16/01/1996 | 480

¿Hacia una nueva recesión mundial?

En las últimas semanas, una “avalancha de indicadores económicos desalentadores” (Ambito Financiero, 8/12) convenció a los especialistas de que Europa y los Estados Unidos marchan hacia “una fuerte desaceleración del crecimiento”. Lidera el pelotón Alemania, cuya producción industrial cayó un 3,4% en octubre pasado (respecto de 1994) a pesar del fuerte aumento de sus exportaciones. En Estados Unidos, el índice de los principales indicadores económicos volvió a caer en octubre, por octavo mes consecutivo, para ubicarse en su nivel más bajo desde 1992.


El proceso de la crisis


Durante la última recesión se cerraron cientos de plantas y empresas; se redujo radicalmente la capacidad de producción y, en una proporción todavía mayor, la ocupación. Entre 1991 y 1994, en Europa se perdieron más de 6 millones de puestos de trabajo. A pesar de la magnitud de este ‘desgrase’ –como gustan llamarlo sus apologistas– a poco de que la ‘recuperación’ diera sus primeros pasos comenzó a manifestarse rápidamente una nueva superproducción que tapona todos los mercados.


Uno de los casos más patéticos es el del papel. “Nadie pensaba que la cúspide del ciclo papelero fuera tan corta … un crecimiento de apenas seis trimestres después de tres años calamitosos” (Le Monde, 19/11). Ocurre que cuando el precio de la pasta de celulosa se derrumbó a 360 dólares comenzó un movimiento de acumulación de stocks por parte de los grandes distribuidores y consumidores. Esta demanda especulativa empujó hacia arriba la producción y los precios. El alza de los precios cebó aún más la producción. Cuando el precio de la pasta celulósica estaba por llegar a los 1.000 dólares, el globo se pinchó: la demanda cayó abruptamente y con ella la producción y los precios: en pocos meses la producción francesa de papel bajó a la mitad y los precios se derrumbaron hasta un 70% entre junio y noviembre (ídem). Nada de esto, sin embargo, reanimó a la demanda, “porque los stocks siguen siendo altos” (ídem); los beneficios están en caída libre.


Lo sucedido con el papel es sintomático, porque “el sector papelero ha conocido la misma evolución que el resto de la economía” (ídem). En el mercado del acero, el exceso de oferta derrumbó los precios en un 20% justamente cuando “los ejecutivos de las siderúrgicas de los Estados Unidos … se babeaban ante la idea de aumentar sus ganancias mediante un incremento de sus ventas mundiales” (The Wall Street Journal, 20/9). El precio de los plásticos cayó el 40%.


Un factor importante en la sobreproducción de materias primas es la agresiva concurrencia rusa. Los burócratas, convertidos en propietarios, ofrecen su producción a precios irrisorios. La restauración capitalista en Rusia se ha convertido, así, en un gran motor de la sobreproducción y de la deflación mundiales. Esto es particularmente válido para el aluminio, del cual Rusia es un gran productor.


La superproducción de aluminio puso en cuestión la privatización del gran pulpo francés del ramo, Pechiney: ¡desde que fue anunciada, sus acciones cayeron un 20%! El primer día que salieron a la venta, se cotizaron por debajo del ‘piso’ fijado por el gobierno. ¡Nadie quiere hacerse cargo de la Pechiney! Además “desde 1993, (las acciones de las compañías privatizadas) se están negociando por debajo de los precios de oferta y algunas con una baja significativa”: las de la siderúrgica Usinor –también atenazada por la sobreproducción– se cotizan hoy un 30% por debajo del valor al que fueron vendidas (El Cronista, 19/12).


La reestructuración permanente


La sobreproducción es la norma, también, en los mercados de bienes industriales.


La Boeing, el mayor productor mundial de aviones, fabrica hoy la mitad de las aeronaves que en la década del 80. La DASA, subsidiaria aeronáutica de la Daimler-Benz, después de despedir a 15.000 trabajadores en los últimos años, acaba de anunciar otros 9.000 y una reducción a la mitad de su capacidad productiva. A pesar de semejante sangría, The Economist (18/11) considera que Daimler-Benz “tiene delirios de grandeza”: deberían ir hasta el fondo en la liquidación de su poco competitiva industria aeronáutica … La British Aerospace vendió la Rover (su subsidiaria automotriz) a la BMW, liquidó la mitad de su capacidad productiva e integró el resto al consorcio europeo Airbus. La Fokker, una constructora holandesa en la que también interviene la Daimler-Benz, sólo podría salvarse de la quiebra con una inyección gubernamental de fondos … que sólo serviría para alargar la agonía. Por eso, The Economist (18/11) afirma que “si el gobierno holandés tiene algo de sentido común, se negará”. “La industria aeronáutica está achicándose desde la década de 1970” (Financial Times, 14/11) sin haber conseguido eliminar la sobreproducción. Y nadie espera que lo logre en un futuro cercano: la ‘reestructuración’ de la DASA alemana es, apenas, “una etapa del proceso de muerte gradual de la industria” (ídem). Así lo ven los propios capitalistas …


El mayor pulpo de la telecomunicación europea, la francesa Alcatel, se apresta a iniciar su enésima ‘reestructuración’ … luego de ver caer sus ganancias en un 50% entre 1993 y 1994 –¡durante la expansión!–, y esperar una reducción similar para este año .


Daimler-Benz acaba de registrar ¡las mayores pérdidas de su historia … a pesar de haber reducido en un 30% el costo de la fabricación de sus Mercedes! Las automotrices suecas, Volvo y Saab,registraron enormes pérdidas en 1995 … a pesar de haber aumentado considerablemente sus ventas. Hace poco más de tres años, la Saab vendió la mitad de su paquete accionario y entregó su gerenciamiento a la General Motors. Desde entonces, despidió al 60% de sus trabajadores y acumuló pérdidas por miles de millones para descubrir que todo fue en vano, porque “no es demasiado grande para sobrevivir” (International Herald Tribune, 21/11). Ante la catástrofe, los accionistas suecos pretenden vender el 50% que todavía queda en su poder …


Derrumbe comercial


Algunos optimistas profesionales sostienen que la economía mundial se encontraría ante un pasajero ‘ajuste de inventarios’. La brusca caída del consumo familiar, sin embargo, parece desmentirlos.


En Francia, el consumo cayó nada menos que el 4,4% en apenas un mes (de setiembre a octubre). El Financial Times (25/11) no duda en calificarlo como “un serio problema, tan serio como las huelgas (de los trabajadores estatales)”.


En los Estados Unidos, acaba de terminar “la peor navidad que se recuerde en 30 años”: a pesar de ofrecer descuentos superiores al 50%, los comercios no lograron atraer a los “clientes sobreendeudados y temerosos por la seguridad de su empleo” (Ambito Financiero, 26/12). La falta de clientes desató una guerra salvaje entre las grandes cadenas comerciales: Wal-Mart –el mayor pulpo del ramo– destrozó a sus competidores ofreciendo rebajas inigualables. Su principal adversario, Kmart, registró pérdidas por casi 120 millones de dólares en el último trimestre y otros grandes competidores –como Caldor y Clothestime– fueron a la quiebra. Pero el propio Wal-Mart salió destrozado de la contienda: la calificación de su deuda fue degradada como consecuencia del “mal ambiente minorista” y de sus “malas perspectivas financieras” provocadas por la ‘guerra’ que ganó … “En el fututo próximo –pronostica el Financial Times (22/12)– habrá muchos más cierres, quiebras y fusiones”.


El movimiento obrero en el centro de la tormenta


El deterioro de la situación económica ofrece las condiciones –y la excusa– para que la burguesía vaya a fondo en la liquidación de las conquistas sociales de los trabajadores. Un “importante ministro” alemán declaró privadamente que “necesitamos una crisis, una recesión” para encarar lo que el International Herald Tribune (8/12) definió como la principal ‘deuda’ del gobierno: “acabar con la seguridad social e imponer la plena flexibilidad del mercado laboral”.


Para uno de los grandes capitalistas alemanes, “el consenso con los sindicatos, la representación de los sindicatos en los directorios de las empresas y la solidaridad social no funcionan en tiempos … como el presente” (ídem). Que esto se diga abiertamente en un país que es presentado habitualmente como el ejemplo de la ‘concertación social’ ilustra  la envergadura del ataque que se prepara contra las condiciones de vida de la clase obrera.

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