24/06/2005 | 905

La izquierda brasileña, ante una gran oportunidad

Luego de transcurridos más de dos años de gobierno Lula, la izquierda brasileña ha sido tomada de sorpresa por la crisis política desatada por las denuncias de corrupción. De acuerdo con los cables de las agencias de noticias, ve en esas denuncias un complot de la derecha contra un gobierno popular, cuando la corruptela que se ha puesto en evidencia no hace más que traducir los únicos métodos de gobierno posibles de parte de un partido, el PT, que ha decidido gobernar con los representantes del capitalismo internacional y nacional y con la partitura del FMI. El Movimiento de Trabajadores sin Tierra, la Central sindical y la Unión de Estudiantes aseguran que las denuncias “tienen el objetivo de debilitar al gobierno, aislando del proyecto de cambio…” (La Nación, 21/6). Hasta un ciego puede ver, sin embargo, que en Brasil se encuentra en marcha un ‘proyecto’ de regresión social. El defenestrado José Dirceu ha sido el verdugo de la izquierda y los luchadores del PT —y no solamente desde que llegó al gobierno. Fue, de todos los miembros del equipo de Lula, el más insidioso enemigo de cualquier expresión revolucionaria o de lucha.


La desacertada reacción de dirigentes como Joao Stédile, del MST, pone de manifiesto que no basta el fracaso de un gobierno centroizquierdista de entrega para poner un marco de claridad entre quienes encabezan los movimientos populares. Mientras Stédile abogaba por defender el ‘proyecto de cambio’, Lula reforzaba la presencia de los partidos tradicionales de Brasil en su gabinete y reforzaba a los ministros que más están jugados al ajuste. También ha sido pillada por sorpresa la izquierda política de adentro y de afuera del PT; la primera reclamando una comisión investigadora del Congreso, que si no encubre la corruptela sólo logrará agravar la inestabilidad política, y la segunda apostando su suerte a un voto castigo en las elecciones de 2007. Algo así como una renuncia a intervenir en la crisis y una complicidad con sus inevitables salidas antipopulares.


El fracaso del gobierno capitalista que encabeza Lula es saludable para la causa popular y aun lo es más que tenga que ver con la corrupción y no con los principios políticos. Porque demuestra que la colaboración con el capital no da espacio ni para gobernar con manos limpias y uñas cortas; que las elucubraciones de los centroizquierdistas sobre sus propias posibilidades no llegan a ser una ilusión o un espejismo sino una estafa que se pretende perpetrar con toda conciencia.


Ha fracasado la colaboración de clase con el imperialismo y han fracasado los arribistas de centroizquierda y de la burocracia sindical que impusieron esta ruinosa colaboración al PT. El planteo que se deriva de esta caracterización emerge por sí mismo: Que el PT rompa con la burguesía y adopte un plan de reorganización bajo la dirección de la clase obrera y que los responsables de la política de colaboración de clases sean expulsados del PT. La crisis ha demostrado que no existe un atajo para puentear al Congreso con mayoría de los partidos patronales y que los intentos de pactar con ellos llevan simplemente a la ruina. Un gobierno popular sin ministros capitalistas debe disolver el Congreso y convocar a una asamblea constituyente, sobre la base de la movilización popular.


La corruptela ha desatado una crisis que replanteó el conjunto de la orientación del gobierno Lula. Ofrece una oportunidad para los militantes auténticos del PT y de toda la izquierda brasileña. Se les ha servido en bandeja una discusión sobre el poder en las condiciones de un presidente surgido del PT y de la izquierda. Es necesario que abran la discusión.

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