05/12/1995 | 476

Puede ir más lejos que el ‘Mayo del 68’

Francia está virtualmente paralizada por un movimiento huelguístico de una magnitud y extensión desconocidas en la última década.


Los ferroviarios, que ya han cumplieron más de diez días de huelga, paralizando toda la red nacional, han sido los catalizadores de un vastísimo movimiento de huelgas de los estatales, el subte y de los colectivos y  taxistas de París. Sin trenes de carga, las huelgas de los camioneros y de Air France –y de su subsidiaria de cabotaje– paralizaron el transporte comercial en todo el país.


También es fuertísima la huelga de los trabajadores postales y de France-Telecom, de una parte, y los de Gas de Francia y de Electricidad de Francia (incluyendo a los de las centrales nucleares). Lo mismo sucede con los hospitales y con los bancos estatales.


En apenas cuatro días se realizaron dos paralizaciones generales de los trabajadores estatales –una convocada por el conjunto de los sindicatos con excepción de Force Ouvriere; la otra promovida por Force Ouvriere y la CDTF– con movilizaciones de más de 500.000 trabajadores en todo el país, en cada uno de ellas.


Al mismo tiempo, las universidades entraron en su octava semana de huelga en reclamo de mayor presupuesto. El 30 de noviembre tuvo lugar una enorme marcha de la educación, con la participación de cientos de miles de estudiantes y profesores universitarios y también, significativamente, con una muy nutrida participación de estudiantes secundarios.


La tendencia de los estudiantes a participar en las marchas sindicales y las de ciertos sectores obreros en huelga –como los ferroviarios– a participar en las marchas estudiantiles han llevado a la prensa de todos los colores políticos a especular con una reedición del ‘mayo del 68’. Esta tendencia a la manifestación común ha comenzado a tomar cuerpo en el llamado a una movilización común de trabajadores, estudiantes y jubilados para el próximo 17 de diciembre.


 


Contra la destrucción de la Seguridad Social


Cada uno de los sectores obreros que ha salido a la lucha levanta sus propias reivindicaciones. Los ferroviarios se oponen al ‘plan de saneamiento’ oficial que estipula el levantamiento de 6.000 kilómetros de vías férreas, una plan de reducción de personal de 5.000 trabajadores por año y la ‘flexibilización laboral’; los trabajadores de la electricidad, del gas, de los transportes aéres y los telefónicos a los planes de privatizaciones lanzados por el gobierno. Los de la salud se movilizan en defensa del hospital público. Los estudiantes y los docentes, por su parte, van a la huelga por mayor presupuesto educativo.


Sin embargo, el corazón de este vasto movimiento huelguístico, lo que le da una unidad nacional y un objetivo común, es la cerrada oposición de los trabajadores franceses al llamado ‘plan Juppé’ de ‘reforma’ (destrucción) de la seguridad social.


La ‘Secu’, que engloba a las jubilaciones y a la salud– es, en la conciencia colectiva de la clase obrera francesa, una de sus conquistas históricas más preciadas. Por eso, la pretensión del primer ministro Juppé de reducir el déficit de la ‘Secu’ mediante el aumento de las cotizaciones obreras, la elevación de la edad jubilatoria de los trabajadores estatales y la liquidación de sus regímenes especiales de retiro, y la reducción de las prestaciones ha desatado una rebelión que se extiende a todos los trabajadores.


El ‘plan Juppé’ es, apenas, el primer paso en una política de liquidación más amplia de la seguridad social … que en Argentina conocemos perfectamente: la reducción de la jubilación y la salud estatales a un papel ‘asistencial’ … para abrir, de par en par, las puertas al negociado capitalista de la previsión y la salud privadas. Esta es la salida capitalista a una crisis creada por el mismo capitalismo: el déficit de la seguridad social –que Juppé pretende reducir liquidando los derechos de los trabajadores– es la consecuencia del sistemático crecimiento del desempleo (y, como consecuencia, del menor número de cotizantes), de las excensiones que el gobierno le ha prodigado a los capitalistas (con el argumento de ‘bajar el costo laboral para combatir el desempleo’ ) y, finalmente, de la evasión patronal.


 


Crisis política


La destrucción de la ‘Secu’ – es el corazón de la política oficial, porque según el Tratado de Maastricht, la ‘moneda única europea’ depende de la reducción de su déficit fiscal.


La política oficial, choca también con los límites que impone la propia crisis capitalista. El aumento de los impuestos y las cotizaciones obreras a la seguridad social y la reducción del ‘gasto’ sólo puede agravar enormemente la recesión que ya ha comenzado a manifestrase. Sólo en el mes de octubre el consumo se derrumbó en un 4,4% y la demanda de automóviles –el componente más importante del consumo– cayó nada menos que el ¡16%! en noviembre.  El desempleo, mientras tanto, continúa en aumento.


Esto explica que en los voceros de la propia burguesía francesa comiencen a poner en duda “si el gobierno ha encontrado el dosaje adecuado para reducir los déficits públicos sin dañar un crecimiento que aparece cada día más frágil” (Le Monde, 26/11).


La consigna oficial: quebrar la huelga


El gobierno ha reiterado que “no retrocederá”. Un retroceso sería visto por la burguesía francesa y el gran capital financiero internacional como una capitulación. El ejemplo de Balladur –cuyo gobierno fue virtualmente liquidado como consecuencia de su capitulación ante los huelguistas de la Air France– es aleccionador para Juppé. Por eso, en medio de la huelga, el gobierno ‘envió una señal a los mercados’ : Juppé fue autorizado a decidir por decreto, alzas en las cotizaciones obreras. Se trata de una virtual provocación.


“El gobierno –afirma Le Monde (28/11)– tiene más elementos de los que parece” (para derrotar  la huelga). El primero es el sostén unánime de la burguesía francesa. Pero cuenta, además, con el divisionismo de la burocracia sindical. Mientras que, por abajo,  la oposición de los trabajadores a las ‘reformas’  es frontal, la burocracia ‘está en otra’. Nicole Notat, presidente de la CDTF –una de las principales centrales sindicales–expresó públicamente algunas divergencia ‘parciales’  al ‘plan Juppé’. La burocracia de Force Ouvrière –otra de las grandes centrales sindicales– dividió la jornada de lucha del 24 de noviembre en función de los acuerdos que habría anudado con el gobierno para mantenerse en la dirección de la seguridad social ‘reformada’. Otro punto de apoyo del gobierno es el Partido Socialista. Mientras, la dirección oficial del PS (Jospin) no llama a las huelgas y a las manifestaciones porque “no queremos ser incendiarios”, el ala derecha del partido se moviliza abiertamente en favor de la ‘reforma’, que es  la continuación de los ataques del propio gobierno de Mitterrand (elevación de las cotizaciones obreras en 1981 y más tarde en 1983 y en 1990; reducción de prestaciones familiares y de los reembolsos por medicamentos). Promientes intelectuales socialistas y especialistas, muchos de ellos ex miembros de los gobiernos del PS acaban de firmar una solicitada en apoyo “de la dinámica de la reforma del primer ministro”. El Pc, por su lado, viene preparando desde hace varios meses un ‘entendimiento’ con el gobierno de Chirac.


La información de la prensa es escasa en cuanto a qué sucede en el movimiento real de la huelga, en las asambleas, en las manifestaciones, en las reuniones de activistas, en los plenarios sindicales. Los pocos indicios que aparecen muestran un movimiento de una gran magnitud, combativo y en ascenso, que ha logrado poner límites a la política de divisionismo de las burocracias —los sindicatos de base de FO manifestaron el 24/11, a pesar de la oposición de su dirección; en reuniones de base de la CDTF ha comenzado un movimiento por la renuncia de Nicole Notat por su apoyo al ‘plan Juppé’. ¿Tendrá la energía y la claridad suficientes para superar la ofensiva gubernamental y los intentos de la burocracia para liquidarlo desde adentro, que irán ganando en amplitud y peligrosidad conforme se desarrolle el movimiento? A la distancia, es difícil pronosticar un desenlace que, además, parece todavía lejano. Pero lo que importa señalar es que la clase obrera francesa, con sus huelgas y movilizaciones, se ha convertido en el factor esencial y determinante de la crisis política.

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