21/08/2020

Golpe de Estado en Malí

Las protestas y el empantanamiento imperialista, como trasfondo

Las fuerzas armadas malienses, país mediterráneo del Africa noroccidental, destituyeron esta semana al presidente Ibrahim Boubacar Keïta, tras una fulminante sublevación que comenzó en las afueras de la capital, Bamako. El mandatario y algunos ministros fueron secuestrados por efectivos del Ejército.

La nueva junta de gobierno asegura que no tiene la intención de mantenerse en el poder mucho tiempo y que convocará a nuevas elecciones. El motivo del golpe es el fracaso del gobierno para contener el avance de los grupos islamistas en el centro y norte del país y las masivas protestas populares que estallaron desde fines de abril en el sur, donde se ubica la capital. De acuerdo a algunas fuentes periodísticas, el golpe fue recibido con simpatía popular. Francia, que tiene 4.500 efectivos desplegados en el país, así como los países vecinos que también tienen tropas allí (el llamado G5 del Sahel), cuestionaron la asonada militar, e incluso la Unión Africana suspendió la membresía de Malí, pero dado que el nuevo gobierno no cuestiona la intervención imperialista en la región, terminarán jugando con él.

El conflicto

La situación en Malí se caracteriza por un empantanamiento del imperialismo, que comenzó sus operaciones militares en el país y en la zona en 2013. La operación Serval y su sucesora, Barkhine, lograron expulsar a los grupos islamistas de las principales ciudades que estos controlaban (como Gao y la legendaria Timbuktu), pero dichos grupos se replegaron exitosamente en las áreas rurales. Al día de hoy, el gobierno solo controla efectivamente un tercio del territorio.

El conflicto actual en el país se remonta a 2012. En enero de ese año, el Movimiento Nacional de Liberación de Azaward (MNLA), fuerza político-militar de gran ascendente entre el pueblo tuareg (un pueblo nómade de origen bereber, diseminado en varios países de la región), se levantó reclamando su independencia y llegó a capturar importantes ciudades del norte y centro del país. En ese momento, se sublevó también la islamista Ansar al Din, pero con la orientación de imponer un Estado basado en la sharia (ley islámica), al estilo del Estado Islámico. Ambos sectores proclamaron juntos la liberación de Azaward en mayo de ese año, pero terminaron combatiendo entre sí y los islamistas los desplazaron de las ciudades que habían conquistado.

Francia capitaneó la intervención militar, con el apoyo de otros países europeos y de países vecinos a Malí (Burkina Faso, Níger, Mauritania, Chad), además del apoyo logístico norteamericano. Los intereses en juego para el imperialismo son muchos: Malí es el cuarto exportador mundial de oro, ruta de paso para los migrantes de África Occidental que quieren arribar a Europa, y pieza clave para la estabilidad regional.

El MNLA fue cambiando de posición a lo largo del conflicto. Al comienzo planteaba la independencia, pero pasó luego a centrarse en un reclamo de autonomía, reconociendo al Estado maliense. Si bien se encuentra firmemente enfrentado al gobierno, no ocurre lo mismo con las fuerzas francesas, con las que coordina tareas de seguridad en las regiones que domina (como Kidal).

Además de Ansar al Din, las otras fuerzas islamistas de peso en la región son el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (ligado a Al Qaeda) y el Estado Islámico del Gran Sahara. Estos grupos se han ido fortaleciendo explotando el malestar de las comunidades rurales con el gobierno y la intervención imperialista. Dichas comunidades se encuentran sumidas en la pobreza extrema y padecen también el aumento de la desertificación que trae aparejado el cambio climático.

El conflicto se combina con los enfrentamientos étnicos. Los grupos islamistas hicieron pie entre los peuls, un pueblo de ganaderos musulmanes, enfrentado a los dogon, agricultores de religión animista. Entre ambos se producen brutales choques. Hay quienes denuncian que el gobierno deja correr las masacres contra los peuls. La intervención imperialista ejecutó a muchos de sus integrantes, sospechados de ser milicianos. El Estado incentiva todo el tiempo las rivalidades intercomunitarias.

Frente al empantanamiento de la intervención militar en la región, el imperialismo y los gobiernos regionales oscilan entre una profundización del militarismo y los intentos de algún tipo de negociación. En el caso de Malí, el depuesto presidente impulsaba una negociación con algunos de los grupos islamistas, aunque procurando aislar al Estado Islámico del Gran Sahara.

Las protestas

El detonante de las protestas en el sur fue el fraude electoral en las elecciones legislativas de abril. Miles de personas empezaron a movilizarse contra el gobierno, hastiadas de la pobreza extrema (que abarca al 40% de la población), la corrupción y el deterioro de la salud y la educación.

En junio, el presidente convocó a un gobierno de unidad nacional, pero esa maniobra fracasó. Y finalmente, el 10 y 11 de julio, la represión de la policía y los militares contra los piquetes de protesta dejó 14 muertos por heridas de bala. A raíz de eso, se convocó una campaña de desobediencia civil que marcó el inicio del fin para el gobierno.

Un elemento a tener presente es el creciente rechazo popular a la intervención imperialista. En enero, una manifestación en Bamako quemó banderas francesas. El corresponsal del diario madrileño El País señalaba por esos días un “creciente sentimiento antifrancés” (14/1) en la región. La oposición ha debido recoger este reclamo en algunos de sus planteos.

En paralelo con las manifestaciones, se han desarrollado huelgas en el sector de la salud y de la educación por el pésimo estado de ambas. Quien ha canalizado la bronca popular, sin embargo, es un clérigo ultraconservador (wahabita, la rama del islam que alienta Arabia Saudita), el imán Mahmud Dicko, que lidera el frente de partidos opositores. Este clérigo ha logrado bloquear en ocasiones anteriores modificaciones del código de familia favorables a las mujeres, así como la publicación de manuales que se refieren a la homosexualidad. Ahora se ha reunido con el nuevo gobierno y dijo que se retiraría de la política.

La situación en Malí es una expresión de las tendencias a la desestabilización regional. Es clave el reclamo de que se vayan las tropas imperialistas. Las masas tienen el doble desafío de abrirse un rumbo político independiente y de superar los enfrentamientos intercomunitarios.

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