16/05/2002 | 754

Palestina, una crisis cada vez más explosiva

El partido de gobierno israelí, el Likud, se fracturó. La ultraderecha, encabezada por Benjamin Netanyahu, censuró públicamente cualquier posibilidad de establecer un «Estado palestino» en un futuro lejano, aun sin Arafat, sin ejército y en las áreas que dejaran libres las «zonas de seguridad» ocupadas por el ejército sionista en Gaza y Cisjordania. La resolución no da lugar a equívocos: «No a un Estado palestino, ni con el gobierno de Arafat, ni bajo el liderazgo de otra persona; ni hoy ni mañana».


Al mismo tiempo, en el gobierno norteamericano, el aplazamiento de la ofensiva contra Irak amplificó las ostensibles divergencias en relación a Palestina.


La ultraderecha sionista busca inclinar la balanza en los Estados Unidos a favor del Pentágono. Todas estas contradicciones salieron a la luz durante la visita de Sharon a Washington y explican su fracaso.


Las fracturas en el sionismo y en el gobierno norteamericano hundieron, en menos de una semana, la llamada «Conferencia Internacional de Medio Oriente», respaldada por Estados Unidos, la ONU, la Unión Europea y Rusia.


Crisis militar


La anulación del previsto ataque sionista contra Gaza, en represalia a un nuevo atentado palestino, obedece a estas divergencias y a una fractura del alto mando israelí. Una fracción del alto mando vetó la «operación» por temor al elevado número de bajas entre sus propias tropas que hubiera provocado la fuerte resistencia palestina que se esperaba en Gaza.


El ejército sionista se divide también por abajo. El movimiento de los reservistas que se niega a servir en los territorios palestinos, que califica al ejército israelí como un ejército de ocupación y una fuerza de opresión del pueblo palestino y que reclama el retiro israelí de los territorios y el desmantelamiento de las colonias sionistas, crece día a día. La invasión sionista contra las ciudades de Cisjordania le dio nuevos ímpetus: «No queremos que nos lleven a La Haya para ser juzgados por crímenes de guerra por lo que está sucediendo en los territorios palestinos», afirmó un portavoz de la organización Yes Guul, que agrupa a los soldados que se niegan a servir en Gaza y Cisjordania (El País, 13/5).


La crisis en el ejército, que muestra el grado que alcanza la descomposición del sionismo, es un factor explosivo de peso propio.


Manifestación pacifista


En este cuadro, 60.000 israelíes manifestaron en Tel Aviv en oposición a la política «terrorista» de Sharon, por el retiro de las tropas de los territorios y el desmantelamiento de las colonias.


El crecimiento de este movimiento (hace unos meses, no lograba reunir más de mil manifestantes), se produce bajo el impacto directo de la masacre de Jenín sobre una fracción significativa de la población israelí. El bombardeo indiscriminado de la población palestina, los asesinatos a sangre fría, la destrucción de la infraestructura civil y el robo y el pillaje en gran escala de la propiedad de los palestinos por los soldados israelíes, siguiendo «órdenes explícitas de las altas jerarquías políticas y militares», dice un corresponsal, «divide» y «abrió profundas brechas en la sociedad israelí» (ídem).


Incógnita histórica


Los manifestantes de Tel Aviv portaban banderas palestinas, repudiaron el terrorismo del ejército sionista, reclamaron el desmantelamiento de las colonias y respaldaron a los soldados y reservistas que se niegan a servir en Gaza y Cisjordania.


La manifestación fue la expresión de una crisis nacional, porque para los colonos y la derecha sus enemigos no son sólo los palestinos, sino también los judíos «pacifistas», como lo prueba el incremento de las amenazas y represalias contra las figuras más destacadas del movimiento. ¿Qué clase de «hogar nacional» sería un Estado común a los «pacifistas» y a los fascistas judíos?


El terreno de un Estado sionista común sigue siendo, sin embargo, el programa político del pacifismo sionista, cuyo objetivo explícito es desarmar el levantamiento palestino, con propuestas inviables de «una paz de iguales». El mismo movimiento que encierra potencialidades revolucionarias, tiene una conducción contrarrevolucionaria.


La explosiva crisis de Medio Oriente y la descomposición del sionismo abren la posibilidad de la resolución, por medio de la lucha, de una incógnita histórica. ¿La sociedad israelí es un bloque opresor homogéneo que no podrá ser fracturado por el impacto del levantamiento nacional palestino? ¿O, por el contrario, la lucha nacional palestina puede hacer emerger a un sector israelí explotado que se levante contra el Estado sionista que se fascistiza y se una en una lucha común con el pueblo palestino?


Este último es el camino que podría salvar a los explotados israelíes de la trampa mortal del sionismo, el cual los obliga a vivir en una «fortaleza sitiada» y bajo un régimen que muestra en forma cada vez más abierta su carácter fascista.


La destrucción del Estado sionista *es decir, de un Estado sostenido por el imperialismo yanqui, basado en la expropiación y la opresión de la población palestina y de las minorías nacionales que viven dentro de Israel (no sólo los árabes isrealíes sino también los judíos africanos) y en una fascistización abierta de las relaciones políticas* y su reemplazo por un Estado palestino único, laico, democrático y socialista, de las dos comunidades, deberá convertirse entonces no sólo en una reivindicación de los palestinos sino también de los propios explotados judíos.


A los socialistas revolucionarios judíos, la crisis explosiva de Medio Oriente les abre una posibilidad histórica: la de encabezar una lucha de masas contra el chovinismo y el racismo, no ya en la «diáspora», donde los militantes de origen judío jugaron y juegan un papel socialista destacado, sino en la propia Palestina, contra los explotadores y opresores sionistas.

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