de resolver simultáneamente la inflación de guerra, la deuda pública, la fragilidad financiera y los problemas de valorización del capital.
La caída de los bonos y del dólar muestra que la crisis alcanza a los instrumentos de la supremacía financiera norteamericana. Asistimos a una declinación del lugar de Estados Unidos en la economía mundial. El capital buscará descargar el costo mediante despidos, reducción salarial y recortes sociales. La respuesta de los trabajadores no puede consistir en elegir entre inflación y recesión. Ambos son expresiones de la crisis capitalista. Son recursos alternativos y complementarios a lo que apela al capital y ni siquiera son términos excluyentes Ambos pueden convivir en una misma coyuntura como ocurre en el escenario económico actual dominado por una “estanflación” (estancamiento con inflación). El desafío es enfrentar y poner fin a un orden social agotado y los gobiernos responsables de la guerra y de las penurias inauditas que está soportando gran parte de la humanidad y abrir paso a una reorganización integral del planeta sobre nuevas bases sociales.



