06/12/2000 | 691

Por qué fracaso la cumbre climática

La sexta reunión mundial de las Naciones Unidas sobre «cambio climático» concluyó en «un rotundo fracaso» (El País, 27/11). Las expectativas de que la aplicación de los «protocolos» aprobados en la reunión de Kyoto, en 1997, revirtieran el proceso de degradación sin precedentes de las condiciones climáticas y ecológicas de la Tierra y dieran lugar a un «desarrollo sustentable», como proclamaron entonces gobernantes y ‘estadistas’, se han verificado ilusorias.


Los pronósticos más ‘catastrofistas’ del pasado, como el «calentamiento global», la proliferación de gases originados por la quema creciente de combustibles fósiles y la desaparición de los bosques naturales que antes absorbían esos gases –por la tala indiscriminada– ahora deberían considerarse ‘benignos’ frente a la falta creciente de agua potable, la desertización y salinización de los suelos, las inundaciones y las sequías, el incendio de los bosques y la propagación de pestes, particularmente en las ciudades costeras (en las que vive la mayor parte de la humanidad), como consecuencia del sistemático elevamiento del nivel del mar. En los próximos 30 años, este fenónmeno debido al derretimiento de grandes masas de hielo polar podría transformar a la rica Londres en una Venecia y provocar el traslado de 150 millones de personas en Bangladesh. Los científicos norteamericanos afirman que, al ritmo actual, las temperaturas se elevarían hasta 6 grados al final del nuevo siglo, y no 3,5 grados como se temía hasta hace poco. Incluso círculos científicos norteamericanos hasta ayer serviles a los intereses de la principal patronal contaminante del planeta, consideran ahora que «las amenazas son indudablemente reales» (The Economist, 18/11).


Frente al persistente calentamiento del planeta, las potencias imperialistas acordaron en la primera «cumbre climática» mundial, celebrada en Río en 1992, reducir las emanaciones de dióxido de carbono en un modesto 5,2% hacia el 2008/12 respecto de los niveles de 1990. Las últimas estadísticas disponibles indican que, lejos de haberse reducido, en 1998 esas emisiones habían aumentado un 10%. Aunque cuentan con el 15% de la población mundial, Estados Unidos, la Unión Europea y Japón responden (como en 1990) por casi el 60% de las emisiones. Estados Unidos fue el país que más incrementó sus emisiones (Corriere della Sera, 25/11). «Según el mayor experto mundial en cambio climático, el químico y físico de atmósfera Robert Watson, de los Estados Unidos… será necesario un corte más drástico, del 60/70% (de esas emanaciones) o habrá un desastre» (ídem). «Según una vasta mayoría de expertos climatológicos, afirmó Watson, decenas de millones de personas deberán ser desplazadas» de su hábitat natural en los próximos años.


El fracaso de la «cumbre» ratifica la absoluta incapacidad del capitalismo para ‘regular’ la explotación del ecosistema y su ineluctable tendencia a destruirlo.


Guerra comercial, business y parasitismo


En la cumbre de La Haya se pusieron en juego poderosísimos intereses capitalistas.


Andrew Dlugolecki, directivo de una compañía de seguros, advirtió a la «cumbre» que los crecientes desastres «naturales» originados en el cambio climático «pondrían pronto (a las compañías de seguros) más allá de su capacidad de responder a los siniestros» (Financial Times, 24/11). «Las pérdidas económicas globales por desastres naturales se han incrementado a un ritmo del 10% anual en las últimas cuatro décadas, alcanzando los 100.000 millones de dólares en 1999. Si esta tendencia continuara, advirtió, los daños podrían exceder el crecimiento del producto bruto global hacia el 2065».


Mientras tanto, el capital se ha lanzado sobre el aire y el agua para lucrar con ellos. El agua de Turquía y Albania ya se vende a Europa e Israel. Los llamados «bancos de carbono» y el «comercio de gases» entre pulpos y países «excedidos» y otros que están por debajo de los niveles de emanaciones permitidos por los protocolos de Kyoto, están haciendo las delicias de los especuladores: aunque se trata de un «negocio que aún se encuentra en pañales, estaría llamado a convertirse en uno de los mercados de ‘materias primas’ más grandes del mundo» afirmó Cantor Fitzgerald, de una empresa de servicios financieros (Financial Times, 25/11).


Los nuevos mecanismos con los que el imperialismo pretende hacer frente a la acentuada degradación del ecosistema, ponen al descubierto la impostura de la llamada «auto-reconversión» industrial. En La Haya, Estados Unidos puso de manifiesto que no está dispuesto a invertir un dólar en el mejoramiento de los procesos productivos para hacerlos menos contaminantes. Los yankis pretenden hacer valer «tres mecanismos de flexibilidad (de los acuerdos de Kyoto) que pueden utilizar los países desarrollados para cumplir con su reducción de emisiones: compraventa de cupos de emisiones; proyectos de implementación conjunta entre países desarrollados; y proyectos de ‘desarrollo limpio’, en los que un país desarrollado ayuda tecnológicamente a uno en desarrollo y la reducción de emisiones logradas se le apunta al primero en su saldo» (El País, 24/11).


El punto central de los desacuerdos entre Europa y Estados Unidos giró en torno a los llamados «sumideros de carbono», es decir a la posibilidad de apuntarse las nuevas áreas de forestación como «compensación» por las sobre-emisiones. En este punto, Estados Unidos logró quebrar a la Unión Europea, que explotaba a su favor el mantenimiento de su emisión de gases en los niveles de 1990 como consecuencia del desmantelamiento industrial de la ex Alemania Oriental. Para un diario español, «la fórmula de los ‘sumideros’ propuesta por EE.UU. tiene muchas incertidumbres» y, «según la UE, permitiría a ese país no sólo no reducir el 7% sus emisiones, como indica el protocolo de Kyoto, sino aumentarlas en un 2%» (El País, 27/11).


Como sólo en la ex URSS y en los países del ex «bloque socialista» la emisión de gases que causan el «efecto invernadero» ha disminuido drásticamente (casi un 40%), «los gases que esas plantas industriales ya no emiten pueden ser vendidos a empresas extranjeras y naciones que buscan cumplir con sus cuotas de emisión… Rusia, con mucha capacidad industrial fuera de uso, podría ganar 3.000 millones dólares por año… ya hay transacciones en línea para créditos de dióxido de azufre establecidos bajo las normas norteamericanas que apuntan a controlar la lluvia ácida» (The Wall Street Journal, 21/11). Como se puede ver, dice el mismo diario, «la baja de la producción tiene su recompensa».


En Asia, y especialmente en China, la India e Indonesia, las emisiones de esos gases aumentaron, en promedio, un 50% en la última década. Se responsabiliza de este incremento al atraso de esos países, omitiendo que las 122 empresas transnacionales responsables por el 80% de las emisiones en los países imperialistas (Brecha, 17/11) son las mismas que han ‘industrializado’ a esos países asiáticos.


Los enormes progresos científicos y técnicos modernos ponen al alcance de la mano la solución de los problemas de la preservación del medio ambiente. Pero la utilización capitalista de la ciencia y la tecnología ha colocado a las fuerzas productivas planetarias al borde de una destrucción jamás conocida.

 

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