¿Qué es el sionismo? La naturaleza colonial y militar de un enclave imperialista

Benjamin Netanyahu junto a su ministro Itamar Ben-Gvir

Para comprender la verdadera naturaleza del sionismo, es necesario desarmar la operación ideológica que intenta equipararlo, de manera maliciosa, con el judaísmo. Históricamente, como se ha argumentado en las páginas de la revista En Defensa del Marxismo, el sionismo no nació como una expresión mayoritaria ni natural del pueblo judío. Por el contrario, hasta la víspera de la Segunda Guerra Mundial, fue una corriente política minoritaria que competía enconadamente con las vigorosas organizaciones obreras y socialistas de Europa Oriental (como el Bund o el propio bolchevismo), las cuales llamaban a los trabajadores judíos a luchar en sus países de origen junto al resto de la clase obrera para derrocar a los regímenes opresores.

El sionismo surge a fines del siglo XIX como un nacionalismo de base étnica y burguesa. Ante el avance del antisemitismo moderno instrumentalizado por los Estados —como los pogroms de la Rusia zarista—, el sionismo planteó una salida capituladora: la imposibilidad de la convivencia y la necesidad de emigrar para fundar un Estado propio. Al hacerlo, adoptó las premisas ideológicas de sus propios opresores (el nacionalismo excluyente) y buscó, desde su origen, la alianza con las potencias imperialistas de la época
para viabilizar su proyecto.

Un movimiento colonial de base eurocéntrica y eugenésica

Las investigaciones históricas recientes y la divulgación de archivos desclasificados, puestas de relieve por portales como Palestine Nexus del historiador Zachary Foster, iluminan los costados más oscuros de la etapa fundacional del movimiento. El sionismo primitivo operó bajo una matriz ideológica fuertemente influenciada por el nacionalismo racial y el eurocentrismo de la época.

Foster documenta cómo los primeros líderes teóricos y políticos del movimiento no concebían su proyecto como una acción humanitaria de refugio universal. En diversos momentos de la primera mitad del siglo XX, la dirigencia sionista priorizó la selección de inmigrantes con capacidad de capital o aptitudes para el trabajo agrícola y militar (bajo criterios que rozaban la eugenesia social), llegando a rechazar contingentes de refugiados judíos europeos que huían del fascismo por considerarlos "indeseables" o no aptos para la colonización de la Palestina histórica. Esta lógica se corporizó en polémicos acuerdos de transferencia de capitales y bienes con regímenes antisemitas, incluido el pacto Haavara de 1933 con la Alemania nazi, demostrando que para el sionismo el objetivo supremo de erigir el Estado estaba por encima de la salvaguarda de las masas judías perseguidas.

La limpieza étnica como método fundacional

La premisa fundacional del sionismo de crear "un Estado judío en una tierra sin pueblo" chocó inmediatamente con la realidad: Palestina estaba habitada por una población árabe nativa. Como explica la literatura contemporánea en Palestina, anatomía de un genocidio, y siguiendo las investigaciones de la nueva historiografía israelí (como Ilan Pappé), la construcción de ese Estado requirió de un plan sistemático de expulsión y desposesión. No se trató de una consecuencia accidental de la guerra de 1948, sino de una ejecución planificada conocida como el Plan Dalet, llevado a cabo por las milicias paramilitares sionistas (Haganá, Irgún). Este proceso, denominado por el pueblo palestino como la Nakba (la catástrofe), implicó:

La destrucción y despoblación de más de 530 aldeas palestinas.
La expulsión violenta de unos 800.000 nativos de sus tierras originarias.
El establecimiento de un régimen de segregación que transformó a los sobrevivientes en
ciudadanos de segunda o en refugiados apátridas.

El sionismo hoy: enclave imperialista y gendarme regional

De acuerdo con el análisis de Prensa Obrera, el sionismo se consolidó en la etapa de decadencia capitalista no como un movimiento de liberación, sino como un engranaje fundamental del imperialismo occidental —principalmente norteamericano— en el Medio Oriente. Israel opera como un "Estado-cuartel", un enclave militarizado cuya función es custodiar los intereses petroleros y geopolíticos de las potencias dominantes, bloqueando cualquier proceso de unidad e independencia de los pueblos de la región.

En la actualidad, la opresión sobre Gaza y Cisjordania es la continuidad histórica de esa colonización iniciada hace un siglo. Para la prensa socialista y obrera, el sionismo es una ideología supremacista y teocrática que expone su crisis terminal mediante métodos de destrucción masiva.

La salida democrática y elemental a este conflicto histórico no reside en la quimera de los "dos Estados" (que perpetúa los muros y los campos de concentración a cielo abierto), sino en el desmantelamiento del Estado sionista e imperialista. La perspectiva planteada por el marxismo revolucionario es la lucha por una Palestina única, laica, democrática y socialista, en todo su territorio histórico, donde puedan convivir en paz árabes, judíos y todas las comunidades, con el derecho incondicional al retorno de todos los millones de refugiados condenados al exilio.

La delegación argentina de la flotilla Sumud formuló graves denuncias contra el Estado de Israel
En conferencia de prensa, denunció el genocidio en Gaza y las torturas a los tripulantes de la misión de solidaridad con Palestina. -
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