La Internacional Revolucionaria y la reconstrucción de la IV Internacional

Texto presentado por el Partido Obrero como contribución a la Conferencia de Atenas y al debate sobre una Internacional.

Imagen: Prensa Obrera.

La crisis mundial del capitalismo ha ingresado en una nueva fase. La guerra se ha convertido en el rasgo dominante de la situación internacional; el orden mundial surgido de la Segunda Guerra se encuentra en un proceso de desintegración; la lucha entre las potencias se intensifica en todos los terrenos; las contradicciones económicas se agravan y las masas vuelven a irrumpir periódicamente en la escena política. La humanidad se enfrenta nuevamente a la alternativa planteada por Rosa Luxemburgo: socialismo o barbarie.

Es urgente la necesidad de una internacional obrera para dar una respuesta al salto a la guerra y la barbarie que propone el capitalismo. Las rebeliones contra la austeridad de la crisis capitalista. La amenaza de la ultraderecha. Las tendencias internacionalistas que se expresan en el movimiento por Palestina y en el rechazo al militarismo y a la conscripción. Los trabajadores necesitamos constituir un Estado Mayor propio que pueda llevar nuestras luchas a una victoria, a la pelea por gobiernos de trabajadores. Dirigimos a la vanguardia obrera del mundo el planteo de refundar una internacional obrera revolucionaria. Por su programa y sus métodos, esa internacional debe ser la Cuarta Internacional. Las condiciones históricas que llevaron al planteo cuartainternacionalista se mantienen. Las premisas estratégicas de su programa mantienen plena actualidad porque expresan las contradicciones objetivas del capitalismo contemporáneo. La reconstrucción de la Cuarta Internacional no constituye, por ello, un problema de continuidad formal, sino una necesidad política impuesta por el desarrollo de la lucha de clases mundial.

I. La guerra como rasgo dominante de la situación internacional

La guerra constituye el rasgo dominante de la actual etapa histórica. No asistimos a una sumatoria de conflictos regionales sino a la manifestación de una tendencia general hacia una confrontación cada vez más amplia entre las principales potencias capitalistas. Ucrania, Palestina, Oriente Medio, el Indo-Pacífico, África, las guerras comerciales, tecnológicas y financieras forman parte de una misma crisis internacional.

La creciente militarización de la economía, el rearme de las grandes potencias, la expansión de alianzas militares, el aumento del gasto en armamentos y la utilización cada vez más frecuente de guerras, revelan que el capitalismo intenta resolver, mediante la fuerza, contradicciones que ya no puede procesar por medios económicos o diplomáticos.

No se trata de un retorno mecánico a las guerras mundiales del siglo XX. Las formas de la confrontación han cambiado. Pero su contenido permanece inalterado: la lucha por el reparto de mercados, recursos estratégicos, zonas de influencia y posiciones de dominio mundial. La competencia económica desemboca crecientemente en la confrontación militar. La crisis internacional está llamada a pasar aproximaciones, giros y realineamientos entre los principales actores en cuyo desarrollo terminará de establecerse una configuración definitiva de los bloques en pugna en vistas a una futura guerra mundial.

La guerra no constituye un accidente de la política internacional, ni el producto de gobiernos particularmente agresivos. Es una expresión de la fase imperialista del capitalismo. Por ello, la lucha consecuente contra la guerra exige combatir el sistema social que la engendra. Todo pacifismo que pretenda separar la lucha por la paz de la lucha contra el capitalismo termina subordinándose a alguno de los bloques en disputa o sembrando ilusiones en una solución diplomática imposible dentro del orden existente.

La época vuelve a colocar a la clase obrera frente a problemas estratégicos. La guerra modifica las condiciones de la lucha de clases, acelera la ofensiva del capital contra las masas, fortalece tendencias bonapartistas y fascistas y reabre la perspectiva de grandes enfrentamientos revolucionarios. La elaboración de una política internacionalista exige partir de esta caracterización de la etapa.

II. La guerra expresa la crisis histórica del capitalismo

La guerra es la manifestación más aguda de la crisis histórica del régimen social fundado en la propiedad privada de los medios de producción y en la división del mundo en Estados nacionales rivales. La tendencia hacia la guerra mundial expresa que las contradicciones del capitalismo han alcanzado un grado de desarrollo que ya no puede resolverse por medios pacíficos.

Las dos guerras mundiales fueron precedidas por profundas crisis económicas que alteraron el equilibrio del sistema capitalista. La etapa actual reproduce esa tendencia bajo nuevas formas. La restauración capitalista en la ex Unión Soviética, Europa del Este y China no inauguró un nuevo ciclo histórico de florecimiento del capitalismo mundial. Por el contrario, lejos de superar sus contradicciones, agudizó las crisis de sobreproducción, amplió el mercado mundial sobre bases cada vez más inestables y preparó conmociones y estallidos económicos de una magnitud superior.

La crisis financiera internacional de 2008 marcó un punto de inflexión. Pese a la enorme intervención de los Estados y de los bancos centrales, el capitalismo mundial no logró superar sus consecuencias. El crecimiento de la deuda pública y privada, la caída de la productividad, las tendencias al estancamiento, la proliferación de burbujas especulativas y las recurrentes convulsiones financieras demuestran que la crisis permanece abierta. A su vez, el imperialismo fracasó en su tentativa de lograr una semicolonización del antiguo espacio soviético y de China y, por esa vía, superar su crisis.

La ofensiva a escala global en la que está embarcado Trump constituye una tentativa del imperialismo yanqui por retomar la iniciativa y el protagonismo perdido y rediseñar el planeta de acuerdo a sus necesidades. La guerra aparece como un intento de las potencias, en primer lugar la norteamericana y las europeas, por modificar mediante la fuerza una relación de fuerzas que la economía ya no puede resolver.

Frente a esta realidad, numerosas corrientes de izquierda caracterizan la crisis como una sucesión de desequilibrios, desajustes o perturbaciones coyunturales del funcionamiento capitalista. De ese modo reducen la crisis a un fenómeno cíclico y dejan de lado su carácter sistémico. Esta interpretación conduce inevitablemente a buscar soluciones dentro del propio capitalismo y a sembrar ilusiones en una eventual recuperación del sistema.

La presente crisis tiene un alcance diferente. Expresa el agotamiento histórico de las relaciones sociales capitalistas y la creciente incompatibilidad entre el desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas, de un lado, y la propiedad privada de los medios de producción y el armazón de los Estados nacionales, del otro. La guerra, las crisis económicas recurrentes, el endeudamiento crónico, el militarismo y la ofensiva permanente contra las condiciones de vida de las masas son distintas manifestaciones de una misma contradicción histórica.

La alternativa que enfrenta la humanidad conserva, por ello, toda su vigencia. La crisis del capitalismo no desembocará espontáneamente en una sociedad superior. Puede conducir a nuevas formas de barbarie o abrir paso a la revolución socialista. La resolución de esta contradicción depende de la intervención consciente de la clase obrera y de la construcción de su dirección revolucionaria. El ciclo histórico abierto con la revolución de octubre sigue vigente.

III. La crisis del orden imperialista y el declive relativo de la hegemonía norteamericana

El centro de gravedad de la crisis capitalista mundial se concentra en la descomposición del orden imperialista establecido bajo la hegemonía de Estados Unidos al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Durante décadas, ese orden descansó en la supremacía económica, financiera, monetaria y militar norteamericana y en un conjunto de instituciones internacionales destinadas a garantizar la estabilidad del dominio capitalista mundial.

Ese sistema ha ingresado en una crisis profunda. Estados Unidos continúa siendo la principal potencia imperialista, pero su capacidad para organizar y estabilizar el orden mundial se encuentra crecientemente erosionada. El desarrollo desigual del capitalismo, el ascenso de nuevos competidores y el agravamiento de las contradicciones económicas han debilitado los fundamentos de la hegemonía norteamericana.

La crisis del orden de posguerra se manifiesta en el deterioro de las instituciones que durante décadas articularon el sistema internacional. Los crecientes cuestionamientos al FMI, la parálisis de la OMC, las tensiones que atraviesan las alianzas militares occidentales y el recurso cada vez más frecuente a las sanciones económicas, las guerras comerciales y la coerción militar expresan la pérdida de eficacia de los mecanismos tradicionales de dominación imperialista. También se constata en la desvalorización del dólar y su declinación como reserva de valor y medio de pago internacional al igual que en la depreciación y pérdida de confianza que experimentan en los mercados los bonos del Tesoro norteamericano.

Europa constituye una de las expresiones más evidentes de esta crisis. El estancamiento económico, la pérdida de competitividad, la crisis energética, el incremento del gasto militar y su creciente subordinación estratégica a Estados Unidos revelan el retroceso relativo de las viejas potencias europeas dentro del sistema mundial.

La crisis de la hegemonía norteamericana intensifica la competencia entre las principales potencias por el control de mercados, recursos estratégicos, tecnologías y áreas de influencia. La descomposición del viejo orden internacional constituye, de este modo, uno de los principales motores de las tendencias contemporáneas hacia la guerra.

IV. La disgregación del orden imperialista no ha dado nacimiento a un mundo multipolar

La crisis del orden imperialista no ha dado lugar a un nuevo sistema internacional. La descomposición de la hegemonía norteamericana y el debilitamiento de las instituciones surgidas después de la Segunda Guerra Mundial no deben confundirse con la consolidación de un orden multipolar. La crisis del viejo orden es un hecho; la existencia de un orden sustituto es una ficción.

El ascenso económico y militar de China, la recuperación de Rusia como potencia regional y la mayor gravitación internacional de otros Estados expresan modificaciones importantes en la relación mundial de fuerzas. Sin embargo, ninguna potencia ni coalición de potencias ha logrado constituir un nuevo equilibrio capaz de reemplazar al sistema en crisis. La característica fundamental de la etapa es precisamente la ausencia de un nuevo orden estable.

Los BRICS reflejan esta realidad. Su desarrollo expresa las tensiones existentes dentro del sistema internacional y la aspiración de determinadas burguesías nacionales a obtener una posición más favorable en el reparto mundial de los mercados, las finanzas y los recursos estratégicos. Pero no constituyen un bloque homogéneo ni una alternativa histórica al orden capitalista vigente. Las profundas contradicciones políticas, económicas y geopolíticas entre sus integrantes impiden caracterizarlos como el embrión de un nuevo sistema internacional.

China ocupa un lugar central en este proceso. Su extraordinario crecimiento económico modificó profundamente la estructura del capitalismo mundial. Sin embargo, ese ascenso no ha dado origen a un orden alternativo. China se ha convertido en una gran potencia capitalista integrada al mercado mundial y comprometida en una creciente disputa con Estados Unidos por la apropiación de mercados, tecnologías, materias primas y áreas de influencia. Esta rivalidad expresa la crisis del orden existente; no su superación.

Las teorías de la multipolaridad extraen conclusiones políticas equivocadas. Presentan el debilitamiento relativo de Estados Unidos como el surgimiento de un orden más equilibrado o progresivo y alimentan ilusiones en que la humanidad podría encontrar una salida mediante el reemplazo de una hegemonía por otra. Desde el punto de vista del socialismo revolucionario, ninguna potencia capitalista puede ofrecer una alternativa a la crisis histórica del capitalismo.

La ausencia de un nuevo equilibrio internacional constituye uno de los principales factores de inestabilidad mundial. La lucha por definir una nueva relación de fuerzas entre las potencias alimenta las tendencias a la guerra, al militarismo y a la confrontación generalizada. La alternativa histórica no es la transición hacia un mundo multipolar, sino la disyuntiva entre una profundización de la barbarie capitalista y la lucha por una reorganización socialista de la sociedad mundial.

V. La guerra vuelve a dividir aguas en el marxismo internacional

Las guerras imperialistas someten a prueba todos los programas y todas las organizaciones políticas. Como ocurrió en 1914 con el derrumbe de la Segunda Internacional y en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, la guerra vuelve a establecer una divisoria de aguas entre quienes subordinan a los trabajadores a alguno de los bloques capitalistas enfrentados y quienes defienden una política de independencia de clase.

La guerra en Ucrania ha puesto de manifiesto una profunda adaptación de amplios sectores de la izquierda a los campos en disputa. Una parte ha terminado alineándose con la OTAN y con las potencias occidentales bajo la cobertura de una pretendida defensa de la democracia, de los derechos humanos o de la autodeterminación nacional. Otra ha capitulado al campismo, presentando a Rusia, China o los BRICS como un bloque progresivo o antiimperialista y atribuyéndoles una misión histórica ajena a su carácter de potencias capitalistas.

Entre ambas posiciones proliferan formulaciones intermedias que, bajo la apariencia de una política independiente, terminan adaptándose a uno de los campos en conflicto. La abstracción de determinados aspectos de la realidad -como el derecho de autodeterminación nacional o la resistencia a una agresión militar- desligados del carácter general de la guerra y de la intervención de las grandes potencias conduce frecuentemente a conclusiones políticas que favorecen a uno de los bloques enfrentados.

También surgieron posiciones que reivindican una supuesta “resistencia independiente ucraniana”, sin extraer todas las conclusiones derivadas de la subordinación militar, financiera y política del Estado ucraniano a las potencias occidentales. Estas posiciones reflejan la dificultad de amplios sectores de la izquierda para mantener una política de independencia de clase frente a conflictos dominados por la intervención de las grandes potencias.

La política del proletariado no puede deducirse de simpatías nacionales ni de preferencias geopolíticas. Debe partir del rol de los Estados en pugna en el concierto internacional, del carácter de clase de la guerra y de los intereses históricos de los trabajadores. Por ello, los socialistas revolucionarios rechazamos toda subordinación a cualquiera de las potencias capitalistas enfrentadas y defendemos una política internacionalista independiente.

La guerra vuelve a plantear la actualidad de una vieja enseñanza del movimiento obrero revolucionario: el enemigo principal de los trabajadores se encuentra en su propio país. Sólo sobre la base de esta delimitación de principios puede desarrollarse una política capaz de unir a los trabajadores de todos los países contra el imperialismo, la guerra y el sistema social que los engendra. En oposición a la Unión Europea imperialista del guerrerismo y la austeridad, de un lado, y al chauvinismo reaccionario -que tuvo su expresión más clara en el Brexit-, del otro, planteamos la unidad socialista de todos los trabajadores y pueblos de Europa incluida Rusia.

VI. El internacionalismo proletario y el derrotismo revolucionario

La delimitación frente a las potencias capitalistas en pugna encuentra su expresión positiva en el internacionalismo proletario y en el derrotismo revolucionario. Estos principios no constituyen fórmulas propagandísticas, ni consignas del pasado. Son la única política capaz de defender los intereses históricos de la clase obrera en una época de guerras, crisis y revoluciones.

El internacionalismo proletario parte de una realidad objetiva: la comunidad de intereses de los trabajadores de todos los países frente al capital. Mientras las burguesías nacionales procuran movilizar a las masas detrás de sus objetivos militares y estratégicos, la tarea de los revolucionarios consiste en fortalecer la unidad internacional de la clase obrera contra todos los gobiernos capitalistas y contra todos los bloques imperialistas.

El derrotismo revolucionario no significa indiferencia frente al resultado de la guerra, ni una actitud pasiva ante los acontecimientos. Significa rechazar toda colaboración con la propia burguesía y combatir la política de “unión nacional” que inevitablemente acompaña a los conflictos militares. La defensa de la democracia o de la seguridad nacional constituye, en las guerras imperialistas, el lenguaje ideológico mediante el cual las clases dominantes intentan subordinar a los trabajadores a objetivos ajenos a sus intereses.

La guerra modifica profundamente la situación política y social. El aumento del gasto militar, la inflación, el deterioro de las condiciones de vida, la restricción de las libertades democráticas y el fortalecimiento de los aparatos represivos generan nuevas contradicciones y alimentan la resistencia de las masas. La tarea de los revolucionarios consiste en intervenir en esas luchas con una política independiente, orientándolas contra la clase capitalista y su Estado.

El pacifismo constituye una respuesta insuficiente e ilusoria. La guerra no puede eliminarse mediante llamamientos diplomáticos, conferencias internacionales o acuerdos entre gobiernos que representan los mismos intereses capitalistas responsables de su existencia. Mientras subsistan las causas sociales que la producen, toda paz será precaria y preparará nuevos conflictos.

La lucha contra la guerra exige transformar la crisis provocada por ella en una crisis del dominio de la burguesía. La tarea estratégica del proletariado no consiste en elegir entre potencias capitalistas enfrentadas, sino en transformar la guerra imperialista en una guerra civil contra sus propias burguesías, para luchar por una salida histórica: la conquista del poder y la reorganización socialista de la sociedad.

VII. Las guerras de liberación nacional contra el imperialismo

La contradicción fundamental de la sociedad contemporánea enfrenta al capital con el trabajo. Sin embargo, el imperialismo no elimina otras contradicciones históricas, sino que las reproduce y profundiza. Entre ellas ocupa un lugar central la cuestión nacional. La dominación económica, política y militar de las grandes potencias sobre pueblos y naciones oprimidas continúa siendo una característica fundamental del orden mundial.

Los socialistas revolucionarios distinguimos entre naciones opresoras y naciones oprimidas. No adoptamos una posición neutral frente a esa contradicción. La lucha de los pueblos sometidos a la agresión, ocupación o dominación imperialista posee un contenido progresivo porque debilita los mecanismos de opresión sobre los que descansa el sistema imperialista mundial. Los revolucionarios nos distinguimos por tomar el campo militar de defensa de la nación oprimida contra una potencia imperialista, no solo si el gobierno oprimido es relativamente progresivo, sino incluso si tiene un carácter represivo o reaccionario. Decimos que para ser exitosa la lucha anticolonial debe estar dispuesta a armar a la población y a expropiar a la burguesía, como en las revoluciones de Cuba o China.

Esta posición no implica otorgar apoyo político a los gobiernos o direcciones burguesas de las naciones oprimidas. La burguesía nacional es incapaz de llevar hasta el final una lucha consecuente contra el imperialismo porque sus intereses materiales la atan al orden capitalista que dice combatir. Las tesis de la revolución permanente continúan siendo un instrumento adecuado para explicar la dinámica de la revolución contemporánea. La independencia política de la clase obrera constituye una condición indispensable para que la lucha nacional pueda desarrollarse hasta sus últimas consecuencias.

Las agresiones imperialistas de las últimas décadas confirman esta caracterización. Palestina constituye el ejemplo más evidente de una nación sometida a una opresión sistemática por parte del Estado de Israel, sostenido política, militar y financieramente por las principales potencias occidentales. La defensa del derecho del pueblo palestino a resistir esa opresión forma parte de la lucha general contra el imperialismo. Las diferencias de programa y perspectivas políticas que mantengamos los socialistas con Hamas y restantes organizaciones en Gaza no pueden ser una excusa para sacarle el cuerpo a la lucha tal cual se da en el teatro de operaciones, como ha ocurrido con corrientes de izquierda como el PTS de Argentina. Reivindicamos el derecho del pueblo palestino a rebelarse con todos los medios a su alcance. La actitud pacifista de la izquierda en este punto revela una adaptación a la presión y bombardeo mediático ejercidos por el imperialismo y el sionismo.

Lo mismo vale para los ataques y amenazas dirigidos contra Irán y otros países sometidos a la presión militar, económica o diplomática de las grandes potencias. La derrota de esas agresiones constituye un interés de los pueblos oprimidos y de la clase obrera internacional. Ninguna intervención imperialista puede aportar una salida progresiva a los problemas nacionales, democráticos o sociales de los países sometidos a su dominación.

El hecho de que el nacionalismo burgués asuma en ciertas ocasiones rasgos ideológicos reaccionarios, religiosos o étnicos, no cambia la ubicación de los revolucionarios en el campo de lucha nacional frente al imperialismo. La explicación de los marxistas de cada conflicto no parte de su cobertura ideológica ni del discurso de sus protagonistas sino de la estructura social real que está en choque y de los intereses sociales y nacionales que están en juego. Los medios de comunicación occidentales gustan de presentar los conflictos en África y Medio Oriente como consecuencia de odios ancestrales, cuando hasta el último de ellos responde necesariamente a las disputas capitalistas y a la acción del imperialismo en sus regiones, con todo el peso de los pasados coloniales relativamente recientes. La polémica y delimitación revolucionaria para superar el islamismo en el terreno que ha ganado como variante de choque con el imperialismo, en particular frente al recule de una importante camada de direcciones nacionales que se presentaban bajo ropajes laicos y de liberación nacional y se entregaron completamente a la subordinación al imperialismo y el sionismo, debe realizarse por la vía de mostrarse como la dirección más efectiva de la lucha nacional.

La disputa de los socialistas con las direcciones religiosas y nacionalistas no tiene ningún punto en común con la propaganda imperialista que los retrata como “barbarie” frente a la “civilización” de las bombas y la limpieza étnica. El carácter ideológicamente reaccionario de sectores de la resistencia palestina u otros grupos combatientes ha sido usado como parte de las argumentaciones de quienes levantaron posiciones pacifistas o neutralistas en los conflictos de Medio Oriente. Denunciamos que esto equivale a asumir la propaganda imperialista desde la izquierda. Toda acción militar contra el sionismo y el imperialismo es la respuesta a un proceso de coloniaje, limpieza étnica y agresión infinitamente preexistente. La islamofobia y la propaganda en general contra los migrantes del mundo explotado es la bandera de la ultraderecha, pero tiene también sus variantes presentadas como laicas, progresistas y hasta defensoras de la mujer y la comunidad LGTBI. Como le ha respondido sistemáticamente el movimiento de masas por Palestina al pinkwashing del imperialismo y el sionismo, los impulsores del genocidio y las guerras imperialistas son el peor opresor de toda la humanidad, y rechazamos que quieran apelar a cualquier bandera progresista.

La lucha contra la opresión nacional y la lucha por el socialismo forman parte de un mismo proceso histórico. Sólo la acción independiente de la clase obrera, al frente de todos los sectores explotados y oprimidos, puede llevar hasta el final la lucha contra el imperialismo y abrir paso a una verdadera emancipación nacional y social. La revolución socialista no se opone a las aspiraciones nacionales de los pueblos oprimidos, constituye su única solución consecuente y duradera. Esta orientación estratégica se resume en las siguientes consignas: fuera el imperialismo de Medio Oriente, por la destrucción del Estado de Israel, por una Palestina única, laica y socialista, en el marco de la unidad socialista de todos los pueblos de Medio Oriente.

VIII. La lucha contra la ultraderecha

La tendencia a la guerra imperialista tiene una traducción en el plano político en la proliferación de las fuerzas ultraderechistas y fascistizantes. La ultraderecha gobierna en Estados Unidos, Israel, Italia y en gran parte de América Latina. Tiene posibilidades de ganar nada menos que en Inglaterra, Alemania y Francia. Estas fuerzas, que encarnan gobiernos de ofensiva directa contra los trabajadores, emergen, en parte, como resultado del fracaso de la democracia capitalista y sus fuerzas tradicionales para dar salida a las aspiraciones más elementales de las masas. A su vez, como una necesidad del capital de disciplinar el “frente interno” en momentos donde se prepara para avanzar en la guerra imperialista. En algunos casos, se diferencian de los fascismos clásicos por no estar asentadas en fuerzas de choque reclutadas en sectores de la pequeña burguesía. Buscan escindir a la propia clase trabajadora utilizando las herramientas del Estado, desenvolviendo una política racista, antimigrantes, machista, homofóbica, antisindical e incluso anticomunista. En otros casos, las tendencias fascistas afloran más nítidamente, como lo testimonia la policía antiinmigrante en Estados Unidos (ICE) o las represalias armadas y parapoliciales realizadas por los colonos sionistas en Cisjordania.

El auge de la derecha no cancela, sin embargo, las posibilidades de la irrupción combativa de los trabajadores y la juventud en el proceso político. Así lo prueba la extraordinaria rebelión de obreros y campesinos de Bolivia y la movilización estudiantil contra Kast en Chile. En Estados Unidos, las protestas “No Kings” pusieron ocho millones de personas en las calles, mientras la juventud fue protagonista de ocupaciones de universidades en rechazo al genocidio en Palestina. En Italia, se puso en acción el proletariado, a través de la huelga general y los bloqueos, para paralizar la maquinaria de guerra, la producción y el despacho de armamentos. Ha habido huelgas contra las reformas laborales y previsionales. Otras rebeliones han tenido lugar contra los ajustes fondomonetaristas, como en Kenia, o contra gobiernos de tinte progresista o nacionalista devenidos en profundamente reaccionarios, como en Albania o Nepal.

En muchas de estas experiencias ha quedado en evidencia, al mismo tiempo que el potencial de luchas de la clase obrera, su enorme crisis de dirección. Muchas de estas rebeliones han dado lugar a reajustes en el marco del mismo sistema político o se han diluido por la enorme carencia de la clase obrera en términos de dirección. Varias de las explosiones identificadas con la Generación Z incluso han dado lugar a salidas reaccionarias. Hay, por otro lado, giros extraordinarios de búsqueda de una salida por izquierda, canalizadas en general por variantes del progresismo o la izquierda institucional.

La lección que dejan estos procesos es que el impulso de la lucha debe ir de la mano de la construcción de una fuerza política revolucionaria de los trabajadores. Sólo la acción independiente de la clase obrera, actuando como dirección de todos los sectores oprimidos, puede llevar hasta el final la lucha contra la explotación, la opresión y todas las formas de barbarie que engendra el capitalismo

En la lucha contra la reacción política, es necesario distinguir la estrategia frentepopulista de la táctica del frente único obrero. Mientras la primera implica la subordinación política de la clase obrera al programa, los métodos y las instituciones de la clase capitalista -lo que desactiva la intervención directa de las masas y prepara el camino para el triunfo, más temprano que tarde, de la reacción política-, la segunda representa el impulso de la lucha de clases, es decir, la acción directa de todas las fuerzas obreras en presencia, defendiendo siempre la independencia política de los trabajadores.

La bancarrota capitalista en desarrollo tiene un efecto disolvente sobre los regímenes políticos tradicionales: outsiders con fuerzas políticas nuevas o improvisadas gobiernan en más de una decena de países. El sistema político inglés, considerado un bipartidismo robusto, se escinde por izquierda y por derecha, con sucesivos fracasos conservadores y laboristas y una migración de sus votantes hacia el neofascismo de Reform UK o a una versión izquierdizada del Partido Verde. Otro tanto pasa en Francia con los saltos en apoyo de Rassemblement Nacional y La France Insoumise. En Estados Unidos, aunque formalmente se mantiene el esquema bipartidista, se han desarrollado alas muy diferenciadas dentro de él, tanto fascistizantes con el MAGA de Trump, que controla el aparato del Partido Republicano, como el DSA que preside una amplia ala socialdemócrata, que tiene más de 200 cargos electos y ha conquistado con Mamdani la administración de Nueva York, la principal ciudad del país y la más rica del mundo. El reformismo de DSA, desarrollándose como el ala izquierda de un partido imperialista, no quita que se apoye en planteos militantes, izquierdistas e incluso en el movimiento por Palestina y la denuncia del genocidio. De conjunto, está presente una tendencia a la polarización política.

En muchos casos, los giros a la izquierda expresan una tendencia a la radicalización de sectores de las masas. Esta tendencia, sin embargo, debe distinguirse de la orientación democratizante de las direcciones políticas que, por el momento, capitalizan esos giros. Los socialistas revolucionarios intervenimos en estos procesos rehuyendo tanto al sectarismo impoluto, que nos condena a la marginalidad política, como al oportunismo, que nos conduce a la disolución detrás de un izquierdismo defensor del orden imperante. Intervenimos, por el contrario, mediante una lucha programática y combativa, desenvolviendo un programa de reivindicaciones transicionales y manteniendo siempre nuestra independencia política.

IX. La independencia política de clase contra toda forma de colaboración con la burguesía

La lucha contra la guerra, el imperialismo, la ultraderecha y la crisis capitalista exige la más estricta independencia política de la clase obrera. Ninguna variante de colaboración de clases puede ofrecer una salida progresiva a las contradicciones de la época. La subordinación de los trabajadores a sectores de la burguesía, aun bajo las formas más radicales o reformistas, termina reforzando el dominio del capital y desarmando políticamente a las masas.

La experiencia histórica del último período confirma plenamente esta conclusión. Allí donde amplios sectores de la izquierda depositaron sus expectativas en gobiernos nacionalistas, progresistas o reformistas, terminaron adaptándose a la gestión del Estado capitalista. La defensa del "mal menor", de los frentes democráticos o de supuestas etapas intermedias condujo sistemáticamente a la renuncia a una política independiente de la clase obrera.

América Latina ofrece numerosos ejemplos de esta experiencia. El chavismo en Venezuela, los gobiernos del Partido de los Trabajadores en Brasil, las distintas variantes del peronismo en Argentina y otras expresiones del nacionalismo y del progresismo latinoamericano fueron presentadas como caminos alternativos al neoliberalismo y al dominio imperialista. Sin embargo, ninguno alteró las bases sociales del capitalismo, ni resolvió los problemas fundamentales de las masas trabajadoras. Por el contrario, terminaron administrando las contradicciones del sistema y descargando sobre la población los costos de sus crisis.

La adaptación de amplios sectores de la izquierda a estos gobiernos tuvo consecuencias profundas. En lugar de desarrollar una alternativa política independiente, actuaron como sostén crítico o como aliados directos de experiencias cuyo horizonte permanecía dentro de los límites del capitalismo. Esta orientación debilitó la capacidad de la clase obrera para intervenir con una política propia y favoreció, en numerosos casos, el avance posterior de fuerzas reaccionarias y de extrema derecha.

La misma lógica se expresa en el apoyo a coaliciones democráticas, frentes amplios o alianzas electorales construidas en nombre de la defensa de las instituciones, de la lucha contra el fascismo o de la preservación de conquistas parciales. La experiencia demuestra que la subordinación a sectores de la burguesía no fortalece la lucha contra la reacción. Por el contrario, permite que la derecha levante cabeza y pavimenta el camino para que termine encaramándose en el poder y dando pie a nuevas frustraciones y nuevas derrotas para los trabajadores.

Esta izquierda progresista se encuentra en retroceso por el desastre de los gobiernos progresistas latinoamericanos, adaptados al Fondo Monetario y el imperialismo norteamericano, lo mismo que Syriza en Grecia y el gobierno PSOE-Unidos Podemos. Miles han buscado en Melenchon, Corbyn, Mamdani y otros un camino al socialismo o alguna forma de cambio social, mientras lo que han encontrado son decepciones, desmovilización y frustraciones. Decenas de miles han mostrado que desean un canal militante por izquierda, pero se han encontrado solo con aparatos electorales funcionales a la reproducción del sistema. El margen del reformismo es muy pequeño en épocas del desastre capitalista y la guerra.

La independencia política de clase no significa aislamiento, ni indiferencia frente a los acontecimientos reales de la lucha de clases. Significa intervenir activamente en ellos con un programa propio, impulsando la movilización independiente de los trabajadores y luchando por disputar la dirección política de las masas a las corrientes reformistas, nacionalistas y burocráticas. Sólo sobre esta base puede desarrollarse una alternativa revolucionaria capaz de enfrentar las tareas planteadas por la época.

X. La actualidad del método del Programa de Transición

La guerra, la crisis económica y la ofensiva del capital contra las condiciones de vida de las masas confieren una renovada actualidad al método del Programa de Transición. La contradicción fundamental de nuestra época continúa siendo la existente entre la madurez de las condiciones objetivas para una reorganización socialista de la sociedad y la ausencia de una dirección revolucionaria capaz de conducir a la clase obrera hacia la conquista del poder.

Las reivindicaciones inmediatas de los trabajadores chocan cada vez más con los límites del capitalismo. La defensa del salario, del empleo, de las jubilaciones, de la salud, de la educación, de la vivienda y de las libertades democráticas entra en conflicto con las exigencias del capital financiero, del endeudamiento público, del militarismo y de la preservación de la ganancia de los capitalistas. Incluso las demandas más elementales plantean, en forma creciente, la necesidad de cuestionar la propiedad capitalista y el poder del Estado.

Las consignas transicionales constituyen el puente entre las luchas inmediatas y la lucha por el poder. No representan un programa mínimo destinado a humanizar el capitalismo, ni un conjunto de reivindicaciones arbitrarias. Surgen de las necesidades concretas de las masas y conducen, a través de su propia dinámica, a plantear la necesidad de una transformación revolucionaria de la sociedad.

La escala móvil de salarios y de horas de trabajo, el reparto de las horas de trabajo sin reducción salarial frente a la desocupación, la apertura de los libros de las empresas, el control obrero de la producción, la nacionalización de la banca y del comercio exterior bajo gestión de los trabajadores, la expropiación de los monopolios y el desconocimiento de las deudas usurarias constituyen ejemplos de reivindicaciones que enlazan las necesidades inmediatas con la lucha por el gobierno de los trabajadores.

La actualidad de este programa se expresa con particular claridad en una época de guerra y militarización. Mientras los gobiernos destinan recursos crecientes al armamentismo y descargan sobre las masas el costo de la crisis, las reivindicaciones transicionales permiten unificar las luchas defensivas de los trabajadores con una perspectiva política general contra el dominio del capital.

La guerra es una expresión de la barbarie capitalista, pero también un poderoso factor de crisis revolucionarias. Las grandes guerras del siglo XX estuvieron acompañadas por ascensos revolucionarios que modificaron el curso de la historia. La tarea de los revolucionarios consiste en intervenir en las luchas actuales con un programa capaz de transformar la resistencia de las masas en una lucha consciente por la conquista del poder y la reorganización socialista de la sociedad.

XI. Las luchas en los sindicatos y contra las distintas formas de opresión y la perspectiva de la revolución socialista

En la lucha contra la ofensiva capitalista que domina el panorama mundial se plantea impulsar el frente único de todas las organizaciones obreras y abrir el paso a una respuesta de la clase obrera a la altura de las necesidades. El triunfo de la lucha por las diferentes reivindicaciones sociales está íntimamente ligado a la independencia política de los trabajadores. El colaboracionismo que impera a nivel global de las distintas alas de la burocracia sindical, y que oficia de dique de contención de la lucha obrera, tiene que ver con su condición de agentes del capital al interior de las organizaciones de los trabajadores. En este contexto, adquiere una completa actualidad la exigencia de que las organizaciones obreras rompan con la burguesía, el Estado y los partidos patronales. La pelea por la independencia política de las organizaciones obreras es, ante todo, un método para acelerar el proceso de separación de las bases obreras de su dirección burocrática y su política de compromiso y ataduras con el Estado capitalista y sus partidos y poner en pie una dirección clasista del movimiento obrero que apunte a abrir una nueva perspectiva sindical y política.

En esta dirección es necesario impulsar frentes únicos antiburocráticos en todos los gremios, centros y federaciones de estudiantes, con el objetivo de expulsar a las burocracias sindicales y estudiantiles y recuperar esas organizaciones para transformarlas en órganos de la lucha clasista de los trabajadores y la juventud y en esa medida apuntalar la causa por la emancipación nacional y social en cada uno de los países y a escala global.

Los socialistas revolucionarios nos empeñamos en organizar a los sectores más golpeados de la clase trabajadora, entre ellos, los desocupados, subocupados y precarizados así como los trabajadores migrantes. La estigmatización, la persecución y el ensañamiento de los gobiernos burgueses en todos los rincones del mundo, contra estos sectores, es moneda corriente. El objetivo fundamental de esos ataques ha sido desactivar el potencial de lucha que anida en estos sectores cuando se ponen en movimiento. Un testimonio de ello es el movimiento piquetero en Argentina. El rechazo de las fuerzas de izquierda, como ocurre en Argentina con el PTS, a tomar en sus manos la organización y el impulso de las capas más sumergidas de la clase trabajadora argentina es una posición conservadora. Sólo se puede hablar de un verdadero progreso de la conciencia de clase cuando la vanguardia de los trabajadores defiende incondicionalmente a cualquier estrato de la clase trabajadora -con independencia de su procedencia, nacionalidad o condición-frente a los atropellos del Estado capitalista.

La crisis del capitalismo no sólo se expresa en la explotación económica de la clase obrera. Se manifiesta también en la profundización de múltiples formas de opresión que afectan a amplios sectores de la población. La degradación ambiental, la opresión de la mujer, la discriminación de las diversidades sexuales, el racismo, la persecución a los inmigrantes y la negación de derechos democráticos elementales forman parte de las contradicciones insoportables que acumula de la sociedad contemporánea.

Los revolucionarios intervienen activamente en estas luchas porque toda forma de opresión fortalece la dominación del capital y fragmenta la resistencia de los explotados. La defensa de las reivindicaciones democráticas, ambientales, culturales y sociales constituye una parte inseparable de la lucha general contra el orden existente.

Al mismo tiempo, rechazamos las concepciones que presentan estas luchas como procesos autónomos o desligados de la estructura social capitalista. Las distintas formas de opresión poseen una dinámica específica, pero encuentran en el capitalismo un poderoso mecanismo de reproducción y agravamiento. La destrucción del ambiente, la mercantilización de la vida social y la utilización sistemática de prejuicios y discriminaciones responden a necesidades profundas del régimen de explotación vigente.

Por esta razón, los revolucionarios combaten tanto la subordinación de estas luchas a los partidos patronales como las concepciones identitarias que las separan de la lucha de clases. La emancipación efectiva de los sectores oprimidos exige atacar las raíces sociales que alimentan esas opresiones y no sólo sus manifestaciones más visibles.

La tarea consiste en impulsar la unidad de la clase obrera con todos los sectores explotados y oprimidos sobre la base de un programa común de transformación social. Lejos de contraponerse a estas luchas, la perspectiva socialista les otorga una salida consecuente, al vincular sus reivindicaciones inmediatas con la lucha contra el poder económico y político del capital.

XII. Contra el oportunismo, el sectarismo y el propagandismo. La lucha por conquistar a las masas

La crisis histórica del capitalismo plantea la necesidad de una dirección revolucionaria capaz de conducir a la clase obrera hacia la conquista del poder. Esta tarea exige combatir simultáneamente dos desviaciones que, bajo formas opuestas, alejan al movimiento obrero de ese objetivo: el oportunismo y el sectarismo.

El oportunismo adapta el programa socialista a las exigencias de la democracia burguesa, de los gobiernos reformistas o de las burocracias sindicales. En nombre del realismo político, de la acumulación gradual de fuerzas o de la defensa del mal menor, termina subordinando la independencia de clase a los intereses de la burguesía. Su consecuencia inevitable es la desmovilización de los trabajadores y la renuncia a la lucha por el poder.

El sectarismo representa la desviación opuesta. Confunde la defensa de los principios con el aislamiento político, reemplaza la intervención en el movimiento real de las masas por la propaganda abstracta y renuncia a disputar la dirección de los trabajadores allí donde éstos desarrollan su experiencia política. Un programa correcto pierde todo valor si no encuentra el camino para transformarse en una fuerza material.

La lucha por conquistar a las masas exige intervenir en todos los terrenos donde actúan los trabajadores y la juventud. Los revolucionarios participan en los sindicatos para enfrentar a la burocracia y recuperar las organizaciones obreras; intervienen en las elecciones para utilizar la tribuna parlamentaria al servicio de la lucha de clases; participan en los centros estudiantiles, organizaciones populares y movimientos de masas para disputar su dirección a las corrientes reformistas y conciliadoras.

Esta intervención no implica adaptar el programa a las instituciones del régimen ni sembrar ilusiones en ellas. La actividad parlamentaria, sindical o electoral está subordinada a una estrategia revolucionaria fundada en la movilización independiente de las masas, la acción directa y la organización desde abajo. Los revolucionarios utilizan todas las tribunas disponibles para desarrollar la conciencia política de la clase obrera y fortalecer su organización.

La lucha contra el oportunismo, el sectarismo y el propagandismo expresa una misma necesidad estratégica: unir la defensa intransigente del programa socialista con la intervención activa en la experiencia real de las masas. Sólo sobre esta base puede construirse una dirección revolucionaria capaz de transformar las crisis del capitalismo en victorias de la revolución socialista.

XIII. La actualidad de la lucha por la dictadura del proletariado

La lucha por el poder plantea inevitablemente la cuestión del Estado. La revolución socialista no consiste en conquistar gradualmente las instituciones de la democracia burguesa ni en utilizar el aparato estatal existente para fines diferentes. Supone la destrucción del Estado burgués, de su burocracia permanente, de sus fuerzas armadas, de sus aparatos represivos y de todo el sistema de dominación de clase, y su reemplazo por un Estado de nuevo tipo basado en la organización política directa de los trabajadores.

Marx denominó a esta forma estatal dictadura del proletariado. Lejos de representar un régimen arbitrario o despótico, constituye el gobierno político de la inmensa mayoría explotada sobre la minoría capitalista expropiada. Su tarea consiste en quebrar la resistencia de las clases desplazadas del poder, derrotar los intentos de restauración capitalista, enfrentar la intervención contrarrevolucionaria internacional y reorganizar la economía sobre nuevas bases sociales. En este sentido, constituye una forma de democracia infinitamente superior a la democracia burguesa, porque coloca el poder político y económico en manos de quienes producen la riqueza social.

Los órganos de este nuevo poder surgen de la autoorganización de las masas en lucha: soviets, consejos obreros, comités de fábrica, organismos territoriales y otras formas de representación directa de los trabajadores. Sin embargo, los revolucionarios no transformamos estas formas organizativas en un fetiche. La experiencia histórica demuestra que los organismos de democracia obrera no poseen un contenido político predeterminado. Su orientación depende de la lucha entre programas, tendencias y partidos que se desarrolla en su interior. La cuestión decisiva continúa siendo la dirección política de la revolución.

Por esta razón, la dictadura del proletariado presupone la lucha por la hegemonía política del partido revolucionario en el seno de la clase obrera y de sus organismos de poder. Lejos de ser incompatible con la democracia obrera, el papel dirigente del partido revolucionario constituye una condición indispensable para que los órganos de poder de las masas puedan desarrollar una estrategia consecuente de transformación social y resistir las presiones de la burguesía nacional e internacional. Sin una dirección revolucionaria, incluso los organismos más avanzados de democracia obrera pueden ser desviados, paralizados o derrotados.

La consigna de gobierno de trabajadores constituye una expresión popular de la dictadura del proletariado. Los socialistas revolucionarios no identifican esta consigna con gobiernos obreros que administran el Estado burgués, ni con coaliciones parlamentarias apoyadas en las instituciones existentes. Un verdadero gobierno de trabajadores sólo puede apoyarse en la movilización revolucionaria de las masas y en los organismos de poder surgidos de su propia lucha.

Los revolucionarios no excluyen que, bajo circunstancias excepcionales, organizaciones reformistas, centristas o burocráticas, empujadas por una profunda crisis revolucionaria y por la presión de las masas puedan verse obligadas a romper parcialmente con la burguesía y asumir el poder. Precisamente por ello levantamos la consigna de gobierno obrero. Frente a una evolución de este tipo, los revolucionarios apoyarían todo paso efectivo de ruptura con la burguesía y toda medida dirigida contra el capital, impulsando su desarrollo hasta las últimas consecuencias. Pero mantendrían su completa independencia política y organizativa, sin integrarse a esos gobiernos ni asumir responsabilidad por una dirección cuya estrategia no apunta conscientemente a la dictadura del proletariado. Toda la experiencia histórica confirma que sólo un partido revolucionario, armado con un programa socialista y una estrategia internacionalista, puede llevar la revolución hasta sus últimas consecuencias y transformar un gobierno obrero en un instrumento efectivo de la dictadura del proletariado.

El abandono de esta perspectiva constituye uno de los rasgos distintivos de la izquierda democratizante contemporánea. Bajo diversas fórmulas -democracia radical, ampliación democrática, democracia participativa, procesos constituyentes o repúblicas sociales- se abandona la lucha por la destrucción del Estado burgués y por la dictadura del proletariado. La cuestión decisiva del poder es sustituida por proyectos de reforma y perfeccionamiento de la democracia existente. La defensa de la dictadura del proletariado continúa siendo, por ello, la principal línea divisoria entre la revolución socialista y todas las variantes de adaptación al orden burgués.

En última instancia, el internacionalismo proletario encuentra su expresión más elevada en la lucha por la dictadura del proletariado en cada país y por la revolución socialista mundial. La clase obrera no puede abolir definitivamente la guerra, la explotación y la opresión limitándose a resistir los ataques del capital o a combatir determinadas políticas gubernamentales. Debe conquistar el poder, destruir el Estado burgués y abrir paso a una reorganización socialista de la sociedad. Éste es el contenido estratégico del internacionalismo revolucionario y la conclusión política fundamental que se desprende de toda la experiencia histórica del movimiento obrero.

XIV. La construcción de partidos revolucionarios y el centralismo democrático

La lucha por el poder de la clase obrera exige la construcción de partidos revolucionarios. La crisis del capitalismo, las explosiones sociales y las tendencias revolucionarias que surgen periódicamente de la lucha de clases no eliminan la necesidad de una dirección política consciente. La experiencia histórica demuestra que la principal contradicción de nuestra época reside en la distancia existente entre la madurez de las condiciones objetivas para la revolución socialista y el atraso de su dirección política.

La crisis de dirección de la clase obrera desarrollada por León Trotsky en el Programa de Transición de la Cuarta Internacional mantiene su vigencia general, pero tiene hoy, sin embargo, un contenido histórico distinto. Esta crisis de dirección no se reduce al problema de orientación de organizaciones de masas de la clase obrera, que subjetivamente se reclaman revolucionarias pero cuyas direcciones toman una orientación reformista. El lapso de más de cuatro décadas en las cuales ha habido incontables levantamientos, pero ninguna revolución triunfante es explotado ideológicamente por la burguesía para instalar la idea de un capitalismo invencible. La desaparición o pérdida de influencia de los partidos obreros reformistas masivos tiene un contenido contradictorio. Por un lado en tanto han perdido fuerza como aparatos de contención, cuando se producen estallidos pueden ser más virulentos. Pero al mismo tiempo son una muestra de un impasse político de la clase como tal, e incluso de la posibilidad de que sectores de la clase obrera sigan masivamente a fracciones derechistas. La mayoría de la clase obrera está desorganizada políticamente e incluso ha retrocedido en términos de organización gremial. Las propias condiciones de trabajo de la clase obrera se han fragmentado profundamente, y la aplicación del trabajo remoto en muchos ámbitos ha sumado otra variante a la competencia internacional de la fuerza del trabajo, con la tendencia a la baja de los salarios. La tremenda presión que la crisis coloca sobre la clase obrera en un momento abruma y desorganiza pero también da lugar a explosiones regulares de combate contra el Estado y los regímenes políticos, de características violentas justamente por la falta de aparatos de contención aceitados y con autoridad. La izquierda que se reclama revolucionaria no aparece hoy como una alternativa organizada respecto a las direcciones reformistas de masas, sino como un sistema de pequeñas organizaciones fragmentarias y con poca capacidad de referenciarse en un movimiento común. Hay pocos procesos de síntesis y unificación y muchísimos más de ruptura y escisión frente a cada giro inesperado de la situación política. Muchísimos militantes y organizaciones son capaces de organizar luchas e insertarse en frentes de masas. Cuando una lucha ha logrado trascender, como la pelea contra el genocidio en Palestina, se van poniendo en marcha y se comprueba la existencia de enormes recursos de organización y acción internacional. En este contexto, el desafío de la vanguardia obrera es cómo darle a este potencial una expresión política y una perspectiva revolucionaria

Ese curso no puede ser dirigido por organizaciones construidas exclusivamente para la intervención electoral, por movimientos de opinión ni por estructuras permanentes que reúnen programas y estrategias incompatibles. Tampoco por organizaciones de tipo sindicalistas revolucionarias por más consecuencia que tengan en las luchas sindicales, pero que no intervienen en la lucha política nacional e internacional contra las expresiones políticas de la burguesía y de su Estado, y con una perspectiva de lucha por el poder. La conquista del poder plantea tareas que exigen cohesión política, continuidad estratégica, disciplina y formación de cuadros y una intervención unificada en la lucha de clases.

El partido revolucionario constituye la organización mediante la cual la experiencia histórica del movimiento obrero, la teoría marxista y la práctica cotidiana de la lucha de clases se transforman en una fuerza política organizada. Su función consiste en luchar por conquistar a la mayoría de la clase obrera para una estrategia de poder y preparar las condiciones para la victoria de la revolución socialista.

Esta concepción resulta incompatible con las teorías de los llamados "partidos amplios", "movimientos plurales" o "partidos de tendencias permanentes", que pretenden sustituir la unidad programática por acuerdos circunstanciales entre corrientes con objetivos divergentes. La experiencia internacional demuestra que estas construcciones terminan adaptándose a las presiones del parlamentarismo, del electoralismo o de distintas variantes del reformismo.

El centralismo democrático constituye el principio organizador de un partido revolucionario. La más amplia discusión política y elaboración colectiva deben combinarse con una acción común y disciplinada. La clase obrera enfrenta a una clase dominante altamente concentrada, dotada del aparato estatal, de enormes recursos económicos y de poderosos instrumentos de dominación ideológica. Sólo una organización políticamente cohesionada puede dirigir eficazmente esa lucha.

Los revolucionarios podemos incluso intervenir episódicamente en procesos de organización de partidos de masas de la clase obrera que no tengan un carácter acabadamente revolucionario, pero que indican un paso progresivo hacia una política de independencia de clase, a condición de hacer un trabajo de clarificación estratégica y programática en su interior. Estos procesos expresan desplazamientos a la izquierda de contingentes relevantes de la clase obrera y merecen no solo la atención sino un aliento en la medida que su puesta en pie representa un paso adelante en la estructuración política de los trabajadores como clase. Pero la condición de asumir tácticas transitorias de este tipo debe ser la acción política en la claridad y la disputa abierta contra líderes reformistas o centristas. Los incontables izquierdistas que se han colocado como consejeros de dirigentes reformistas o nacionalistas desde Hugo Chávez, a Bernie Sanders o Jeremy Corbyn han hecho poco y nada por hacer avanzar un reagrupamiento obrero independiente y de masas.

La construcción de partidos revolucionarios no constituye una tarea organizativa separada del programa. Es la forma concreta mediante la cual la clase obrera puede dotarse de una dirección capaz de intervenir en las crisis revolucionarias y disputar el poder a la burguesía. Sin partidos revolucionarios arraigados en la clase obrera, la crisis del capitalismo seguirá chocando con la ausencia de una dirección capaz de conducirla hacia una salida socialista.

XV. La actualidad de la Cuarta Internacional y la lucha por su reconstrucción

Las tesis desarrolladas precedentemente conducen a una conclusión estratégica fundamental. La guerra como rasgo dominante de la época; la crisis histórica del capitalismo; la desintegración del orden imperialista surgido después de la Segunda Guerra Mundial; la inexistencia de un nuevo orden mundial que lo sustituya; la vigencia de la lucha estratégica por la dictadura del proletariado, la reivindicación del internacionalismo proletario, a través del derrotismo revolucionario; la lucha contra la guerras reaccionarias entre potencias; la defensa de las naciones oprimidas frente al imperialismo; la necesidad de la independencia política de clase; la actualidad del método del Programa de Transición; la lucha contra toda forma de opresión desde una perspectiva socialista, y la construcción de partidos revolucionarios constituyen los fundamentos programáticos de una Internacional Revolucionaria.

Estas premisas se encuentran condensadas en el programa, la estrategia y los métodos de la Cuarta Internacional fundada en 1938. Su vigencia no deriva de la autoridad de sus fundadores, ni de una reivindicación dogmática. Deriva del hecho de que las contradicciones que determinaron su nacimiento permanecen abiertas y se han desarrollado hasta un grado superior. La época continúa siendo la del imperialismo, las guerras y las revoluciones. La crisis de dirección revolucionaria del proletariado continúa siendo el principal obstáculo para que la crisis del capitalismo desemboque en su superación revolucionaria.

La evolución del mundo posterior a la restauración capitalista confirmó esta caracterización. Lejos de inaugurar una etapa de prosperidad y estabilidad duraderas, el capitalismo mundial ingresó en un período de crisis recurrentes, guerras, militarización y convulsiones sociales. La crisis financiera de 2008, el agravamiento de las rivalidades entre las potencias y la tendencia creciente hacia la guerra demostraron que ninguna de las contradicciones fundamentales del sistema ha sido superada.

La bancarrota de numerosas corrientes que se reivindicaron trotskistas no invalida estas conclusiones. Del mismo modo que el marxismo no puede ser juzgado por las capitulaciones de la socialdemocracia o del estalinismo, la vigencia de la Cuarta Internacional no puede medirse por la trayectoria de organizaciones que abandonaron su programa o adaptaron su política a las presiones del orden existente. No confundimos la suerte de determinadas organizaciones con la validez histórica de las premisas programáticas que les dieron origen.

La reconstrucción de la Cuarta Internacional no significa la reunificación de grupos dispersos ni la proclamación formal de una continuidad organizativa. Significa reagrupar a la vanguardia revolucionaria internacional sobre la base de un programa, una estrategia y métodos capaces de responder a las tareas planteadas por la época. El carácter mundial de la economía, de la guerra y de la lucha de clases exige una dirección internacional capaz de intervenir unificadamente en los grandes acontecimientos de nuestro tiempo.

La construcción de partidos revolucionarios en cada país y la reconstrucción de la Cuarta Internacional constituyen aspectos inseparables de una misma tarea histórica. La revolución socialista tendrá inevitables desarrollos nacionales, pero sólo podrá triunfar definitivamente como revolución internacional. La lucha por una Internacional Revolucionaria no representa, por lo tanto, una aspiración doctrinaria ni una consigna propagandística. Es una necesidad objetiva impuesta por el carácter mundial de las contradicciones del capitalismo contemporáneo.

La actualidad de la Cuarta Internacional reside en la actualidad de las tareas históricas que le dieron nacimiento y por la actualidad de sus bases programáticas y estratégicas. Mientras la humanidad continúe enfrentada a la alternativa entre socialismo y barbarie; mientras el imperialismo siga engendrando guerras, explotación y opresión; mientras la clase obrera necesite una dirección capaz de conducir su lucha hasta la conquista del poder, la reconstrucción de la Cuarta Internacional seguirá siendo una tarea estratégica de los revolucionarios de todo el mundo.

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