Rusia: el crimen sin perdón de la burocracia restauracionista

No fue la impericia de las tropas rusas ni una bomba accionada accidentalmente lo que provocó la masacre en Osetia del Norte y la matanza sin precedentes de centenares de niños. Lo dijo Putin con posterior­idad al crimen -que no negociaría nunca con nadie, es decir, ni siquiera si el precio a pagar son más de 300 vidas.


El corresponsal de El País en Moscú informaba (7/9) que los co­rresponsales de Izvestia (diario moscovita) habían dicho el sábado (o sea, el 4) “que habían visto sig­nos de que se preparaba un asalto”; los mismos corresponsales afirma­ron, luego, que “no hubo ninguna explosión al principio, sino que pri­mero comenzó un tiroteo de fusiles automáticos cada vez más intenso”.


El domingo, el mismo corresponsal español había dejado constancia de ‘que el ataque… pudo haber sido premeditado”. La balacera la ha­bría originado una milicia formada por gente del lugar con la toleran­cia del ejército ruso. Sea como fue­re, no existió la intención de nego­ciar la liberación de los rehenes. Durante el asedio se privó a los asaltantes de cualquier abasteci­miento externo, lo que redundó en que los niños atrapados no tuvieran agua durante varios días y que los asaltantes fueran presos de la de­sesperación. Hasta el desenlace de la crisis el gobierno aseguraba que los rehenes no llegaban a doscien­tos, cuando eran aproximadamente mil, en un intento premeditado de fraguar el número de pérdidas hu­manas que provocaría un ataque. El redactor en jefe de Izvestia fue exonerado por el dueño del diario, el oligarca del acero, Vladimir Po­tanin, a pedido de Putin.


La masacre se produce en un contexto formado por tres pilares. El primero, por cierto, es la incesante resistencia chechena a la minación de la burocracia restauracionista rusa, que no quiere per­der el control de una ruta de trán­sito de petróleo. El segundo es la activa acción del gobierno de Bush para convertir al Cáucaso del sur, lindero con Chechenia, en un pro­tectorado norteamericano a cargo de los pozos de petróleo del mar Caspio y de los óleo gasoductos que conducen a la costa turca del Me­diterráneo. El tercer aspecto está constituido por la crisis entre el go­bierno Putin y un sector de la oli­garquía rusa que se ha adueñado de la riqueza petrolera del país; es­ta oligarquía tiene una vieja rela­ción de gangsterismo con un sector de la resistencia chechena y se ha valido de ella en varias ocasiones para dirimir cuentas al interior de Rusia.


Putin ha reiterado que preten­de seguir sometiendo a Chechenia y continuar con la política de tierra arrasada, que ya ha dejado 80.000 muertos y asesinatos y torturas sin límites. En un reportaje durante los recientes acontecimientos ha dicho que la independencia de Che­chenia desintegraría el flanco sur- musulmán de Rusia. Como la pro­pia Rusia está manejada por oligarquías regionales que cuidan so­lo sus propios intereses, el aparato del Estado central ve en el secesionismo el inicio de una dislocación del conjunto de Rusia. Se trata, na­turalmente, del punto de vista de una burocracia que no tolera desa­fíos a su poder y de una camarilla de acaparadores de la ex propiedad estatal, que es temerosa de que la obliguen a exhibir el origen de sus patrimonios y propiedades. Una política democrática inspirada en una perspectiva socialista tendría, en cambio, todas las condiciones para amentar una relación de co­laboración entre todas las ex repú­blicas soviéticas. Putin reivindicó, en cambio, la política de Stalin, cuando se valió de la tenebrosa fra­se de éste (“hemos pagado por nuestra debilidad”) para caracteri­zar lo ocurrido y cuando fechó esa flaqueza a partir de 1991, o sea, a partir de la disolución de la URSS.


De todos modos, Putin carece de los medios que corresponden a sus fines. Gran parte de los ata­ques de la resistencia o del terro­rismo chechenos son factibles por la corrupción de las fuerzas de se­guridad rusa. Para transportar to­neladas de explosivos desde los es­condrijos de los combatientes has­ta los objetivos marcados, aquéllos se valen de la coima a todos los con­troles rusos que encuentren en el camino. Las armas de los asaltan­tes del colegio de Osetia del Norte (y de todos los ataques anteriores) eran rusas, e incluso de las más so­fisticadas. Putin ha reestructurado a las fuerzas de seguridad más ve­ces de lo que ha hecho Arslanián, con los mismos resultados. La pri­mera guerra contra Chechenia (1995) fue desatada por Rusia pa­ra que Yeltsin pudiera ganar las elecciones; la segunda (2001) para que ganara Putin.


En esta ocasión, el vaquero Bush se pronunció por la necesidad de negociar con los chechenos “que no sean terroristas’, delatando una grave fisura del imperialismo yan­qui con los restauracionistas rosos y. por sobre todo, las ambiciones norteamericanas en el Cáucaso. El texano ve a Bin Laden por todos la­dos, pero no acepta que esté en­vuelto en el sur de Rusia. Estados Unidos tiene con Azerbaidjan, Ucrania, Uzbeskistán, Georgia, Moldavia un acuerdo político (UU- GAM), o sea desde Asia a Europa, cuyo destino final es la Otan. La po­sición de los yanquis no es ambigua sino diplomática, pues tiene que proceder en puntas de pie para no incendiar todo el espacio de la ex Unión Soviética. Putin se ha dis­puesto a aceptar la presencia norteamericana en Asia Central, pero choca con ella en el Cáucaso; en re­alidad, cede posiciones en todos la­dos, como lo demuestra la instala­ción de gobiernos proyanquis en Georgia y en dos regiones lindan­tes con ésta y el Mar Negro -Abjazia y Adzharia.


Hay un tercer pilar que la pren­sa apenas ha rozado. El martes 7, el diario Moscow Times anunciaba en un titular; “La Bolsa sube a pe­sar de los ataques terroristas’. En efecto, el índice Micex había subi­do 1,26% el viernes 4 y un 1.01% el lunes 6. Aunque los especialistas adjudican esta suba a diferentes factores económicos, que distingui­rían a Rusia de todos los preceden­tes internacionales ante tales acontecimientos, no es menos cier­to que la masacre se produce cuan­do el gobierno está enfrentado a la primera petrolera del país, Yukos. Ahora bien, cuando en 1999 el go­bierno ruso necesitó montar una provocación para adoptar medidas de excepción, no vaciló en hacer ex­plotar dos edificios en Moscú, 1 que atribuyó a los chechenos. Una casualidad que permitió abortar un segundo atentado, también per­mitió descubrir que, uno y otro, ha­bían sido montados por fuerzas de seguridad del Estado. Como la oli­garquía rusa es una vieja aliada de algunos ‘señores de la guerra’ che­chenos, extraña que ningún medio especule con la posibilidad de que el asalto al colegio hubiere sido la consecuencia de una alianza entre dos enemigos del enemigo. El úni­co momento en que Chechenia vi­vió alguna calma fue cuando Yelt­sin nombró al oligarca Berezhovsky encargado de tos asuntos chechenos, en 1996.


La burocracia stalinista con su reconversión al capitalismo, ha Be- vado hasta un extremo sin retorno la incapacidad del Estado ruso pa­ra hacer frente a las fuerzas desin­tegradores que operan desde su in­terior y desde el exterior. Como ya lo hiciera antes con el imperio oto­mano o turco, cuyo desmán tela- miento llevó poco menos de 200 años, el imperialismo mundial se encuentra evaluando los pro y k contras, los ritmos y los plazos, los medios y las posibilidades, del desmantelamiento de Rusia. Pero era entonces la época del capitalismo ascendente; ahora estamos ante catástrofes económicas y sociales que tienen por centro al propio im­perialismo.