Las “democracias” imperialistas, puntales de la limpieza étnica”

La caída del bastión musulmán de Srebrenica en manos de los serbios (y la renuncia de Cyrus Vance al cargo de representante de la ONU en la “Conferencia de paz para Yugoslavia”) retrata el definitivo hundimiento del “plan de paz” patrocinado por los Estados Unidos y las potencias europeas, apenas cuatro meses después de haber recibido la “bendición” de un Clinton recién llegado a la Casa Blanca.


Un plan fracasado


El plan establecía la partición de Bosnia en diez regiones tres para los serbios, dos para los croatas, tres para los musulmanes y las dos restantes bajo administración mixta. Los serbios (el 35% de la población) recibían el 50% de las tierras; los croatas (el 25% de la población) recibían el 25% de las tierras, y los musulmanes el 45% de la población) recibían apenas el 25% del territorio. El “plan de paz”  consagraba la partición de Bosnia y las fronteras establecidas hasta ese momento por la guerra y la separación étnica (“limpieza”) de una población que hasta entonces había vivido fusionada. Más aún, el plan avanzaba hacia la propia desaparición de Bosnia como un Estado independiente: con un territorio minúsculo, con fronteras discontinuas, separado en retazos unidos por estrechos “corredores” y rodeado de estados hostiles, el “Estado bosnio musulmán” estaba condenado a ser absorbido rápidamente por sus vecinos más poderosos.


Pero hoy, a cuatro meses de anunciado el “plan”, los musulmanes retienen menos del 10% del territorio; sus últimos bastiones en el este (Tuzla, Gorazde, Srebrenica) han caído en manos serbias o están a punto de hacerlo y se han reanudado los combates entre los croatas y los musulmanes por el control de las ciudades del centro del país.


Qué política se ha impuesto en Bosnia


Detrás del fracaso del “plan de paz” se ha impuesto una política imperialista: la consolidación de las conquistas militares de Serbia y de Croacia como lo planteaba, precisamente, el reparto de tierras del propio “plan Vance-Owen”.


Para el imperialismo mundial la burocracia genocida de Belgrado y de Zagreb son su factor de “orden” en los Balcanes, la base insustituible de una “estabilización política” de la crisis en los Balcanes.


“Desde que Europa primero y Estados Unidos después hicieron saber que no usarían la fuerza para detener la ‘limpieza étnica’ u hostilizar a los serbios, las milicias serbias tuvieron las manos libres para llevar su campaña hasta el final, o casi, antes de negociar” (Le Monde, 11/4). Ahora, cínicamente, “los medios diplomáticos occidentales están persuadidos de que la verdadera negociación no comenzará hasta que suceda lo ineluctable para Occidente: una victoria serbia” (ídem).


Dejar hacer a los serbios y a los croatas y permitirles el reparto de Bosnia —manteniendo al mismo tiempo la “presión” para evitar que la guerra se extendiera a Kosovo y Macedonia— en resumen, dejar la “estabilización” de los Balcanes en manos de las burocracias restauracionistas: ésta es la política imperialista que se ha impuesto a través del fracaso del “plan Vance-Owen”.


Pero aún hay otro factor de la política imperialista de complicidad con los genocidas: la burocracia rusa. El principal sostén, político, económico y militar, de Milosevic es la burocracia rusa, que amenazó con vetar cualquier resolución de la ONU que “hostilizara” a Belgrado. Ante la amenaza de una ruptura con el Kremlin, la masacre de miles de civiles indefensos es, para el imperialismo, un “mal menor”.


Todo esto explica la criminal complicidad de la ONU y de las potencias imperialistas con los masacradores de los Balcanes. Las tropas de la ONU no intervinieron en una sola oportunidad para impedir las masacres; su tarea se limitó a custodiar las fronteras trazadas por la guerra… especialmente las existentes entre los serbios y los croatas. La prohibición de vuelos militares sobre Bosnia fue diseñada de manera de no interferir con las ofensivas serbias y croatas, las cuales se basan, no en la aviación, sino en las tropas de infantería y en la artillería. Durante meses el imperialismo batió el parche de la “ayuda humanitaria” para distraer a la opinión pública mundial. Pero la ONU convirtió esa “ayuda humanitaria” en un arma de guerra de la burocracia serbia y aún en un instrumento de la “limpieza étnica”. “El 80% de la ayuda humanitaria fue enviada a través de las líneas serbias, desde Belgrado” (Financial Times, 10/4), lo que le permitió a los jefes de las bandas de los burócratas y nacionalistas serbios bloquear cuantas veces desearon el abastecimiento de las ciudades sitiadas. Las autoridades musulmanas de Srebrenica denunciaron, poco antes de la caída de la ciudad, que la ONU comenzó a evacuarla a pesar de su expresa oposición, una “operación humanitaria” que convalida en los hechos la “limpieza étnica”.


¿Hay que extrañarse entonces cuando el propio Milosevic elogia la política de Clinton frente a la guerra (Le Monde, 8/4)?


Croacia y Serbia están a punto de ocupar la totalidad de Bosnia, es decir, dar cumplimiento al “acuerdo tácito” tejido entre las pandillas de Milosevic y Tudjman hace ya más de un año. El carácter “tácito” de este acuerdo no disminuye su efectividad: las tropas croatas que en estos días están atacando las ciudades en poder de los musulmanes en el centro de Bosnia cuentan –según el corresponsal de “El País” de Madrid en Yugoslavia (La República, 19/4) — con información de inteligencia provista por la burocracia serbia. El “reparto” de Yugoslavia entre las camarillas burocráticas más poderosas es la conclusión natural de su política de restauración capitalista y la guerra fue el medio “necesario” para proceder a la “partición de los bienes” de la vieja Federación. La masacre de los pueblos balcánicos es la expresión más concentrada del carácter contrarrevolucionario de la política restauracionista.


Pero precisamente ahora, cuando las burocracias de Croacia y de Serbia están a punto de engullirse completamente a Bosnia, ha desaparecido del lenguaje de los diplomáticos occidentales cualquier alusión a un “Estado bosnio”; ahora hablan de “santuarios” para la población musulmana protegidos por tropas extranjeras o, como menos cínicamente los denomina “The Economist” (27/3), “reservaciones”, es decir, … campos de concentración.


La guerra que desangra a los pueblos de los Balcanes es la directa consecuencia de la política del imperialismo, ejecutada por las burocracias restauracionistas de Serbia y de Croacia. Si se tiene en cuenta que el único bloqueo que ha funcionado efectivamente es el que impide el armamento de las poblaciones sitiadas, resulta claro que la intervención del imperialismo ha sido un paraguas protector de las burocracias serbia y croata y un instrumento para impedir que la guerra “étnica” de estas burocracias se pueda convertir en una guerra civil de las víctimas y de los explotados contra esas burocracias.


Unir a las víctimas nacionales y a los trabajadores de Yugoslavia


Para el movimiento obrero mundial, la denuncia de la masacre de los pueblos balcánicos a manos de las pandillas burocráticas es una tarea de primer orden. No sólo para tratar de salvar la vida de miles de civiles y prisioneros inermes sino también para defender la moral de la clase obrera, elevar su conciencia y ponerla en guardia contra las carnicerías que preparan el imperialismo y la burocracia.


La lucha por la expulsión del imperialismo de los Balcanes y el derrocamiento de sus agentes —las burocracias restauracionistas— y por la unión de los trabajadores de Yugoslavia y de las víctimas nacionales de la “limpieza étnica”, para volver las armas contra los Milosevic y los Tudjman, es la única política humanista frente a la barbarie imperialista-burocrática.