La crisis en Europa

Poderosas y conflictivas fuerzas, centrifugas y centrípetas, están creando las condiciones de una crisis explosiva en Europa.


 


Los imperialistas europeos celebraron la extensión de la Unión Europea a 25 miembros, el 1° de Mayo de 2004, como un hito en la integración del continente y como un gigantesco paso adelante en su compe­tencia con los imperialismos norteamerica­no y japonés. Pero muy rápidamente, la euforia se ha evaporado, en particular des- pues de las elecciones europeas de junio del 2004. Con la abstención sin precedentes de la mayoría y el repudio de los votantes a to­dos los gobiernos europeos, seguido por la disputa acerca de la Constitución europea, la euforia ha desaparecido y ha emergido una amarga verdad: Europa, en lugar de ser una base expansiva y estable de desarrollo capitalista, se ha convertido en un fo­co de las contradicciones de la crisis capita­lista mundial. Internamente dividida, con todas sus estructuras económicas y sociales históricamente desactualizadas y su siste­ma político desacreditado, es vulnerable a las presiones de los Estados Unidos. En particular se encuentra profundamente afectada por las implicaciones de la guerra de Irak y su impasse un año después de la invasión y la ocupación del país.


El imperialismo norteamericano sigue siendo el centro del capitalismo mundial y el centro de su crisis. A pesar de toda la re­tórica acerca de su última “recuperación sin empleo”, la economía norteamericana está flotando en un mar de deudas de consumi­dores, con pesados déficits presupuestarios y de cuenta corriente, que son financiados por el resto del mundo capitalista, particu­larmente por China y Japón, mediante la compra de bonos del Tesoro norteamericano y mediante la utilización de la debilidad del dólar y su papel como moneda mundial de reserva para golpear a sus competidores, en particular a la Unión Europea.


El capitalismo norteamericano es un súper gigante cuya supremacía económica se basa no sólo en una mayor productividad, flexibilidad laboral y un mercado integrado, sino también, y por sobre todo, en una monstruosa expansión del capital ficticio. ¡Mientras el producto bruto de los Estados Unidos ronda los 11 billones de dólares, la burbuja especulativa del mercado de los de­rivativos es de alrededor de 128 billones de dólares!


La paradoja histórica es que ahora el desenvolvimiento capitalista de Estados Unidos y del mundo depende en gran me­dida de la llamada expansión industrial en China, basada en el crédito barato de los bancos estatales y en un fuerte ingre­so de capital externo. Esta frenética tasa de crecimiento de la burbuja de la inver­sión industrial encubre la realidad de la sobreacumulación del capital, mercancías invendibles y sobrevaluación de la inversión fija; por esta razón se están tomando medidas para controlar el flujo de crédito de los bancos chinos para enfriar la reca­lentada economía. Lu peor pesadilla del capitalismo mundial es ahora la pincha­dura de la burbuja china. Tendrá resulta­dos devastadores directamente sobre Ja­pón, Taiwán y Corea del Sur y también en Estados Unidos y Europa. Y con cada nueva agudización de sus propias contradicciones, el capitalismo norteamericano exporta su crisis a Europa, cuya economía ya está luchando al borde del estanca­miento (con una tasa de crecimiento para los últimos doce meses de apenas 0,6%, contra 4,3% en los Estados Unidos y 3,4% en Japón).


Las fracturas se están profundizando no sólo entre las clases dominantes de Estados Unidos y Europa sino también entre los ca­pitalistas en Europa, entre los países capi­talistas europeos y dentro de cada una de las clases dominantes.


El conflicto sobre la Constitución euro­pea entre los “federalistas” (que incluyen a Francia y a Alemania) y los “anti-federalistas” (como Gran Bretaña y la Italia de Ber­lusconi) está relacionado tanto con los inte­reses capitalistas nacionales antagónicos como con el conflicto entre las fracciones pro-norteamericanas y anti-norteamericanas entre las clases dominantes. Particularmente, los gobernantes de los regímenes restauracionistas de Europa central y oriental, en tanto que esos países son cru­ciales en el conflicto entre los imperialismos norteamericano y europeo para controlar el ex espacio soviético, funcionan en los he­chos como una quinta columna pro-nortea­mericana. El resultado de estas divisiones es la tendencia a la parálisis de las instituciones de la Unión Europea y la incapaci­dad para elaborar una política exterior co­mún o para desarrollar la “Iniciativa Euro­pea de Defensa” más allá del cuadro im­puesto por la Otan.


Los más importantes factores de divi­sión son económicos: la viabilidad del pro­pio Pacto de Estabilidad está cuestionada en la medida en que varios países, particu­larmente los del “núcleo duro” de la Unión Europea -Alemania, Francia y Holanda- tuvieron déficits en el 2003 que han exce­dido por lejos los límites establecidos en el Pacto. También la cuestión de las llama­das “reformas estructurales” necesarias, de acuerdo al capital europeo, para volver­se más competitivo frente a los Estados Unidos -flexibilización laboral, privatiza­ciones, nuevas legislaciones impositivas y jubilatorias— divide a los círculos domi­nantes. Algunas secciones de la burguesía quieren pasar directamente a una ofensiva contra el movimiento sindical y sus con­quistas sociales; otras están promoviendo un curso más cauto, asustados por la posi­bilidad de levantamientos sociales (como ya se han visto durante la última década, en los movimientos de huelgas de masas en defensa de los derechos jubilatorios en Italia, Francia y Grecia).


La capacidad combativa y el potencial de resistencia social de la clase obrera y otros estratos populares en Europa no han sido quebrados, como bajo el fascismo an­tes de la Segunda Guerra Mundial. Un re­tomo a las condiciones de los años ’30 es imposible como consecuencia de cambios fundamentales en el capitalismo mundial pero también como consecuencia de que sería necesaria una confrontación sin pre­cedentes con la clase obrera. El potencial revolucionario de los trabajadores euro­peos es el más importante factor estratégi­co en la lucha de clases a tener en cuenta tanta por los capitalistas como por la van­guardia obrera. Sólo el proletariado euro­peo, a la cabeza de todas las masas de opri­midos, explotados y socialmente excluidos, puede abrir una salida de la crisis crecien­te y de la catástrofe amenazante.


Una crisis política


Los resultados de las recientes eleccio­nes europeas y el proyecto de la nueva Constitución de la Unión indican que los elementos de crisis política en el Viejo Con­tinente están lejos de haberse resuelto.


Los datos más evidentes de la votación han sido la abstención en masa y el “castigo” de casi todos los gobiernos en funciones, con una pérdida de votos que golpea en particu­lar, allí donde existen gobiernos de coalición entre diversas fuerzas políticas, a aquella que encama más acabadamente al gobierno y a su política (así cayeron los votos del SPD en Alemania y Forza Italia de Berlusconi, aunque sus socios -los Verdes en Alemania, los otros partidos de la derecha en Italia- mantengan sus posiciones o incluso avan­cen). La excepción a la última regla han si­do Grecia y España, que vienen de un cam­bio de gobierno reciente; en lo que se refiere al caso español, ha sido determinante el prestigio ganado por el gobierno de Zapate­ro con el mantenimiento de la promesa elec­toral de retiro de las tropas de Irak.


Los gobiernos pagan la insatisfacción de las masas por sus políticas sociales de ata­que a las conquistas de los trabajadores y de apoyo a la guerra, sin que la diferencia­ción sobre esta última cuestión sea un ele­mento suficiente para hacerse “absolver” sobre la primera, como lo demuestran los resultados del SPD alemán y de la coalición chiraquiana en Francia.


El carácter de este voto de “desconfíanza” es, sin embargo, contradictorio. El descontento favorece a las fuerzas de opo­sición, independientemente de su posición, sea de izquierda (como el Partido Socialis­ta en Francia, el Sinn Fein en Irlanda, el Partido Comunista en la República Checa) o de derecha (la CDU en Alemania, el Par­tido de la Independencia en Gran Bretaña, varias formaciones de derecha en Polonia, etc.). Junto al desarrollo del abstencionis­mo, que es una respuesta de pasividad, to­do esto subraya los límites de la mayoría del proletariado para encontrar la vía de la independencia de clase. El desarrollo de luchas tan importantes sobre el terreno so­cial y, más aún, sobre el terreno político más general -en particular las moviliza­ciones contra la guerra- no se traducen por sí mismas en un avance de la concien­cia de clase más que para un sector de van­guardia. Sólo una constante batalla políti­ca de las fuerzas revolucionarias por la conquista de la hegemonía en todas las más significativas movilizaciones de la lu­cha de clases y de la lucha política, con el método de la lucha por los objetivos transi­torios, puede permitir hacer avanzar la conciencia anticapitalista de las masas.


La izquierda europea


Desde este punto de vista puede ser con­siderado el papel de las fuerzas de izquier­da (de aquellas que se ponen a la izquierda de las formaciones de la Internacional So­cialista). Todas ellas han tenido un papel, en la lucha de clases y en las movilizaciones de masas, que ha sido exactamente el opuesto al que hemos señalado. De mane­ras y formas diversas, o se han simplemen­te adaptado, con una aproximación por completo minimalista o, peor, han intenta­do utilizar la fuerza de las luchas y de los movimientos para usarla como palanca pa­ra una recomposición de la alianza con la socialdemocracia y los sectores “liberales* de la burguesía.


Este es el caso de la que hoy es la prin­cipal fuerza de la izquierda europea, el re­cién nacido “Partido de la Izquierda Europea” (PIE) y, en primer lugar, de su "parti­do líder*, el Partido de la Refundación Co­munista (PRC) en Italia -cuyo secretario general, Bertinotti, que no por casualidad es también presidente único del partido eu­ropeo, se está preparando para una alter­nancia de gobierno en alianza con los repre­sentantes directos de la gran patronal.


Los resultados electorales de las fuerzas del Partido de la Izquierda Europea refle­jan las situaciones nacionales, incluso si en general aparecen como moderadamente po­sitivos (desde el mantenimiento de los votos del PCF en Francia, al modesto incremento del PRC en Italia y del PDS en Alemania, al éxito del PC checo). En realidad, en general, no logran captar macizamente los niveles de insatisfacción popular, objetivamente por su ya señalado carácter contradictorio, subjetivamente porque, como se ha señala­do, no se presentan como tercer polo de cla­se respecto al enfrentamiento entre ‘‘reac­cionarios” y “progresistas” en el ámbito de las fuerzas burguesas.


A la izquierda del PIE y de las forma­ciones más tradicionalmente stalinistas (como el PC griego), los resultados de las fuerzas de izquierda “alternativa” tienen un significado análogo, encerrados entre los límites objetivos y el carácter subjeti­vamente reformista de sus propuestas. Así han obtenido resultados positivos en Por­tugal (Bloque de Izquierda) y Holanda (Partido Socialista de Izquierda), poco sa­tisfactorios en Inglaterra (Respect) y por completo negativos en Francia.


Estos dos últimos ejemplos tienen signi­ficado particular por el papel de las fuerzas que se reclaman del marxismo revoluciona­rio. En Inglaterra, el motor de Respect ha sido el Partido Socialista de los Trabajado­res (SWP). Este liquidó cualquier perspecti­va de lista clasista, eligiendo realizar un mini frente popular con el demagogo ex la­borista, y feroz adversario al derecho del aborto, Gallowey, y con la burguesa Asocia­ción de Musulmanes Británicos (BMA) (los resultados más positivos de la lista se regis­tran allí donde la BMA es más fuerte; así, la justa lucha por reagrupar a la oprimida co­munidad musulmana es transformada en adaptación a su actual dirección burguesa).


La izquierda trotskista


Un significado particular tiene el resul­tado de la lista de Lutte Ouvnere y la Liga Comunista Revolucionaria en Francia. Se trataba do la única lista con una cierta con­sistencia precedente, que se presentaba > venía presentada con la etiqueta de “trotskista" y declaraba oponerse a la política de alianza con el centroizquierda y con la izquierda plural" El resultado ha sido completamente negativo. LO/LCR recogieron e 2,6% de los votos (a los cuales, para complementar el cuadro de apoyo al trotskismo francés hay que agregar el 0,7% de la lista del Partido de los Trabajadores, lambertista). Se trata de la mitad de los votos, en porcentaje, de las anteriores elecciones europeas, que habían permitido a las dos orga­nizaciones elegir cinco parlamentarios, y del 40% menos de las regionales del pasado mes de marzo. Sobre todo, aparecen lejos de los resultados de los dos candidatos a las presidenciales del 2002, Laguiller y Besancenot, que obtuvieron en conjunto más del 10le y, sobre todo, de las primeras (cierta- j mente genéricas) encuestas de este otoño (europeo) que daban la hipótesis de un voto potencial superior al 20% en todo el cuerpo electoral del país (por el contrario, los votos í son similares a los del grave fracaso de las elecciones parlamentarias nacionales del 2002, luego de la victoria de Chirac).


Luego del fracaso de la lista LO/LCR se ha abierto un enfrentamiento interno en la Liga en el cual las fuerzas de la amplia minoría de derecha, que se había opuesto a la alianza con LO, está avanzando en la pers­pectiva de reabrir un proceso de alianza con el PCF y los verdes, que ya fue la política de la Liga en los años ’80 y ’90, pero que ahora se encuadra abiertamente en una perspectiva de ingreso en un futuro gobierno bur­gués de “alternancia de izquierda”, que sigue niñearía el pasaje de la LCR al orden bur­gués, como ya ha ocurrido con la sección brasileña del SU, Democracia Socialista, que ingresó al gobierno de Lula.


En cuanto al lambertista Partido de los Trabajadores, su propuesta programática I es absolutamente reaccionaria. Se basa en los hechos en la defensa “soberanista” del Estado nacional francés (burgués e impe­rialista) contra la Unión Europea, en nom­bre de los “intereses de la clase obrera”. Una mistificación indigna de toda organiza­ción proletaria y que indica el nivel de dege­neración y de alejamiento de toda perspec­tiva revolucionaria y socialista de esta for­mación que en un tiempo pretendía defen­der el “trotskismo ortodoxo” en su enfrenta­miento con el revisionismo.


El conjunto de los resultados de las elec­ciones europeas, y de la situación objetiva que determinan, indican nuevamente con fuerza que la perspectiva de un desarrollo positivo para el proletariado está indisolu­blemente ligado al de la refundación del in­ternacionalismo revolucionario, es decir de la IV Internacional y de sus secciones. Esta necesidad es subrayada por la perspectiva general del cuadro continental que se ha se­ñalado al comienzo de este texto.


Una crisis de poder


En las últimas décadas, la crisis del ca­pital lo ha empujado, incluso en el Viejo Continente, a un constante ataque al sala­rio, directo, indirecto, y a las otras conquis­tas del proletariado y de las masas populares Esta ofensiva ha sido llevada adelante por todos los gobiernos, de cualquier color, que se han sucedido en los diversos países europeos, hayan sido de derecha, de centroizquierda o de “izquierda plural”. A pesar de los éxitos obtenidos, no obstante la resis­tencia obrera, esta ofensiva está lejos de ha­ber terminado. Con todas sus contradiccio­nes, la crisis capitalista persiste, y con ella, la necesidad del capital de defender y recuperar la tasa de beneficio. El futuro verá nuevos y muy fuertes ataques.


Lo cual es manifiesto considerando in­cluso la difícil nueva estructuración “consti­tucional” de la Unión Europea. El texto de la Constitución establecido el pasado 18 de junio expresa sobre un terreno formal las contradicciones generales de la UE. En ésta se desarrolla siempre de manera más fuer­te, de hecho, el contraste entre una línea enderezada a construir Europa como una estructura de alianzas imperialistas cohe­sionada y unificada, progresivamente en oposición al imperialismo norteamericano (posición del eje franco-alemán y del presi­dente saliente de la Comisión Europea, Ro­mano Prodi), y aquella que busca hacerla un socio fiel y en definitiva subordinado del imperialismo dominante (Gran Bretaña, Berlusconi y diversos países recientemente incorporados del Este, como Polonia). Más allá del reforzamiento relativo del eje fran­co-alemán a continuación de los aconteci­mientos de la posguerra en Irak, nada está determinado y esta contradicción se man­tiene como factor potencialmente explosivo de la actual UE; ninguno de las manipula­ciones por el voto calificado adoptado en el texto constitucional podrá resolverla.


Es por lo tanto necesario que la van­guardia marxista en todos los pauses de Eu­ropa indique claramente la propuesta alter­nativa al capitalismo, a su permanente ofensiva antiobrera y antipopular, a su polí­tica de guerra, a su crisis económica y so­cial, a la crisis de todos los gobiernos que se expresa en los términos que hemos indica­do. La perspectiva a plantear es la de echar, con el desarrollo de acciones de masas, a los gobiernos burgueses de todos los colores y de la creación de un gobierno de trabajado­res, basado sobre un programa de reivindi­caciones transitorias anticapitalistas (del control obrero a la escala móvil de horas de trabajo; de la disolución del ejército burgués y de los otros cuerpos represivos del Estado a la expropiación sin indemnización de los grandes medios de producción, bancos y aseguradoras).


Gobierno de trabajadores


Esta perspectiva puede y debe ser lan­zada en todos los países, incluso si las con­diciones de la crisis y las contradicciones y la potencialidad del movimiento proletario no son todas iguales. Así ha sido un crimen político de las tres principales organizacio­nes que se reclaman del trotskismo en Francia no plantear, en el curso de la gran movilización de mayo/junio de 2003 contra la reforma previsional del gobierno de Raffarin, la perspectiva de la huelga general indefinida para derrotar y tirar abajo al go­bierno, posición que estaba inscripta por completo en la potencialidad del movimien­to (LO se pronunció abiertamente en con­tra; la LCR llamó a la huelga general pero sin ligarla a la perspectiva de la caída del gobierno).


Hoy, uno de los países en los que se concentran mayores contradicciones es Italia. Es, entre los grandes países de la Unión Europea, aquel en el cual son ma­yores los elementos de la crisis económi­ca, como lo han demostrado los casos de Fiat y Parmalat. El “sistema Italia”, es decir la mezcla difusa de pequeñas y medianas empresas, combinado con una gran industria, en gran parte semi pública (siderurgia, naval-mecánica, termonu­clear, energía), al lado de unos pocos grandes grupos industriales (Fiat, Olivet­ti, Pirelli, etc.), fuertemente asistidos y fi­nanciados por el Estado, que en otra épo­ca han hecho la fortuna del capitalismo imperialista italiano, hace largo tiempo que ha entrado en crisis, sin que la políti­ca de privatizaciones masivas o el desa­rrollo de la “alta tecnología” pudieran re­solver la situación. El gobierno de dere­cha encabezado por Silvio Berlusconi vive grandes contradicciones, porque por la imposibilidad de ofrecerle una salida de la crisis a la burguesía en su conjunto, es posible, aunque no seguro, que caiga an­tes de las elecciones del 2006. Existe una amplia posibilidad de que sea sustituido por un gobierno de centroizquierda, que incluya al Partido de la Refundación Co­munista. El centroizquierda goza hoy del apoyo de la confederación de industriales y de todas las burocracias sindicales. Las grandes patronales y las grandes finan­zas le asignan la tarea de reequilibrar la situación a favor de los intereses de con­junto del capital. Por ilusoria que sea es­ta perspectiva frente a la realidad de la crisis internacional, los que pagarán el costo de la tentativa serán, como siempre, la clase obrera y las masas populares.


Sin embargo, la lucha del proletariado ha conocido en los últimos meses impor­tantes desarrollos. Los trabajadores del transporte como los metalúrgicos han lle­vado adelante batallas radicales, a veces con éxito, a veces no, pero siempre con un salto de calidad con respecto a la fase pre­cedente. Todo esto ha culminado en la es­pléndida huelga indefinida (extraña desde hace décadas a las tradiciones de lucha en Italia) de 21 días de los trabajadores de la planta de Fiat en Melfi, en el sur de Italia, que con su lucha han ganado una gran ba­talla y han dado una orientación al prole­tariado de todo el país. Al mismo tiempo, en terrenos diferentes al de la fábrica, se desarrollan luchas de gran amplitud, como las cuestiones ambientales, que han visto acciones directas de masas, con cortes de ruta y de vías ferroviarias que han impli­cado a regiones enteras.


Aunque todavía no haya una generali­zación de estas formas de lucha, también por el papel reaccionario de la burocracia sindical, la potencialidad existe. Se trata de partir de ella para señalar la necesidad de unificar las diferentes luchas y las diferen­tes reivindicaciones mediante una huelga general prolongada basada en una platafor­ma de reivindicaciones que incluyan la re­cuperación salarial, la reducción de la jor­nada laboral, la abolición de la flexibilidad, el pase a planta permanente de todos los trabajadores precarios, un salario social digno para todos los desocupados, la defen­sa y el mejoramiento del “estado social” y de las jubilaciones, y que reivindique clara­mente como su objetivo político el derroca­miento del gobierno reaccionario, antiobre­ro y antipopular de Berlusconi.


Al mismo tiempo, es necesario que los revolucionarios pongan en guardia a los trabadores y a las masas populares con­tra un nuevo gobierno de alternancia bur­guesa de centroizquierda. La consigna de be ser “Derrocar a Belusco ni pero no pa­ra gobernar con la Confíndustria y los banqueros”. La alternativa a plantear es la de un gobierno de trabajadores. Va di­rigida al conjunto de las organizaciones del movimiento obrero. El año pasado unos 11 millones de personas (el 30% del electorado) votaron a favor de un referén­dum que proponía extender a las peque­ñas empresas la protección contra los des­pidos existente en la legislación italiana para las empresas de más de 15 emplea­dos. Se trataba de la mayoría del proleta­riado italiano. Y esto no obstante el lla­mado al boicot del referéndum, en conjun­ción con la Confíndustria, no sólo de los partidos de la derecha sino también de la mayoría del centroizquierda (la ley prevé para la validez de la consulta la partici­pación de la mayoría de quienes tienen derecho a votar, por lo que las fuerzas pa­tronales llamaron al boicot, sabiendo que sino habría sido en cualquier caso una victoria del “sí”). Han llamado a partici­par y a votar “sí” partidos a la izquierda de los Demócratas de Izquierda (transfor­mación burguesa liberal del antiguo Par­tido Comunista), la corriente de izquierda socialdemócrata de este último y, a último momento, la principal confederación sin­dical, la CGIL (Confederación General del Trabajo). Es al conjunto de estas fuerzas que es necesario dirigirse con la consigna “rompan con la burguesía; construyan un polo autónomo de clase, contrapuesto al centroderecha reaccionario y a la cen­troizquierda confindustrial (patronal), que se plantee como alternativa de go­bierno sobre la base de un programa anti­capitalista”. Es con esta política que se puede dar una alternativa al proletariado y construir una alternativa de dirección. Es con este enfoque que actúan los com­pañeros de la Asociación Marxista Revo­lucionaria Progetto Comunista, conscientes de que la única garantía de la perspec­tiva de una alternativa clasista será la construcción de un partido revoluciona­rio, en el cuadro de la refundación de la IV Internacional.


La necesaria construcción de los partidos revolucionarios en los países europeos, en el cuadro de la Refundación de la IV Interna­cional, no podrá tener otra perspectiva.


  • Por una salida obrera a la crisis, por gobiernos de trabajadores en todos los países de Europa.
  • Abajo la Unión Europea, coalición imperialista del gran capital.
  • No a todos los gobiernos de la bur­guesía, incluidos aquellos de centroiz­quierda o de la “izquierda plural”.
  • Por la construcción de partidos revo­lucionarios del proletariado en todos los países europeos.
  • Por la refundación de la IV Interna­cional.
  • Por la independencia de clase del proletariado y de sus organizaciones.
  • Abajo todos los imperialismos, tanto norteamericano como europeo. Revo­lución proletaria. Estados Unidos So­cialistas de Europa.


(*) Los subtítulos fueron colocados por el Comité de Redacción de Prensa Obrera.