25/09/2003 | 818

La OMC volvió a fracasar por la rivalidad entre EE.UU. y la UE

La política norteamericana


En Cancún, el imperialismo norteamericano jugó «a dos puntas». En agosto, poco antes del inicio de las deliberaciones, anudó con la Unión Europea un «acuerdo agrícola» que limitaba la reducción de los subsidios en esa área; algunos, como los subsidios a las exportaciones, ni siquiera estaban contemplados. También respaldó el planteo europeo de incluir los «temas de Singapur» (patentes, inversiones, compras gubernamentales) en la agenda de Cancún. En función de estos objetivos, los representantes norteamericanos desarrollaron una «furiosa campaña» (El País, 16/9) para dividir al G-21, el grupo de países encabezados por Brasil, China y la India que reclamaba la reducción de los subsidios agrícolas. Esta presión se basaba en un hecho objetivo: mientras algunos países del G-21, como Brasil y Argentina, declararon «no temer» la inclusión de los temas ligados a las inversiones y la propiedad intelectual en la agenda de Cancún, otros, como la India, rechazaban de plano esta posibilidad.


Al mismo tiempo, Estados Unidos desarrolló un «plan B»: pudrir las negociaciones. En un determinado momento, ante la agudeza de las divergencias, el «plan B» pasó al primer plano cuando cuatro de los países más pobres de Africa (Benin, Burkina Faso, Chad y Malí) le reclamaron a Estados Unidos que cortara los subsidios a la producción y exportación de algodón, a los que anualmente destina 3.000 millones de dólares y que redujeron a la mitad el precio internacional de ese producto en los últimos diez años. La respuesta norteamericana fue «aconsejar» a los países africanos… «diversificar su producción para que no dependan exclusivamente del algodón» (The Economist, 18/9). Por eso, algunos sostienen que el canciller mexicano «terminó el debate a instancias de los norteamericanos que querían desde el principio que la reunión fracasara» (ídem).


Acuerdos bilaterales


El fracaso de la «cumbre» de la OMC plantea la posibilidad de que las grandes potencias apunten a acuerdos regionales y bilaterales (excluyentes) con los países atrasados. Ya en la actualidad, el 33% de las exportaciones europeas y el 11% de las norteamericanas se dirigen a países con los que establecieron acuerdos bilaterales. «El entusiasmo por estos acuerdos está creciendo fuertemente y no hay dudas de que Estados Unidos seguirá este camino» (Financial Times, 16/9).


Exactamente esta es la perspectiva en que están embarcados los gobiernos de Argentina y Brasil. «Los negociadores brasileños consideran que la frustración de la reunión de la OMC puede llegar a favorecer el esquema 4+1, es decir, las negociaciones en forma directa con los Estados Unidos que proponen los cuatro miembros del Mercosur para ampliar el acceso de (sus) productos al mercado norteamericano» (Infobae, 17/9). Martín Redrado, el hombre de Techint que encabezó la delegación argentina en Cancún, declaró que «ahora Argentina buscará profundizar los acuerdos bilaterales con la Unión Europea y en la discusión del Alca con Estados Unidos en el marco del esquema 4+1» (Cronista, 16/9). La política con la que los gobiernos de Lula y Kirchner fueron a Cancún encaja, de una manera exacta, con los planteos norteamericanos.


Además de los ya establecidos acuerdos con México y Canadá (el Nafta) y con Chile, Estados Unidos está discutiendo la firma de acuerdos bilaterales con Perú, Colombia, Australia, Singapur, América Central y el Medio Oriente. El jefe de la representación norteamericana en Cancún, Robert Zoellick, indicó que después del fracaso de la «cumbre», «muchos países se acercaron para iniciar negociaciones bilaterales» (The Economist, 18/9). «Los europeos – se regocija The Wall Street Journal (16/9) – podrían ser los grandes perdedores de lo que se avecina (ya que) la UE postergó nuevos acuerdos bilaterales (y) apostó todo al proceso de la OMC». Sangrando por la herida, un diario francés concluye que «la expresión bruta de las relaciones de fuerza entre los actores pesa más que las instituciones multilaterales como la OMC» (Le Monde, 19/9).


Pero el futuro de estos acuerdos bilaterales tiene sus bemoles. En conjunto, Estados Unidos y la Unión Europea gastan 300.000 millones de dólares al año en subsidios a sus producciones agrícolas. Estados Unidos anunció hace tiempo que sólo estaba dispuesto a discutir la reducción de sus subsidios agrícolas en el marco de la OMC y de la mano de una recíproca reducción de los subsidios de la UE; es decir que entiende la cuestión agrícola como una lucha contra Europa. Pero este condicionamiento a una reducción de los subsidios agrícolas, de parte de Estados Unidos, «disminuye para muchos países en desarrollo la atracción del ‘libre comercio’ y crea un gran obstáculo al progreso del Alca» (Financial Times, 16/9). En la misma dirección, el diario mexicano La Jornada (14/9) pronostica que «el fracaso de la OMC anticipa el del Alca (que) se aleja en el horizonte en lugar de acercarse».


Quién domina el comercio mundial


El 48% de las exportaciones norteamericanas y el 32% de sus importaciones pasa por el interior de las redes de las empresas multinacionales: la mitad de lo que se presenta como comercio internacional son, en realidad, transacciones dentro de las mismas empresas imperialistas (Le Monde, 19/9). El comercio exterior de los granos argentinos, por ejemplo, está en manos de pulpos internacionales como Cargill; las exportaciones industriales argentinas, en particular en el rubro automotor, están dirigidas a filiales de las mismas empresas en otros países. Los flujos de este «comercio» obedecen a ventajas fiscales y a las condiciones de flexibilización de la fuerza de trabajo.


Agricultura y naciones atrasadas


La defensa de la agricultura y la eliminación de los subsidios europeos y norteamericanos a la producción y a las exportaciones agrícolas fue presentado por los gobiernos como Kirchner y Lula como una defensa del ingreso nacional.


Los subsidios agrícolas norteamericanos, por ejemplo, benefician en gran parte a los monopolios que dominan tanto el mercado interno de Estados Unidos como buena parte de los mercados de los países atrasados y sus exportaciones. Una eliminación de los subsidios, por lo tanto, no significaría un golpe a estos sectores, sino que reduciría la parte de sus beneficios que proviene de los subsidios estatales y aumentaría la parte proveniente de las exportaciones de los países más atrasados que ellos monopolizan, como Brasil o Argentina. Por eso, «el lobby agrícola norteamericano está dividido» ya que hay un sector partidario de reducir (y hasta eliminar) los subsidios «para beneficiarse de un mayor acceso a los mercados externos» (The New York Times, 16/9).


El único beneficio potencial que podrían extraer los países atrasados sería el aumento de su recaudación fiscal por las exportaciones, pero los pulpos agrícolas imponen junto a su penetración la exención fiscal para las ventas al exterior.


Los países imperialistas condicionan una eliminación de los subsidios agrícolas a la eliminación de toda barrera al ingreso de sus mercancías industriales y sus capitales en los países atrasados. En estas condiciones, los países como Argentina estarían obligados a concentrarse en la exportación agrícola, a través de los pulpos que dominan ese mercado. La competencia en el mercado mundial obligaría a una masiva utilización de fertilizantes, plaguicidas e ingeniería genética, que son tecnologías monopolizadas por los pulpos imperialistas, en particular los norteamericanos. Sería el paraíso para pulpos como Cargill, Monsanto, Dupont, los bancos que los financian y las bolsas en que cotizan sus acciones.


Lo que se presenta como un «proyecto nacional» reforzaría la dependencia económica, financiera y tecnológica respecto de los grandes pulpos imperialistas.

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