14/04/2011 | 1172

La inviabilidad de Japón y el «secreto» de Fukushima

La elevación del nivel de alerta por la crisis nuclear en Japón, que ahora equivale al del desastre de Chernobyl y es el más alto posible en la escala internacional, prueba el alcance sin precedentes de una devastación humana y medioambiental que aún no puede precisarse. Un especialista en energía nuclear japonés señaló que una segunda Hiroshima ya está en marcha. El asunto ya derivó, en las últimas 48 horas, en un cimbronazo en las bolsas de todo el mundo.

A punto de cumplirse un mes del terremoto y el desastre nuclear en Japón, la Tokyo Electric Power, propietaria de la central de Fukushima, comenzó a verter más de diez mil toneladas de agua «ligeramente» radiactiva al mar con el propósito de liberar espacio en el que almacenará agua mucho más contaminante. El agua liberada tiene una radiactividad 100 veces superior al límite legal y su lanzamiento oceánico fue autorizado por el gobierno como la «única opción posible».

Pero hay más: parte del líquido utilizado para enfriar los reactores, luego de que colapsara el sistema de refrigeración de la planta, se viene filtrando desde hace días hacia el mar, donde se detectaron niveles de radiactividad 4.000 veces superiores al límite permitido. Los intentos por sellar la estructura de la usina nuclear han fracasado hasta ahora y las autoridades consideran que detener las fugas radiactivas (que también se dirigen al espacio aéreo) es una «prioridad absoluta»… «que llevará varios meses» (El País, 5/4).

La decisión de arrojar miles de toneladas radiactivas al mar es una medida inédita en la historia de la industria nuclear. La Organización Internacional para la Energía Atómica advirtió que el yodo radiactivo puede acabar afectando a la cadena alimentaria e incluso devastar ecosistema marítimo de la zona.

Más allá de las decenas de miles de evacuados en la zona del tsunami, una tierra arrasada, los japoneses conviven con cortes de energía y apagones sin precedentes. Un 20% de los reactores nucleares quedó fuera de servicio. La generación de energía de las plantas atómicas se ha reducido en un 40% y, en el futuro, se reducirá por lo menos al 80% de la producción anterior a la catástrofe. El gobierno ya anunció que usará energías con alta emisión de gases de efecto invernadero, responsables del calentamiento climático planetario. Por lo tanto, no podrá cumplir con los compromisos «mínimos» asumidos al respecto en la reciente conferencia mundial para evitar la catástrofe medioambiental.

Estos días, además, las principales consultoras han señalado que las condiciones económicas generales se encuentran severamente dañadas. El cierre de plantas manufactureras luego del terremoto, y las restricciones energéticas, podrían tener un efecto en la producción global de equipos y materiales de alta tecnología como semiconductores, afectando a algunas industrias exportadoras clave. El 6 de abril, la India suspendió todas las importaciones de alimentos japoneses y alguna medida similar podría estar en estudio en Corea. Hasta el momento, 50 países han impuesto restricciones a las importaciones japonesas (The Economist). La demanda interna, a su turno, está severamente golpeada, cuando se esperaba algún respiro luego de dos décadas de «gran depresión».

El lado oscuro (pero no de la luna)

Todo indica que en la poco clara información oficial sobre la catástrofe nuclear incontrolada hay un dato «estratégico» crucial que permanece rigurosamente oculto. Es el «lado oscuro» de todo el asunto, según un periodista japonés especializado en temas de centrales nucleares y medio ambiente, ex editor del Japan Times Weekly. Yoichi Shimatsu acaba de publicar un fundamentado informe en el que plantea que las demoras inexplicables y explicaciones a medias de parte del gobierno parecen motivarse «en algún factor del que no se quiere hablar: la industria de la energía nuclear y dependencias del gobierno se esfuerzan, a como dé lugar, para evitar el descubrimiento de instalaciones para fabricar armas nucleares ocultas en las plantas de energía nuclear civiles del Japón».

Por supuesto, un plan de experiencias en armamento nuclear no podría sino contar con la «complicidad de Washington». El interés del informe de Shimatsu reside, en especial, en que reabre la historia del lobby nuclear japonés y su confluencia con el imperialismo yanqui. El proyecto atómico japonés se remonta a la década del ’30 del siglo pasado, cuando Japón invadió a China para sentar las bases de un desarrollo industrial propio en el continente. Fue desde  Manchuria que tal proyecto quedó bajo la dirección de Nobusuke Kishi y el general Hideki Tojo. Más tarde, cuando Tojo llegó a ser presidente del Consejo de Ministros del Japón durante la Segunda Guerra Mundial, Kishi se desempeñó como su ministro de Comercio y Economía. Tras la derrota del Japón en 1945, Tojo y Kishi fueron hallados culpables de ser criminales de guerra, pero Kishi consiguió evadir la horca y volvió a escena mediante un acuerdo con los yanquis. Fue elegido presidente del Consejo de Ministros en 1957 y negoció secretamente un tratado con la Casa Blanca para permitir a Estados Unidos almacenar bombas atómicas en Okinawa y en la base naval de Atsugi, en las afueras de Tokio. Como recompensa, Estados Unidos dio su aprobación a Japón para que desarrolle un programa nuclear «civil». En 1959, Kishi viajó a Gran Bretaña y fue llevado en helicóptero militar a la planta nuclear Bradwell, en Essex. Al año siguiente, se firmó el primer borrador de un tratado de seguridad Estados Unidos-Japón, pese a las multitudinarias protestas que tuvieron lugar en Tokio. En un par de años, la firma inglesa GEC construyó el primer reactor nuclear del Japón en Tokaimura.

La mano derecha de Kishi en las negociaciones secretas con los norteamericanos, el entonces joven Yasuhiro Nakasone, llegaría a la jefatura de gobierno en los años ’80. En 2006, el puesto sería ocupado, a su turno, por un nieto de Kishi -Shinzo Abe- quien tuvo la oportunidad de recordar una famosa declaración de su abuelo, según la cual «las armas nucleares no están expresamente prohibidas» en el artículo 9 de la Constitución japonesa de la postguerra. Hace dos años, el gobierno japonés desempolvó un texto del acuerdo secreto con los norteamericanos, aunque faltaban muchos detalles clave, mientras otros documentos que podrían echar luz sobre la cuestión simplemente desaparecieron. Muchos expertos de inteligencia creen que el programa secreto ha avanzado lo suficiente para el rápido armado de un arsenal de bombas atómicas y que se han realizado pruebas subterráneas en niveles subcríticos con pequeñas cantidades de plutonio. Todo esto -concluye el informe de Shimats- mientras la planta nuclear de Fukushima continúa diluyéndose en humo y echando su porquería radiactiva al mar.

Lo que está en juego

El desastre nuclear quiebra una «matriz energética» montada por Japón desde hace casi cuatro décadas para responder a la llamada crisis del petróleo (Financial Times). De por sí, esto pone en cuestión la viabilidad de Japón y vuelve a plantear la salida por medio de la expansión neo-colonial y, por lo tanto, el choque con China -que también busca la ‘seguridad energética’ fuera de sus fronteras. Cuando en el siglo XX su clase dominante buscó una expansión militar, la aventura culminó con una violenta derrota. Al amparo de Estados Unidos y como un protectorado particular, el gran capital nipón conoció su hora de gloria hasta que la crisis mundial y petrolera del setenta, y luego un estancamiento de largo plazo vinieron a recordar que nada es para siempre. La dependencia extrema de insumos energéticos y materias primas, la crisis mundial que golpea a su protector de medio siglo y el revulsivo social y político que se incuba al interior del país son los ingredientes de un cóctel explosivo.

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