La insurrección de Ferguson

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La insurrección de Ferguson

Las últimas imágenes y noticias que llegan desde Ferguson, pequeña localidad del estado de Missouri, evidencian que las protestas por el el fusilamiento del joven negro Michael Brown, de 18 años, a manos de un agente policial, se han transformado en una insurrección popular. Ni siquiera el despliegue de la Guardia Nacional, que se moviliza en caso de catástrofes naturales o situaciones extremas de desorden público, ha logrado detener la ira de las masas. Una de las últimas noches de disturbios dejó dos heridos de bala y 78 detenidos. Los periodistas y cronistas que cubren la rebelión también han sido víctimas de la represión policial. La policía de Sant Louis, capital del estado, atizó aún más el fuego al fusilar a otro joven negro de seis balazos, la misma cantidad que recibió Brown. Brown, rematado a pesar de tener las manos en alto en señal de rendición, encuentra innumerables antecedentes, entre ellos la ejecución de Trevor Martin en Miami (2012) a manos de un agente que lo consideró sospechoso, y el estrangulamiento en julio pasado de Eric Garner por un policía de Nueva York. Cuarenta y ocho horas después del crimen de Brown, el asesinato de otro hombre negro en Los Angeles culminó con protestas. En todos los casos, los responsables de los crímenes están libres.

La rebelión de los barrios empobrecidos de Ferguson lleva días y noches enteras, y rememora la rebelión de 1991 en Sant Louis, cuando miles de personas protagonizaron seis días de combates contra las fuerzas policiales tras la paliza sufrida por un taxista negro. Para enfrentar la rebelión de Ferguson, las autoridades han recurrido a múltiples fuerzas represivas (a la Guardia Nacional se suman las policías estadual y del condado), transformando la ciudad en un campo de guerra. En esta ocasión, sin embargo, las protestas han logrado un alcance nacional: el jueves 14 se desarrolló en 90 ciudades “un ‘minuto de silencio nacional’ en honor a las víctimas de la violencia policial tras el suceso de Ferguson” (Página/12, 16/8). Los activistas que bloqueaban durante la misma semana la descarga de un buque israelí en el puerto de Oakland, reivindicaban también a Brown y comparaban el sitio de Ferguson con la ocupación de Gaza.

Sería un severo error reducir los últimos crímenes a un problema meramente racial. Constituyen un problema político y de clase de primer orden. El largo proceso de “militarización de la policía” que ha descripto recientemente el periodista Gleen Greenwald (RSN, 17/8), donde estas se transforman en verdaderas fuerzas de invasión y de ocupación contra los explotados, tiene como objetivo central a la “disidencia interna”, en un cuadro de bancarrota económica. La inyección de fondos para las fuerzas policiales creció astronómicamente luego del 11S, y se complementa con la “legislación antiterrorista”, la pena de muerte, la brutalidad del sistema carcelario, y el gigantesco aparato de espionaje que pusieron en evidencia las denuncias del exiliado Snowden. Obama ha asignado a los departamentos policiales decenas de miles de ametralladoras, miles de piezas de equipos de camuflaje y visión nocturna, silenciadores, blindados, e inclusive aviones. En Ferguson, las tropas embisten contra los manifestantes con blindados, helicópteros y hasta se ha creado una zona de exclusión aérea. Estados Unidos gasta 75 mil millones de dólares anuales en seguridad interna, lo que constituye una manifestación adicional del estado de excepción que rige contra las masas en la “principal democracia del mundo”.


Gustavo Montenegro