03/10/1998 | 599

Hong Kong o la puerta al derrumbe de China

Mientras los ministros de economía de América Latina vuelan a Washington para enfrentar la crisis en una reunión con el mandamás del Fondo, Michel Camdessus; o cuando Clinton (y Cavallo) se corre a Moscú para repartir consejos frente a la catástrofe rusa; es decir, mientras los capitalistas se afanan por cerrar los agujeros a medida que se van abriendo, la explosiva isla de Hong Kong se encuentra al borde de una devaluación monetaria que puede mandar al diablo al presidente del Fondo, a Clinton y, ni qué decirlo, a Cavallo.


Hong Kong es un caso por demás pedagógico, porque está siendo acosada por una feroz especulación que no esconde el objetivo de producir el mayor estrago económico posible, mientras los voceros y analistas de esos especuladores ocupan las columnas de los diarios y de la televisión para explicar el mejor camino para mantener la estabilidad económica mundial. El capitalismo no puede escapar a esta disociación que lo lleva a cavar su propia tumba mientras discursea sobre la perdurabilidad y, por sobre todo, las ventajas del capitalismo.


Especulación internacional


Los especuladores internacionales están vendiendo sumas fabulosas de dólares de Hong Kong a plazo, con la expectativa de que una devaluación les permita recomprarlos a menor precio. Para ejecutar esta operación no necesitan siquiera contar con los dólares de Hong Kong envueltos en la operación (venden «en el aire»), porque aspiran a comprarlo a precio menor precisamente recién para cuando tengan que entregarlos.


La autoridad monetaria de Hong Kong tiene, sin embargo, instrumentos para contrarrestar las presiones para devaluar la moneda. Si sube las tasas de interés, por ejemplo, otros capitalistas extranjeros encontrarían ventaja en llevar su capital a Hong Kong, lo cual elevaría la cotización de la moneda de la isla y desbarataría la maniobra devaluacionista.


Pero los especuladores tampoco tienen un pelo de zonzos. Para enfrentar esta acción oficial están vendiendo acciones a plazos, con la expectativa de que bajen y recomprarlas a un precio inferior. Si la autoridad monetaria sube las tasas de interés puede impedir la devaluación de la moneda, pero a costa de producir la caída de las acciones, lo que beneficiaría a los especuladores, porque con intereses más altos no conviene tomar préstamos para invertir en la Bolsa. Jugando a dos puntas, o sea, a la devaluación de la moneda y a la caída de las acciones, los grandes especuladores internacionales tienen acorralada a la economía de Hong Kong. Agreguemos que para montar estas maniobras, los especuladores se han endeudado fuerte con bancos extranjeros, de modo que si la especulación fracasa, en lugar de un derrumbe de Hong Kong podríamos tener un derrumbe de los especuladores y de los bancos prestamistas, y también podría ocurrir que si el derrumbe de Hong Kong es muy grande, por ejemplo que caiga en una cesación de pagos, tanto los especuladores como Hong Kong vayan tomados del brazo al precipicio, como está ocurriendo con Rusia y sus especuladores.


Las autoridades de Hong Kong han optado, ante este ataque, por utilizar el dinero de sus reservas para comprar acciones y evitar que caigan. Mediante este procedimiento han evitado, simultáneamente, que se devalúe la moneda y que se derrumbe la Bolsa. El problema es que en muy pocos días ya se gastaron 16.000 millones de dólares norteamericanos, o sea el 20% de sus reservas. La compra maciza de acciones no ha servido sino, como no podía ser de otra manera, a los especuladores que querían deshacerse de ellas a buen precio, en particular a los especuladores locales. Está claro que el gobierno de la isla ha salido a rescatar a los capitalistas que él representa y que por eso no puede permitir que los especuladores internacionales reduzcan la Bolsa a cenizas y se queden con la isla a precios de remate. Incluso si tal cosa ocurriera, afectaría además a las empresas de China, que ocupan un lugar prominente en la isla.


La compra de acciones, hay que decirlo, significó la quiebra de la convertibilidad de Hong Kong, esto porque las reservas, en este régimen, sólo pueden ser usadas para la compra de moneda local. Esto ha ocurrido, para colmo, en una economía que casi no tiene deuda externa, pero en donde el endeudamiento interno entre empresas y bancos es extraordinariamente elevado. Cuando para probar las aguas, el lunes 31, la autoridad de Hong Kong dejó de comprar acciones, la Bolsa cayó un 10%. Las autoridades de Hong Kong son hoy dueñas del 10% del capital en acciones de las empresas establecidas en la Bolsa de Hong Kong, es decir que corre el riesgo de perder una fortuna.


China


Hong Kong no solamente moviliza 200.000 millones de dólares en la Bolsa; una suma cuatro veces mayor está invertida en la especulación inmobiliaria. En Hong Kong recaudan capital las principales empresas de China continental; el comercio exterior de la isla supera a su producto interno. La devaluación del dólar de Hong Kong, sin embargo, no solamente provocaría un terremoto financiero en las principales plazas del mundo sino que sería un golpe descomunal a China, que se vería obligada a devaluar su moneda, el yuan, y a Japón, cuyos préstamos a otros países de Asia fueron realizados, en gran parte, por medio de los bancos instalados en Hong Kong.


Como quiera que los especuladores internacionales no actúan en un vacío político, hay que concluir que su acción tiene el apoyo de los gobiernos que cuentan en el mundo actual. Para estos últimos, la liquidación de la convertibilidad de Hong Kong serviría para aumentar la presión para que China liquide o privatice sus bancos estatales y para que abra más el comercio al capital extranjero. Incluso si esta acción no fue orquestada premeditadamente por los gobiernos mencionados, como lo está denunciando el gobierno de China, es indudable que aquéllos no pueden ignorar las nuevas condiciones creadas por la crisis mundial, ni tampoco que la sobrevivencia del gran capital internacional en las nuevas condiciones de crisis, pasa por la capacidad que tenga para expropiar a sus rivales más débiles y concentrar con ello en menos manos el capital existente.


La crisis planteada puede provocar el fin de la autonomía especial de Hong Kong, pactada en el acuerdo de cesión entre China y Gran Bretaña. Es claro que si el gobierno chino se ve obligado a intervenir frente al derrumbe de la isla, también se verá obligado a tomar medidas intervencionistas violatorias de ese acuerdo. La crisis mundial conduce a un replanteo político internacional de enormes consecuencias, el cual se transformará de inmediato en el factor más importante de toda la crisis económica.

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El alcance de la crisis capitalista. Escribe Pablo Heller.