Manifestaciones y protestas en China

Una nueva dimensión con la crisis mundial

China está sufriendo una significativa caída del ritmo de su crecimiento económico como consecuencia de una reducción "sin precedentes" (El País, 27/11) de la demanda mundial por sus productos.

En lo que va del año, sólo en la ciudad de Shenzhen -limítrofe con Hong Kong y principal centro exportador de China-, fueron cerradas 682 empresas y despedidos más de 50.000 trabajadores, la mayoría de ellos migrantes del interior (Financial Times, 27/11). Otros miles de despidos se registran en otros grandes centros industriales de la costera provincia de Guandong.

El crecimiento económico ha caído por debajo del mínimo necesario para garantizar que no crezca el desempleo y caerá todavía más en los próximos meses: "la situación del empleo es crítica y el desempleo subirá en los próximos meses", reconoció el ministro de Seguridad Social (El País, 27/11).

Las enormes contradicciones sociales provocadas por la restauración capitalista y por el enriquecimiento de la burocracia a costa de la masa de obreros y campesinos, convirtieron a China -hace ya varios años- en un país de manifestaciones crecientes. Cada año, se registraba un número superior de lo que la prensa oficial dio en llamar "incidentes de masas", protagonizados por campesinos que rechazan la expropiación de las tierras que usufructúan o la instalación de plantas contaminantes en sus aldeas; de trabajadores de las plantas estatales privatizadas; de jubilados que no cobran sus haberes; de jóvenes obreros y obreras de las plantas costeras por el pago efectivo de las horas extras, por aumento de salarios e, incluso, contra el castigo físico de los capataces.

"Las manifestaciones han adquirido una nueva dimensión con la crisis mundial", advierte el corresponsal de El País (ídem) en Pekín.

Ocurre que el desempleo provocado por la crisis mundial -y las rebeliones obreras que comienzan a estallar- afectan al sector más dinámico de la economía china (las plantas costeras que trabajan exclusivamente para la exportación). Las principales víctimas de los despidos son los migrantes -una masa de decenas de millones de trabajadores, sin cobertura social o sindical, que emigran de las aldeas pobres del interior a las ciudades de la costa. Sus condiciones de trabajo son espantosas: hasta 15 horas de trabajo diarias por salarios miserables, obligados a vivir en barracas dentro de las plantas. Cuando llegan los despidos, las explosiones son inevitables.

Sólo en Shenzhen, el 75 por ciento de sus casi 9 millones de habitantes son migrantes; según el China Labor Bulletin, en Shenzhen hay, además, otros 6 millones de migrantes sin registrar. En total, casi 13 millones de obreros migrantes.

Los conflictos proliferan. Los obreros de la planta Kaida (en Guangdong) se rebelaron contra la indemnización miserable que cobrarían 380 despedidos de la planta. Los choques con la policía fueron violentos. En octubre, 7.000 obreros mantuvieron una disputa similar en una fábrica de juguetes.

Estas luchas se suman a las de otros sectores de trabajadores, como la de miles de choferes de taxis, que en las últimas semanas están protestando en varias ciudades por el aumento de los alquileres exigidos por las empresas del servicio. O las de los habitantes de una ciudad de la provincia de Gansú, donde "miles de personas, algunas con barras de hierro, cadenas y hachas, se enfrentaron a la policía por la expropiación de sus viviendas para construir en su lugar un edificio gubernamental" (El País, 27/11).

La consultora estadounidense IMA ha modificado la calificación de riesgo político para China de bajo a medio debido al "potencial de disturbios entre la gran masa de trabajadores emigrantes que se enfrentan al despido en los sectores de la construcción y manufacturero" (ídem).

La penetración capitalista convirtió a China en la mayor plataforma para la exportación al mercado mundial de la historia. Lo hizo a costa de exacerbar todas las tensiones y diferenciaciones sociales existentes -entre la costa y la ciudad, entre la burocracia y los nuevos capitalistas y la masa empobrecida de obreros y campesinos; mediante la liquidación y privatización de servicios sociales esenciales. Al cerrar los mercados mundiales a sus exportaciones, la crisis capitalista agrega una presión insoportable a la muy cargada caldera social china.