02/05/2002 | 752

Notas teóricas en los márgenes de la revolución argentina

1. La revolución de Das Kapital


Es bien conocida la afirmación infundada, mal empleada y frecuentemente manipulada de Antonio Gramsci (dirigida inicialmente contra el determinismo económico de la Segunda Internacional) : «La Revolución de Octubre fue una revolución contra El Capital». La afirmación puede invertirse para describir con precisión el proceso revolucionario que explotó en Argentina con la rebelión popular del 19/20 de diciembre de 2001: está en curso una revolución en total acuerdo con El Capital de Karl Marx.


Todas las tendencias contradictorias del capital, comprendidas dialécticamente y analizadas brillantemente por Marx en su magnum opus, desenvueltas y «globalizadas» en la actual fase avanzada del período imperialista de decadencia capitalista, se manifiestan en la actual descomposición social, política y económica de la Argentina. La explosión no es inteligible sin una comprensión marxista del funcionamiento de las leyes de la acumulación capitalista, de la tendencia a la caída de la tasa de beneficio, de la propia ley del valor.


En la década del ‘90, la Argentina se volvió el caso más «puro» y «clásico» de una economía capitalista en la cual operaban libremente todas las tendencias y políticas internacionales de las dos últimas décadas de «globalización» financiera y del llamado neoliberalismo. En tanto, la forma más desarrollada de la manifestación de las tendencias de la «globalización» capitalista, se volvió también la manifestación más avanzada de su desenlace catastrófico.


(…) La quiebra de Argentina no es un fenómeno periférico, una excepción nacional, sin causas e implicaciones internacionales. Constituye, hasta el momento, la expresión más aguda de un proceso universal dentro de una formación social particular. Constituye una manifestación de la impasse histórica prevista por Marx, a través de las peculiaridades de este país latinoamericano: el capital encuentra en sí mismo su barrera más insuperable, lo que lo lleva a su autonegación, exacerbando la tendencia a la disolución de todas las relaciones sociales capitalistas, alimentando una confrontación creciente entre fuerza de clase opuestas, poniendo en el centro la cuestión del propio poder político y de una transición revolucionaria más allá del capital.


La rebelión popular de diciembre de 2001 no terminó con la caída de De la Rúa y de los presidentes que lo sucedieron. La coalición de peronistas-radicales-Frepaso, ahora en el poder con el presidente Duhalde, se dirige a un nuevo colapso político en la medida en que continúa la desorganización económica y el descontento popular, que a su vez construye y fortalece sus propios órganos de lucha de masas: las Asambleas Populares, las Asambleas Interbarriales, las Asambleas de los piqueteros *los embriones de un poder alternativo. (…) De la objetividad de la crisis capitalista re-emerge como subjetividad revolucionaria de cambio social la multitud de los explotados. (…)


2. La «globalización» como decadencia


La insistencia de Lenin en la centralidad y en la primacía de la práctica revolucionaria está indisolublemente ligada a su otra premisa básica: sin una teoría revolucionaria, no hay movimiento revolucionario. Más aún, no se puede desarrollar ninguna teoría revolucionaria sin el desarrollo de una teoría de la época histórica.


La rebelión argentina ayuda a disipar la confusión sembrada en las dos últimas décadas precisamente sobre la naturaleza de la época (…). La «globalización» fue presentada como una época nueva y pos-imperialista, la del «triunfo final y completo» del capitalismo a escala mundial, y la Argentina bajo Menen y Cavallo en la década del ‘90 *así como los «tigres asiáticos» hasta 1997* fue presentada como el «milagro de la ‘globalización’ que estabiliza la economía y la democracia». Los dos mitos saltaron por el aire. El resultado final de la «globalización» financiera fue la quiebra, una economía en ruinas, un sistema político terminado, desintegrado, las masas rebeladas en las calles durante meses, rechazando a todos los representantes del régimen, buscando una salida. (…) La globalización capitalista en cuanto declinación y transición, se revela en la declinación de la ley del valor, o sea en la imposibilidad creciente que tiene la ley fundamental del sistema *la ley del valor* de cumplir su función.


En la crisis argentina, se reafirma con fuerza la centralidad del trabajo, más precisamente, de la contradicción inherente al trabajo , o su carácter doblemente contradictorio bajo el capitalismo. El muy publicitado «milagro económico» no sólo creó montañas de deudas sino también un problema inmenso e insoluble de desempleo, que se volvió el centro y el real propulsor de una sublevación social permanente, sobre todo el movimiento piquetero *esta gran contribución original de la clase trabajadora argentina a la lucha universal por la emancipación* además, claro, así como de los acontecimientos revolucionarios de diciembre.


Un sistema social basado en la dominación del trabajo abstracto probó ser incapaz de continuar sosteniendo el trabajo concreto como lo había hecho en el pasado. Al mismo tiempo, el propio trabajo abstracto, en tanto principio regulador de la vida económica social, demostró sus límites históricos y su decadencia: de la convertibilidad a la llamada pesificación, a la devaluación de Duhalde a la actual tendencia a la hiperinflación (Jorge Altamira, Prensa Obrera, Nº 742). La relación de valor, la escisión interior del trabajo y la dominación del trabajo abstracto sobre el trabajo concreto, fueron transformados de principios de regulación en todopoderosos factores de desregulación, de desorganización social y económica, y de desestabilización política *al punto del colapso total. (…)


3. La emergencia de la subjetividad


El impulso hacia una iniciativa, conciencia y organización crecientes por parte de los trabajadores y las masas populares en Argentina tiene que buscarse, en última instancia, en esta fuente material: el trabajo como reproducción de las condiciones de la vida social y de las contradicciones en su interior. El movimiento revolucionario de masas expresa la tendencia, la necesidad y la posibilidad de resolver la contradicción, de superar la escisión en el interior de la sustancia social *de reorganizar la sociedad sobre las nuevas bases requeridas para una transición al socialismo. (…)


La subjetividad emerge a través de la interacción continua del ser social con la naturaleza, la producción y la reproducción de las condiciones sociales de existencia. Es impulsada por las contradicciones en el interior de la objetividad, dentro del metabolismo social, en tanto estímulo para superarlas, para destruir la separación entre las condiciones objetivas existentes y las necesidades sociales en desenvolvimiento.


(…) Cuando la relación de valor entra en crisis, particularmente en la etapa de su declinación histórica, el eje de la estructura social del trabajo comienza a fracturarse y el movimiento histórico comienza a superar la división interna del trabajo y por lo tanto de su forma alienada, fetichizada y cosificada. Choques sociales producen rupturas repentinas en la continuidad de la conciencia de las masas y en el comportamiento social. Crece la receptividad y la sensibilidad para las políticas revolucionarias y las soluciones radicales.


La clase productiva, de una clase en sí y objeto de explotación, se vuelve, a través de un desenvolvimiento prolongado, contradictorio y no lineal, en clase para sí, sujeto de su propia emancipación.


Es un proceso de auto-negación. Bajo el capitalismo, el organismo social está profundamente dividido en una «sociedad civil», una esfera de intereses atomizados donde reina la guerra de todos contra todos, y el Estado moderno a través del cual el individuo abstracto tiene acceso a una igualmente abstracta (pseudo-) universalidad. (…). Marx remarcó que la crisis y el derrocamiento del Estado moderno es la precondición para la superación de la alienación y la emergencia de una subjetividad libre.


Los acontecimientos argentinos otorgan una nueva confirmación dramática de este efecto liberador que un doble «default» del Estado, económico y político, tiene sobre las masas en la emergencia de la subjetividad.


El mencionado proceso de auto-negación sería precisa mente éste: la clase trabajadora niega su status atomizado emergiendo como una coletividad combativa, a través de la lucha de clases; pero necesita, entre los resultados mediados por esta primera negación, que se forme un elemento crucial capaz de ejercer el papel de mediador de un desenvolvimiento futuro, una segunda negación en dirección de la verdadera universalidad concreta establecida a través de una lucha contra el Estado moderno. Este mediador es el partido revolucionario de la clase trabajadora. En el Manifiesto del Partido Comunista, Marx ya dijo que la única diferencia entre el partido revolucionario y su clase es que el primero representa a la clase más allá de cualquier división nacional en tanto una clase mundial y el desarrollo de su movimiento como un todo, de las luchas parciales a la lucha por el poder de los trabajadores y finalmente una sociedad sin clases y sin Estados en todo el mundo. El partido revolucionario internacionalista es el instrumento para el acceso a la verdadera universalidad.


Por lo tanto, … es una lucha viva llena de contradicciones y conflictos en la que está involucrado el choque y la intervención de todas las clases, … la lucha no tiene lugar en el vacío sino en un contexto histórico concreto, bajo condiciones mundiales y nacionales específicas, formadas a través de un largo desarrollo, enclavado en un tenso campo de contradicciones sociales, donde la continua interacción entre historia y memoria colectiva juega un gran papel.


4. Espontaneidad y subjetividad


La emergencia de la subjetividad revolucionaria en los acontecimientos en Argentina es frecuentemente ignorada o negada, particularmente por sectores de la izquierda europea, todavía escépticos en cuanto a las perspectivas de la revolución social. El proceso es, en la mayoría de los casos, presentado como una irrupción ciega e inconsciente de la revuelta de gente hambrienta y apolítica que saquea los supermercados, una revuelta caótica de una clase media enfurecida por el congelamiento de sus depósitos bancarios, una multitud gritando por su dinero, y no por los grandes ideales de emancipación…


Incluso entre los que saludan la rebelión, hay muchas voces que enfatizan una supuesta «espontaneidad», que contraponen a un supuestamente ausente «factor subjetivo».


Jorge Altamira, dirigente del trotskista Partido Obrero, ha criticado agudamente estas falsas concepciones (El Argentinazo, 2002) (…)


Lenín, en el Qué hacer, subraya la necesidad de distinguir «entre espontaneidad y espontaneidad», en diferentes estadios de la conciencia social de las masas. Opuso cualquier separación mecánica entre el ele-mento «espontáneo» y el «conciente»: «El elemento espontáneo, en esencia no es más que la conciencia en su forma embrionaria».


Los acontecimientos de diciembre no cayeron del cielo. Hay todo un proceso histórico de gestación, una larga serie de experiencias sociales y políticas de los trabajadores y otras masas populares oprimidas, avances y retrocesos, aproximaciones sucesivas de su conciencia creciente.


Fueron el resultado de la interacción del impacto de la crisis mundial en desarrollo sobre la Argentina y de un período prolongado de luchas sociales, de huelgas generales de los trabajadores y de levantamientos populares como el Santiagueñazo en 1993. El papel más crucial en la preparación de la rebelión de diciembre de 2001 fue ejercido por el movimiento piquetero y sus batallas en los cortes de rutas.


El problema del desempleo, lejos de pulverizar, atomizar o paralizar a la clase trabajadora o de permitir el desenvolvimiento de tendencias fascistas, llevó al desarrollo de un movimiento heterogéneo, uniendo trabajadores, desempleados y empleados. La lucha continúa y el enfrentamiento con las fuerzas de la represión estatal fue llevada a cabo principalmente fuera, y muchas veces contra, la inercia y el sabotaje abierto de las burocracias de los grandes sindicatos tradicionales, controladas por los peronistas (CGT de Daer y CGT «disidente» de Moyano) y/o la centroizquerda (CTA).


Los piqueteros se convirtieron en un factor político de primera importancia a nivel nacional, una fuerza de radicalización y politización del proletariado y de las masas populares no proletarias, incluida la clase media. ¡Argentina se volvió piquetera!


Dentro de esta vanguardia obrera existía un amplio espectro de planteos políticos, desde la esperanza en el asistencialismo del Estado, de los barones peronistas o de la Iglesia, al socialismo revolucionario. Activaban diferentes organizaciones, partidos y corrientes de la izquierda. En la medida en que los dos partidos burgueses populares tradicionales que compartían el poder del Estado, el PJ y la UCR, entraron en un proceso de desintegración como consecuencia de sus políticas antipopulares y sus acciones como títeres del FMI, crecía por otra parte la influencia de los partidos y organizaciones de izquierda, la mayoría de ellas de referencia trotskista (…). Entre esos partidos de izquierda, el Partido Obrero jugó y juega un crucial papel de vanguardia.


Hubo y hay un «metabolismo» permanente (Altamira) entre los factores objetivos y subjetivos dentro del movimiento de las masas, entre las actividades, programas contrapuestos y las políticas de las diferentes corrientes de la izquierda, los «laboratorios político-ideológicos» del movimiento y el propio movimiento que pasó por una serie de experiencias y choques en su conciencia.


Mientras tanto, se generalizaba el rechazo del sistem a político burgués profundamente corrupto, que culminó en la actual consigna «¡Que se vayan todos!», los dirigentes y militantes de la izquierda eran aceptados como parte inseparable del movimiento popular. El movimiento piquetero y las batallas de los trabajadores galvanizaron a la pequeño burguesía empobrecida, que giró a la izquierda en la medida en que cayeron sus expectativas en la centroizquierda y se transformaron en su opuesto, en rabia y revuelta contra los que confiscaron la riqueza social, llevaron el país a la quiebra y confiscaron los depósitos.


El momento decisivo de la verdad llegó cuando el presidente centroizquierdista De la Rúa declaró el estado de sitio, llamando a la clase media a apoyarlos a él y al régimen de la propiedad privada amenazados por «la turba de pequeños ladrones que invaden los supermercados y roban la propiedad». La empobrecida clase media de Buenos Aires se movió decisivamente en la dirección opuesta, apoyando a «los pequeños ladrones de abajo» contra los «grandes delincuentes del gobierno» y saliendo a las calles en un cacerolazo de masas. La represión estatal desatada por el régimen asesinó a 35 luchadores y alimentó todavía más la rebelión popular. (…) ¡Hasta el columnista del Financial Times, refiriéndose a Buenos Aires, tuvo que recordar a «París en 1793 y 1871, y Teherán en 1979»!, el Terror revolucionario, la Comuna de París y la revolución iraní que derrocó al Sha. La revolución Argentina había comenzado.


5. El movimiento de las clases


La ruptura del nacionalismo burgués y la desintegración del control peronista de las masas trabajadoras, abre la vía para la emancipación ideológica de la clase trabajadora y para su unión con la clase media ex-radical y frepasista.


Toda la teoría de las etapas stalinista-menchevique, compartida por el PC stalinista y los maoístas, que entrampa a los trabajadores en una «unión popular» con la burguesía nacional patriótica contra el imperialismo, está nuevamente en ruinas, o como en el caso del ala maoísta (PCR) del CCC, expuesta como colaboración de clase y unión antipopular en apoyo del régimen burgués. Para todos los oprimidos que exigen «¡Que se vayan todos!» y «Fuera el imperialismo yanqui», la lucha contra el imperialismo pasa por la confrontación directa con el régimen burgués como un todo.


Contra los defensores de la continuidad del sistema político burgués en quiebra, se levanta ahora en niveles sin precedentes la actividad y organización autónoma de las masas, con la formación de órganos de lucha y embriones de un doble poder a través del cual luchan para tomar el destino en sus propias manos: las Asambleas de los piqueteros, las Asambleas Populares en los barrios y ciudades, la Asamblea Interbarrial (…). Los puntos más altos de estos desenvolvimientos fueron: la III Asamblea Nacional Piquetera de trabajadores em-pleados y desempleados realizada el 16 y 17 de febrero de 2002, las consignas radicales y el programa de acción votado, que culminó con una marcha nacional realizada entre el 11 y el 15 de marzo, de todo el país rumbo a la Plaza de Mayo; y la Asamblea Nacional de todas las Asambleas Populares el 17 de marzo. Extremadamente importante es la aprobación de este programa por la Asamblea Interbarrial de Parque Centenario. Se forja la unión de «los piquetes y las cacerolas» y avanza la hegemonía de los trabajadores sobre los sectores populares no-proletarios.


6. Máscaras ideológicas y la «poesía del futuro»


Algunos comentaristas de «izquierda» acusan el levantamiento popular argentino de estar motivado y preocupado sólo con los problemas cotidianos del pan y del dinero robado por los que están en el gobierno y que no está interesado en «grandes proyectos ideológicos».


Los planteos sobre la falta de ideología u «hostilidad a la política» carecen de una real penetración. La profundidad de la crisis y la desorganización social alcanzaron un nivel tal que de hecho quebraron las normas establecidas de la rutina social, rompiendo los disfraces ideológicos y las formas fetichistas de las relaciones sociales capitalistas. Los dos campos antagónicos saben que la confrontación no es sobre los «ideales patrióticos» o los «derechos universales del hombre y el ciudadano». Saben que la lucha se refiere al dinero, la propiedad, la expropiación y la expropiación de los expropiadores. Los políticos burgueses y los banqueros confiscaron al pueblo y el pueblo lucha para expulsar a los políticos y confiscar los bancos. Así de simple.


La rebelión revolucionaria en Argentina tiene la característica de todas las revoluciones proletarias genuinas señalada por Marx en El 18 Brumário de Luis Bonaparte: no necesita, como las revoluciones burguesas de los siglos precedentes, disfrazar un contenido capitalista pobre con formas pre-capitalistas brillantes del pasado, prestadas de la Bíblia o de Roma; su contenido es mucho más rico que su forma y «extrae su poesía del futuro» (Marx, Op. cit.).


7. La victoria es una tarea estratégica


Es evidente que hay ilusiones, principalmente democráticas. Muchas trampas político-ideológicas ponen en peligro el curso de la rebelión. Son constantes las tentativas de impedir el crecimiento de las Asambleas Populares como órganos plenamente desenvueltos de lucha y como una alternativa de poder de los trabajado-res. Algunas tendencias como la FTV-CTA de Luis D’Elía y el ala PCR del CCC intentan ligar al movimiento piquetero al Estado y sus «Consejos Consultivos de Crisis», reduciéndolo a un canal secundario y dependiente de una «asistencia pública» (inexistente) a los desocupados (…) (ver recuadro).


Vemos nuevamente la importancia de la famosa tesis de Lenin, en Qué hacer, de que los trabajadores tienen que adquirir una conciencia política de clase «venida desde afuera, es decir, sólo desde afuera de la lucha económica, fuera de la esfera de las relaciones entre trabajadores y patrones. La única esfera de la cual se puede obtener este conocimiento es la esfera de las relaciones de todas las clases y estratos con el Estado y el gobierno, la esfera de las interrelaciones entre todas las clases» (Lenin, ¿Qué hacer?, Moscú, Progreso, 1978, pág. 78/79).


Esta no es la posición de una elite política por encima de la clase trabajadora, sino precisamente la posición de la clase en sí y para sí, en cuanto clase universal, «entrenada para responder a todos los casos de tiranía, opresión, violencia y abuso, no importa qué clase sea afectada». Definitivamente, es una posición que trasciende todos los particularismos y divisiones de sectores, incluso dentro de las limitaciones fetichistas de la relación económica empleado-empleador de compra-venta de fuerza de trabajo como una mercancía. La teoría de Lenin del partido no se aleja sino que constituye un desarrollo del concepto inicial de partido planteado por Marx en el Manifesto: los dos formulan las tareas del partido de acuerdo con la necesidad de erguir a la clase trabajadora más allá de cualquier regionalismo, nacionalismo o economicismo a la posición de «humanidad socializada» (Tesis sobre Feuerbach), al punto de la universalidad comunista.


Para desarrollar su potencial revolucionario histórico como agente de la transición revolucionaria y de la emancipación humana universal, la clase trabajadora necesita comprender la situación en su conjunto y elaborar una estrategia que lleve a una salida a la crisis, tomando los desafíos políticos como un todo, más allá de las respuestas del día-a-día a las exigencias de la crisis en curso. En la Argentina esta necesidad se expresa en la lucha por establecer el eje político de una alternativa global al actual sistema político en ruinas, contra su continuidad y las conspiraciones contrarrevolucionarias, prestando atención al nivel de desarrollo de la conciencia social de las grandes masas: la línea que propone la lucha por Asambleas Constituyentes en todos los niveles, en las ciudades y nacionalmente, convocadas por las Asambleas Populares y basadas en ellas *una línea aprobada por la Asamblea Interbarrial de Buenos Aires, y previamente propuesta y defendida por el Partido Obrero* tiene este objetivo específico.


La consigna de la Asamblea Constituyente, una consigna democrática, no tiene como objetivo sustituir con una institución democrática burguesa al poder de los soviets que toman cuerpo en forma embrionaria en las asambleas, sino destruir toda tentativa de atar estas asambleas al Estado burgués en disolución y prepararlas para derrocarlo; en otras palabras, transformar las asambleas en órganos verdaderos y plenamente desenvueltos del poder de los trabajadores.


La insurgencia de las masas no vuelve anticuada, obsoleta, sino cada vez más urgente, la necesidad de desenvolvimiento de la teoría marxista y de su núcleo vital, la dialéctica revolucionaria. En la revolución, como subrayó Trotsky en un pasaje brillante de su Autobiografía, a través de las masas se funde la forma más elevada de la teoría con lo que está más distante de ella. Hoy esta exigencia se vuelve cada vez mayor. Un partido revolucionario moderno, del siglo XXI, que incorpore y trascienda la experiencia histórica de los últimos cien años de revoluciones, contrarrevoluciones y guerras, una lucha de cien años entre el socialismo y la barbarie, sólo puede alcanzar sus objetivos como parte de una Internacional revolucionaria de los trabajado-res, una Internacional que continúe y complete el trabajo iniciado con la toma del Palacio de Invierno en Octubre de 1917: la IV Internacional refundada.


Atenas, 7 de marzo 2002.


1. Trabajo presentado en el Seminario realizado en King’s College, University of London, el 9 de marzo de 2002, en celebración del centenario de la obra de Lenin, Qué hacer.

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