17/05/1993 | 391

Se “pudrió” la reactivación norteamericana

Por L.G.

Se ha pinchado la publicitada  “recuperación” de la economía norteamericana. La producción nacional —que había crecido un 4,7% en el último trimestre del año pasado— se desaceleró a apenas un 1,7% en el primero de este año; y más todavía  en la industria manufacturera y en la construcción. Las exportaciones se derrumbaron en un 7% sólo en el primer trimestre del ´93 y las ventas minoristas cayeron el 1% en marzo, “porque la confianza post-electoral (de los consumidores) se evaporó” (Financial Times, 2/4). Los inventarios acumulados han aumentado y disminuyó la utilización de la capacidad industrial instalada.


El desempleo, que no había disminuido, comienza a aumentar nuevamente. En este terreno,  “la economía parece estar en una vía en la cual, por varios años, generará menos empleos que el crecimiento de la población” (Washington Post, 3/5). En la misma sintonía, Hobart Rowen describe en el suplemento semanal del “Washington Post”  (26/4) lo que denomina “un escenario de pesadilla: la continua pérdida de empleos por el aumento de la productividad … pueden pasar décadas hasta que el problema del desempleo estructural pueda resolverse”. ¡Este es el “futuro luminoso” que el capitalismo más poderoso del planeta le ofrece a los trabajadores!


A la luz de estos indicadores, la diplomática opinión de un banquero canadiense de que “algunas cómodas suposiciones sobre la recuperación en Estados Unidos pueden cambiar ahora”, parece quedarse corta.


El “plan Clinton”


Amén de la “recuperación”, los indicadores han pinchado otros globos, entre los cuales se destaca el famoso “plan Clinton” para “volver a poner al país a trabajar”.


Mientras la oposición al “plan” por parte del Congreso (dominado por los demócratas) “crece día a día” (Financial Times, 28/4), Jerry Jasinowski, presidente de la Asociación Nacional de Fabricantes (NAM) ha declarado que “el plan simplemente no funcionará”, una opinión que compartiría el 90% de los miembros de esta cámara patronal (suplemento semanal del Washington Post, 26/4).


Esta oposición, por parte de quienes hasta hace poco eran los más entusiastas clintonianos, revela que, a poco de andar, Clinton —como antes Bush— ha chocado con los límites insalvables que el déficit fiscal impone a cualquier tentativa de “recuperación”. El enorme y generalizado endeudamiento de la economía norteamericana —es decir, la política de sostenimiento y “engorde” mediante mecanismos especulativos de una inmensa masa de capital excedente— tapona toda salida consistente a la recesión. Pero Clinton, como antes Bush, no puede reducir el déficit fiscal, porque ello disminuiría la demanda pública en proporciones catastróficas. El “problema clave” para Clinton es que “las medidas para fortalecer la economía a largo plazo reduciendo el déficit fiscal —como una reducción sustantiva de los gastos de defensa— produciría una depresion de los negocios” (Washington Post, 3/5). Por eso, los “recortes presupuestarios” que plantea el “programa” de Clinton son insignificantes: apenas lograrán retrotraer el déficit a los niveles de comienzos de los ’80 … agregando así 100.000 millones de nueva deuda pública al final de su mandato.


La crisis económica está convirtiendo a Clinton … en un Menem. Durante su campaña electoral había prometido, por un lado, “aumentar los impuestos a los ricos” para reducir el déficit fiscal, y por el otro, reactivar la economía con mayores gastos públicos. Poco después de asumir, implementó una reforma impositiva con aumentos notoriamente “devaluados” respecto a sus anuncios electorales. Dada la resistencia que le ha puesto la gran burguesía a los aumentos en los impuestos al capital y a las ganancias, los clintonianos están discutiendo la creación del impuesto al valor agregado.  Semejante impuesto al consumo popular, regresivo por definición,  provocaría una enorme transferencia de ingresos de los asalariados a la burguesía, pero también una “redistribución del ingreso” colosal en el seno de la propia clase explotadora (por ejemplo, no grava las exportaciones). Es, pues, un impuesto capaz de desencadenar una violenta crisis política.


Para mantener a flote la economía Clinton necesita inundar con mercancías norteamericanas los mercados extranjeros … justamente cuando la recesión en Europa y en Japón ha dejado a esos mercados inundados con sus propias mercancías invendibles. Es natural, en consecuencia, que las tensiones comerciales con Japón se hayan agudizado. El dólar ha alcanzado, con Clinton, su nivel histórico más bajo frente al yen, lo cual abarata las exportaciones norteamericanas y desvaloriza la deuda norteamericana en poder de los japoneses. Pero una política de devaluación rápidamente dará como resultado un aumento de la inflación y de las tasas de interés: la tasa de inflación se proyecta al 5% para 1993, más del doble de la pronosticada pocos meses atrás. Además, mientras el dólar se devalúa frente al yen,  el marco aleman y las restantes monedas europeas se devalúan frente al dólar. La creciente disparidad de las cotizaciones de las “monedas mundiales” está creando las condiciones para un nuevo estallido monetario mundial.


El “cambio de guardia” en la Casa Blanca no le ha dado a la burguesía norteamericana, ni a su régimen político, las herramientas para superar la crisis capitalista.

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