27/07/2006 | 956

Sionistas advierten la impasse israelí

Dos semanas después de que Israel se planteara derrotar a Hezbollah, sus logros militares son muy limitados.


¿Quién hubiera creído que una organización guerrillera, con unos pocos centenares de combatientes regulares, algo así como una brigada y media, podría paralizar medio país, disparando cientos de misiles cada día? Un total de 2.200 para la mañana del domingo, dijo el ministro de Defensa. ¿Quién hubiera creído que ciudades como Safed, Acre, Nahariya, Tiberías, y especialmente Haifa, la capital del norte, se despertarían cada mañana con el sonido de las sirenas y el fuego mortal de cohetes que podrían convertir a decenas de miles de personas en refugiados y paralizar la vida en gran parte del país? Y esto incluso antes de que Hezbollah haya intentado usar sus misiles de largo alcance sobre Tel Aviv.


¿Quién hubiera creído que el ejército israelí, el ejército que está preparado para guerras en gran escala, del cual Irán teme que ataque sus instalaciones nucleares, que puede arrojar 23 toneladas de bombas en una sola noche, fuera incapaz de detener el fuego de los misiles de Hezbollah? ¿Cómo es que tan pronto el ejército anuncia que la estación de televisión de Hezbollah ha sido bombardeada, Hassan Nasrallah aparece con una rebosante salud para continuar sus insultos contra nosotros?


Israel fue a la guerra con el objetivo de destruir a Hezbollah. Lo hizo con el respaldo internacional, con el presidente Bush encabezando el pelotón y el apoyo de la mayoría de los ciudadanos israelíes.


Bush y el público asumieron que el ejército sabía lo que hacía, y que Israel con su superioridad en efectivos, armamentos y tecnología, sería capaz de poner fin a Hezbollah como una amenza a Israel. Poco a poco, sin embargo, una preocupante imagen ha comenzado a emerger: el lugar de un ejército pequeño, pero inteligente, nos sorprenden reflejos de un ejército que es grande, rico y estúpido.


Tomemos las bizarras apariciones de los altos jefes del ejército en la televisión. El comandante del frente interior, que está allí entregando señales importantes al público israelí, aparentemente no es conciente de que cuando nel pueblo sienta que el ejército no está funcionando, girará sobre sus talones -no sólo abandonando sus casas, sino marchándose del país, siguiendo a decenas de miles de turistas que ya se han ido de aquí. El jefe del Estado Mayor, que tuvo que decir que “estamos haciendo volver al Líbano a lo que era hace veinte años atrás”, ahora amenza hacer estallar un edificio de diez pisos por cada misil.


Tenemos un jefe de Estado Mayor que se preocupa cómo vestirse cada mañana, dudando sobre qué elegir — su uniforme azul o el caqui. En sus observaciones a los medios, el brigadier general (retirado) Rafi Noy tiene razón cuando dice que Hezbollah, con sus arsenales ocultos, continúa teniendo la delantera, mientras que el poderoso ejército israelí todavía tiene un largo camino para dejarlo fuera de combate.


Si Hezbollah no coopera con un acuerdo mediado por la ONU, que estipule que entrega sus armas pesadas y rechaza quedarse al norte del río Litani, el ejército israelí no tendrá otra alternativa que aumentar sus ataques machacar a Hezbollah, aplastándolo lugar por lugar. Las reglas del juego dictadas por Hezbollah tendrán que cambiar. El statu quo previo está fuera de cuestión.


No se puede permitir que el conflicto con Hezbollah se deteriore en una guerra de desgaste. No se debe extender más allá de sus objetivos originales. Y el público israelí no debe ser demasiado puesto a prueba para que el “maravilloso frente interior” no le estalle en la cara del gobierno.


El problema es que no tenemos todo el tiempo del mundo. Condoleezza Rice está en su camino. Ella viajará arriba y abajo, abajo y arriba, hasta que llegue el momento por un acuerdo del cese del fuego. Sólo podemos esperar que el ejército vuelva a su viejo uniforme y tenga la sabiduría y el sentido común para saber qué hace y cuándo lo hace, para producir el resultado deseado.

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