Internacionales
7/7/2026
Lula: “Yo no soy de izquierda”
Acerca de las declaraciones del presidente brasileño.
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La declaración de Luis Ignacio Lula da Silva —"yo nunca fui un izquierdista" (o, en otras versiones, "no soy de izquierda")— constituye uno de los hechos políticos más significativos de su tercer mandato. Pronunciada durante una conversación informal en la cumbre del G-7, ante la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, y el canciller alemán Friedrich Merz, la frase no fue un desliz sino una definición política que busca reposicionar su figura de cara a las elecciones presidenciales de octubre de 2026.
Que semejante definición provenga del fundador del Partido de los Trabajadores (PT), considerado durante más de cuatro décadas uno de los principales referentes de la izquierda latinoamericana, obviamente no ha pasado inadvertido y hasta sorprendió a algunos medios políticos y en particular, en sus propias filas. Sin embargo, observada a la luz de su trayectoria política y del escenario actual, la declaración aparece como la culminación de una evolución política de largo plazo.
Del sindicalismo combativo a vocero de la burguesía brasileña
Lula irrumpió en la política brasileña a fines de los años setenta como dirigente de las grandes huelgas metalúrgicas del ABC paulista que enfrentaron a la dictadura militar. La fundación del Partido de los Trabajadores en 1980 expresó las aspiraciones de millones de trabajadores, intelectuales y movimientos sociales que buscaban construir una alternativa independiente de la burguesía.
Durante aquellos años, Lula utilizó un lenguaje de fuerte contenido socialista. En entrevistas de mediados de los años ochenta llegó a sostener que el socialismo implicaba el control de los medios de producción por parte de los trabajadores y criticó a la socialdemocracia europea por administrar el capitalismo.
Sin embargo, desde los años noventa comenzó un proceso de moderación programática. La "Carta al Pueblo Brasileño" de 2002 representó un punto de inflexión: Lula garantizó el respeto de la deuda pública, la estabilidad monetaria y los compromisos con el capital financiero, allanando el camino para su llegada a la presidencia.
Sus gobiernos combinaron crecimiento económico, asistencia social con algunas medidas de alto impacto —como Bolsa Familia— y aumento del consumo popular con una estrecha alianza con el agronegocio, el sistema financiero y grandes grupos empresarios. En el período que transcurre entre 2003 y 2010(segundo mandato de Lula) se registran ganancias extraordinarias del agronegocio, utilidades récord de los bancos y enormes negociados de la patria contratista.
Bajo el mandato actual de Lula el contexto se modifica. Lula debe enfrentar un salto en la crisis capitalista mundial, dominado por la guerra comercial y la guerra misma y por la tendencia a un dislocamiento de la economía mundial, a una recesión y a un recrudecimiento de la inflación internacional.
Asistimos a un escenario convulsivo bajo presiones del capital financiero, del Congreso, del agronegocio y del ascenso de la extrema derecha. Los márgenes del PT se estrecharon. Ya no puede conciliar su gestión con algunas necesidades populares, sino que debe avanzar en una política de mayor ajuste e incrementar el ataque a los trabajadores. En este contexto, no sólo busca captar votos de centro; también envía una señal a la burguesía brasileña e internacional de que él va a ser un garante de esta orientación. Su tercer gobierno ha profundizado este rumbo a través de la preservación de un marco fiscal de austeridad y de la autonomía del Banco Central y elevadas tasas de interés.
El contexto internacional
Las palabras de Lula también reflejan un fenómeno más amplio. Después de dos décadas en las que la llamada “ola rosa” dominó gran parte de América Latina, la región atraviesa un escenario caracterizado por un auge de la derecha y una mayor presión del imperialismo que se constata en la ofensiva mundial en que está embarcado elgobierno de Trump y que tienen uno de sus principales blancos en América Latina.
Lula se ha adaptado a estas presiones. La composición de su gabinete confirma esa orientación, empezando por el vicepresidente Geraldo Alckmin, histórico dirigente de centroderecha; ministros provenientes del MDB, PSD y União Brasil y otras fuerzas conservadoras, representación del agronegocio y figuras vinculadas al establishment económico.
Gobierna mediante una amplia coalición cuyo eje es garantizar mayoría parlamentaria a través de una política de pactos y contubernio con el “Centro”. Este núcleo de legisladores no constituye un partido sino un conglomerado de fuerzas conservadoras cuyo apoyo depende de ministerios, presupuesto, cargos, obras públicas, negociaciones permanentes.
Gran parte de la energía política del gobierno está destinada precisamente a esas negociaciones. El Ejecutivo termina subordinando su programa a las exigencias de esa mayoría parlamentaria.
Un aspecto que no puede soslayarse es el de las relaciones con Trump. Brasil propuso una cooperación en “tierras raras”, satisfaciendo una cuestión estratégica para Trump, aunque planteó dos condiciones: mantener la soberanía brasileña sobre los yacimientos e industrializar esos minerales dentro del país.
Brasil sigue enviando armas a Israel mientras niega el suministro de petróleo a Cuba, sometiéndos al ultimátum de Trump en la materia. Lula pidió a Trump reducir la confrontación económica con China, intentando colocar a Brasil como un socio de ambos polos de la disputa mundial. Es que por más que presione Washington, el destinatario principal de las exportaciones de soja y granos es China y los beneficios de los grupos económicos vinculados a los agronegocios dependen de ello. Pero, por encima de estos choques de intereses, lo que une al gran capital internacional con el nacional es el avance contra los trabajadores, sus derechos y conquistas. El líder del PT no ha revisado sino que mantiene en pie la reforma laboral sancionada bajo Temer y la reforma previsional bajo Bolsonaro.
Del mismo modo, el gobierno del PT ha mantenido las restricciones fiscales, poniendo límites al gasto público, lo que redunda en una política de austeridad en materia de asistencia social y de otras partidas como salud y educación.
La frase de Lula aporta elementos para caracterizar a los BRICS. Desde cierta izquierda existió la expectativa de que este bloque pudieran constituir un polo “antiimperialista". La realidad indica otra cosa.
LosBRICS son un bloque entre Estados capitalistas; integrado por burguesías nacionales con intereses y apetitos propios; interesadas en defender cierta autonomía y negociar una posición más favorable dentro del capitalismo mundial pero no en romper con él.
Perspectivas
Por otra parte, la oportunidad elegida para lanzar esta frase no es casual. Brasil se aproxima a unas elecciones presidenciales altamente polarizadas, donde Lula volvería a enfrentar al bolsonarismo. Al mismo tiempo, la extrema derecha continúa siendo una fuerza social poderosa mientras la izquierda latinoamericana atraviesa un retroceso electoral.
En ese contexto, Lula parece buscar varios objetivos simultáneos: presentarse ante los grandes empresarios nacionales e internacionales como un dirigente confiable y previsible, disputar el voto del centro político, evitando aparecer identificado con una izquierda considerada "radical". Según El País, Lula explicó, incluso, que el mundo "no es de izquierdas sino del centro" y reivindicó su condición de dirigente sindical antes que de ideólogo.
En las últimas encuestas, Lula le ha sacado una ventaja a su rival Bolsonaro, pero hasta hace muy poco estaban empatados. El interrogante es si este tipo de manifestaciones van a ser suficientes para ganar las elecciones. Pero más allá de ello, lo importante es que el hecho que el bolsonarismo pueda rivalizar con el PT es una señal inequívoca del grado de decepción que ha provocado en la masa la falta de satisfacción de reivindicaciones sociales necesarias y vitales y la ausencia de un cambio en las condiciones de vida, lo cual permite que la derecha pueda levantar cabeza.
Las centrales obreras y movimientos sociales están sometidos políticamente al gobierno. Lo mismo sucede con el PSOL, una ruptura del PT pero que actúa integrada al Estado, donde su principal referente, Boulos, forma parte del gobierno. La cuestión de la independencia política cobra una relevancia crucial. En primer lugar, para impulsar los reclamos que tienen un carácter apremiante.
Es necesario salir al cruce del chantaje que hace el propio gobierno de que hay que reducir la conflictividad social para no agitar las aguas y perjudicar al PT y hacerle supuestamente el juego a la derecha. Quien le viene haciendo el juego a la derecha es el lulismo adaptándose a las presiones e intereses del empresariado, agronegocios, militares y sectores evangélicos. El desafío de la vanguardia obrera y juvenil es forjar una alternativa política independiente de los trabajadores y de izquierda que también intervenga en la batalla electoral y poner en pie y hacer madurar una fuerza revolucionaria que abra un nuevo rumbo político y sindical en el país.

