Internacionales
15/1/2004|833
Moral y dictadura del proletariado
"El querer operar en política con criterios morales abstractos es una empresa condenada de antemano al fracaso. En política no hay más moral que la que se desprende de la política misma, como una de sus funciones. Pero sólo la política que se pone al servicio de una gran misión histórica es capaz de atenerse para sus actos a métodos morales que no admitan tacha. Al descender el nivel de los problemas políticos, desciende también, inevitablemente, su nivel moral... Cuando (los) predicadores moralistas de la democracia burguesa quieren encontrar en la dictadura revolucionaria, como tal, la fuente de costumbres políticas degeneradas, no le queda a uno más que alzarse piadosamente de hombros. Sería muy instructivo poder tomar y proyectar una película del parlamentarismo moderno, aunque sólo abarcase los episodios de un año; siempre y cuando que el aparato de toma de vistas no se colocase precisamente junto al sitial del presidente del Parlamento, en el momento de ser aprobada una proposición patriótica, sino en otros lugares muy distintos: en los despachos de los banqueros y los industriales, en los rincones de las redacciones periodísticas, junto a los príncipes de la Iglesia; en los salones de las damas de la política, en los ministerios, etc., permitiendo también que la óptica de la cámara cinematográfica echase una mirada que otra a la correspondencia secreta de los caudillos de los partidos... Lo que sí puede decirse, porque es cierto, es que a una dictadura revolucionaria se la debe medir con un rasero más exigente, en punto a costumbres políticas, que a los hábitos parlamentarios. Las armas y los métodos de la dictadura reclaman, aunque sólo sea por su aguzado filo, una asepsia mucho más cuidadosa. Una zapatilla sucia no tiene gran importancia. Pero una navaja de afeitar sucia es sumamente peligrosa."

