12/04/2021

Guerra de camarillas en la familia real de Jordania

Hamzah bin Hussein, ex príncipe heredero y hermanastro del rey Abdalá II, fue acusado por el gobierno y la alta cúpula del Ejército de conspirar junto a fuerzas extranjeras contra el monarca y la estabilidad del país. El sábado 3 de abril, en la convulsionada Amán (capital), un operativo policial culminó con la encarcelación de Sharif Hasan bin Zaid, miembro de la realeza hachemí y hermano de un alto funcionario de los servicios de inteligencia jordanos, y también con la de Bassem Awadallah, un hombre cercano a la monarquía saudí, ex asesor del rey y ex ministro de finanzas. Del mismo modo, fueron apresados una veintena de sospechosos no identificados, entre los que se anotan jefes tribales beduinos, un ex agente del Mossad (inteligencia israelí), y elementos de las fuerzas de seguridad.

Las investigaciones de los servicios de seguridad nacionales han registrado que los imputados mantenían “contacto con partes externas” para “elegir el momento más apropiado para desestabilizar la seguridad de Jordania” (Página 12, 5/4), aunque nunca se clarificó quienes serían tales partes externas. El viceministro jordano, Ayman Sadafi, señaló que estos movimientos formaron parte de un intento de sedición, cuyo desarrollo vinculó a los recientes acercamientos que tuvo Hamzah, quien terminó bajo prisión domiciliaria, con los jefes tribales disidentes, quienes componen parte de la base social de la monarquía, con el objetivo de sumarlos a una tentativa golpista. En un vídeo que el abogado de Hamzah divulgó para la británica BBC, el ex príncipe acusó a los dirigentes jordanos de corrupción y de censura.

Hamzah es hijo mayor del fenecido rey Hussein y su cuarta esposa, la reina Noor, la cual se ha posicionado en defensa de su hijo. Fue nombrado príncipe heredero de Jordania en 1999, cargo que ocupó hasta 2004 cuando su hermanastro, Abdalá II, también hijo de Hussein y su segunda esposa, Mona, designó a su primogénito para ocupar el puesto. Este desplazamiento es una de las fuentes principales de la actual crisis en la Corona.

La noche del miércoles, en lo que fue su primera aparición desde que se gestara el clima golpista, Abdalá II dio por “terminada” la grieta abierta en la familia real. Ha dejado en claro que Hamzah se comprometió a “permanecer leal y a supeditar sus intereses a la Constitución y a las leyes de Jordania” (El País, 7/4), y para calmar las aguas que estremecían la opinión pública, aclaró que el ex príncipe se encontraba bajo su tutela, en su palacio y junto con su familia. Asimismo, indicó que la investigación, por el momento bajo secreto de sumario, seguirá su curso y eventualmente sus resultados serán públicos.

Rusia, Turquía, Irán, Egipto, Irak y el conjunto de las monarquías del Golfo brindaron rápidamente su apoyo diplomático al rey Abdalá II. En la misma línea se ha inscripto la Unión Europea, con la alemana Ursula Von der Leyen a la cabeza. Pero fue Estados Unidos el primer país que apareció respaldando al gobierno jordano; esto se explica en buena medida por las relaciones que han venido tejiendo ambos países. Washington tiene una base militar allí, y en marzo de este año suscribieron un acuerdo que permite la entrada de tropas, aviones y vehículos estadounidenses en el reino hachemita. El imperialismo yanqui es el mayor proveedor de asistencia bilateral de Jordania y la condición que tiene este de aliado no perteneciente a la OTAN le ha otorgado acceso a todo tipo de material militar.

El gobierno sionista, por boca de su ministro de Defensa, Benny Gantz, ha dado también un espaldarazo al rey Abdalá II, a cuyo país considera un aliado estratégico. Israel comparte su frontera más larga con Jordania, y el relativo clima de paz imperante en la misma permite al Estado sionista reducir su presencia militar. Dos millones de palestinos viven en Jordania, es decir alrededor del 20% de su población. El reino hachemita es clave en la contención de esta población.

Jordania es un país que funciona como atemperador de los distintos conflictos de Medio Oriente. Ha sido definido por varios analistas como un Estado tapón, pues su existencia supone una separación entre Israel y sus rivales regionales. Todo esto ayuda a entender que el imperialismo y potencias regionales enfrentadas hayan coincidido en apoyar al monarca frente a la crisis abierta.

De todos modos, la ocupación yanqui de Irak en 2003 y la guerra en Siria desestabilizaron agudamente a Jordania, que ha recibido a más de un millón de refugiados iraquíes y a más de 600.000 sirios.

Autoritarismo y crisis sanitaria

El gobierno jordano se distingue por su carácter ultra represivo y por tratarse de un régimen de poder personal, en el cual el rey puede nombrar o destituir al primer ministro y a los integrantes del gabinete a su antojo, así como también a los miembros de la cámara alta del parlamento, y en donde, a la vez, el primer ministro tiene amplios poderes para gobernar por decreto.

Las masas se encuentran sometidas a mecanismos de vigilancia extrema y la persecución y la censura contra periodistas, activistas y opositores ha sido llevada a extremos insoportables. En julio del año pasado, las autoridades de Jordania prohibieron el sindicato de profesores y ordenaron la detención de sus líderes bajo cargos inventados; el ensañamiento del régimen con los docentes es brutal, en 2019 estos fueron por semanas a la huelga contra el rechazo gubernamental a aumentar los salarios en un 50 por ciento.

El pueblo jordano tiene una rica experiencia en la arena de la lucha de clases. Formó parte de las grandes movilizaciones que estremecieron al planeta en el marco de la Primavera Árabe, cuyo desarrollo terminó con el entonces premier jordano, Samir Rifai. La misma suerte corrió el primer ministro Al Mulki, su dimisión fue forzada en 2018 por una irrupción popular sin precedentes contra un paquete de ajuste dictado por el Fondo Monetario Internacional, lo que obligó al rey Abdalá II a intervenir congelando el precio de los combustibles.

En marzo de este año se produjeron movilizaciones en varios puntos del país como consecuencia de la bancarrota sanitaria, que se ha puesto crudamente de manifiesto en un hospital público de Salt (ciudad) con la muerte de al menos seis personas luego de que se cortara el suministro de oxígeno, crisis que se llevó puesto al ministro de Sanidad. El número de contagiados y de víctimas mortales se halla en ascenso, con alrededor de 659 mil casos y más de 7.100 decesos, mientras que apenas el 2,9 por ciento de la población total –10 millones de personas- recibió al menos una dosis de la vacuna.

Como en todo el mundo, el coronavirus agudizó en Jordania contradicciones sociales y económicas que ya venían abriéndose paso de forma espasmódica; el país asiste a un aumento de su deuda pública, que llegará al 112 por ciento de su PBI, y a un crecimiento insignificante de su economía, fuertemente dependiente de la importación de energía y de alimentos. El desempleo, asimismo, supera el 25 por ciento y la mitad de la población trabaja en el sector informal.

La clase obrera jordana debe retomar el hilo de las inmensas movilizaciones que ha protagonizado para asestarle un golpe definitivo al régimen monárquico, cuyas disputas intestinas están lejos de girar alrededor de la necesidad de terminar con las penurias que padecen las mayorías populares.

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